Pues ya que habian alzado las mesas, salieron á danzar las damas que habia, con los galanes cargados con sus armas, que era para reir, y fueron las damas pocas, que no habia otras en todos los reales ni en la Nueva-España; é dejo de nombrarlas por sus nombres é de referir cómo otro dia hubo sátira; porque quiero decir que, como hubo cosas tan malas en el convite y en los bailes, el buen fraile fray Bartolomé de Olmedo lo murmuraba, é le dijo á Sandoval lo mal que le parecia, é que bien dábamos gracias á Dios para que nos ayudase adelante; é el Sandoval tan presto le dijo á Cortés lo que fray Bartolomé murmuraba é gruñia, y el Cortés, que era discreto, le mandó llamar é le dijo:

—«Padre, no excusaba solazar y alegrar los soldados con lo que vuestra reverencia ha visto é yo he hecho de mala gana; ahora resta que vuestra reverencia ordene una procesion, y que diga Misa é nos predique, y diga á los soldados que no roben las hijas de los indios, y que no hurten ni riñan pendencias é que hagan como católicos cristianos, para que Dios nos haga bien.»

É fray Bartolomé se lo agradeció á Cortés; que no sabia lo que habia dicho Albarado, y pensaba que salia del buen Cortés, su amigo; y el fraile hizo una procesion, en que íbamos con nuestras banderas levantadas y algunas cruces á trechos, y cantando las letanías, y á la postre una imágen de nuestra Señora; y otro dia predicó fray Bartolomé, é comulgaron muchos en la Misa despues de Cortés y Albarado, é dimos gracias á Dios por la vitoria.

Y dejemos de más hablar en esto, y quiero decir otras cosas que pasaron que se me olvidaba, y aunque no vengan ahora dichas sino algo atrás, sin propósito; y es, que nuestros amigos Chichimecatecle y los dos mancebos Xicotengas, hijos de D. Lorenzo de Vargas, que se solia llamar Xicotenga el viejo y ciego, guerrearon muy valientemente contra el poder de Méjico, y nos ayudaron muy esforzada y extremadamente de bien; y asimismo un hermano del señor de Tezcuco D. Hernando, que se decia Suchel, que despues se llamó don Cárlos; este hizo cosas de muy esforzado y valiente varon; y otro capitan natural de una ciudad de la laguna, que no se me acuerda su propio nombre, tambien hacia maravillas, y otros muchos capitanes de pueblos que nos ayudaban, todos guerreaban muy poderosamente; y Cortés les habló y les dió muchas gracias y loores porque nos habian ayudado, con muchas buenas palabras y promesas de que el tiempo andando les daria tierras y vasallos y les haria grandes señores, y les despidió; y como estaban ricos de ropa de algodon y oro, y otras muchas cosas ricas de despojos, se fueron alegres á sus tierras, y aun llevaron hartas cargas de tasajos cecinados de indios mejicanos, que repartieron entre sus parientes y amigos, y como cosas de sus enemigos, la comieron por fiestas.

Agora, que estoy fuera de los recios combates y batallas de los mejicanos, que con nosotros, y nosotros con ellos teniamos de noche y de dia, por que doy muchas gracias á Dios, que dellas me libró, quiero contar una cosa muy temeraria que me acaeció, y es, que despues que vide abrir por los pechos y sacar los corazones y sacrificar á aquellos sesenta y dos soldados que dicho tengo que llevaron vivos de los de Cortés, ofrecelles los corazones á los ídolos, y esto que agora diré, les parece á algunas personas que es por falta de no tener muy grande ánimo; y si bien lo consideran, es por el demasiado ánimo con que en aquellos dias habia de poner mi persona en lo más recio de las batallas, porque en aquella sazon presumia de buen soldado y era tenido en esta reputacion, y habia de hacer lo que más osados y atrevidos soldados suelen hacer, y en aquella sazon yo hacia delante de mis capitanes; y como de cada dia via llevar á nuestros compañeros á sacrificar, y habia visto, como dicho tengo, que les aserraban por los pechos y sacalles los corazones bullendo, y cortalles piés y brazos, y se los comieron á los sesenta y dos que dicho tengo, temia yo que un dia que otro habian de hacer de mí lo mismo, porque ya me habian asido dos veces, y quiso Dios que me escapé; y acordóseme de aquellas muertes, y por esta causa desde entónces temí desta cruel muerte; y esto he dicho porque ántes de entrar en las batallas se me ponia por delante una como grima y tristeza grandísima en el corazon; y encomendándome á Dios y á su bendita Madre nuestra Señora, y entrar en las batallas, todo era uno, y luego se me quitaba aquel temor, y tambien quiero decir qué cosa tan nueva era agora tener yo aquel temor no acostumbrado, habiéndome hallado en muchos rencuentros muy peligrosos, ya habia de estar curtido el corazon y esfuerzo y ánimo en mi persona agora á la postre más arraigado que nunca; porque, si bien lo sé contar y traer á la memoria, desde que vine á descubrir con Francisco Fernandez de Córdoba y con Grijalva, y volví con Cortés, y me hallé en lo de la Punta de Cotoche y en lo de Lázaro, que por otro nombre se dice Campeche, y en Potonchan y en la Florida, segun que más largamente lo tengo escrito cuando vine á descubrir con Francisco Fernandez de Córdoba.

Dejemos desto, y volvamos á hablar en lo de Grijalva y en la misma de Potonchan, y con Cortés en lo de Tabasco y la de Cingapacinga, y en todas las guerras y rencuentros de Tlascala y en lo de Cholula, y cuando desbaratamos á Narvaez me señalaron para que les fuésemos á tomar la artillería, que eran diez y ocho tiros que tenian cebados y cargados con sus pelotas de piedra, los cuales les tomamos, y este trance fué de mucho peligro; y me hallé en el primer desbarate cuando los mejicanos nos echaron de Méjico, ó por mejor decir, salimos huyendo cuando nos mataron en obra de ocho dias ochocientos y cincuenta soldados; y me hallé en las entradas de Tepeaca y Cachula y sus rededores, y en otros rencuentros que tuvimos con los mejicanos cuando estábamos en Tezcuco sobre coger las mielpas de maíz, y en lo de Iztapalapa cuando nos quisieron anegar, y me hallé cuando subimos en los peñoles, y ahora los llaman las fuerzas ó fortaleza que ganó Cortés, y en lo de Suchimileco, é otros muchos rencuentros; y entré con Pedro de Albarado con los primeros á poner cerco á Méjico, y les quebramos el agua de Chalputepeque, y en la primera entrada que entramos en la calzada con el mismo Pedro de Albarado; y despues desto, cuando desbarataron por la misma nuestra parte y llevaron seis soldados vivos, y á mí me llevaban, é ya se hacia cuenta que eran siete conmigo, segun me llevaban engarrafado á sacrificar; y me hallé en todas las demás batallas ya por mí memoradas, que cada dia y de noche teniamos, hasta que vi, como dicho tengo, las crueles muertes que dieron delante de mis ojos á aquellos sesenta y dos soldados nuestros compañeros; ya he dicho que agora que por mí habian pasado todas estas batallas y peligros de muerte, que no lo habia de temer como lo temia agora á la postre.

Digan agora todos aquellos caballeros que desto del militar entienden, y se han hallado en trances peligrosos de muerte, á qué fin echarán mi temor, si es á mucha flaqueza de ánimo ó á mucho esfuerzo; porque, como he dicho, sentia yo en mi pensamiento que habia de poner por mi persona, batallando en parte que por fuerza habia de temer la muerte más que otras veces, y por esto me temblaba el corazon y temia la muerte; y todas aquestas batallas que aquí he dicho donde me he hallado, verán en mi relacion en qué tiempo y cómo y cuándo y dónde y de qué manera otras muchas entradas y rencuentros tuvo Cortés y muchos de nuestros capitanes, sin estos que aquí tengo dichos que no me hallé yo en ellos, porque eran de cada dia tantos, que aunque fuera de hierro mi cuerpo, no lo pudiera sufrir, en especial que siempre andaba herido y pocas veces estaba sano, y á esta causa no podia ir á todas las entradas; pues aun no han sido nada los trabajos y peligros y rencuentros de muerte que de mi persona he recontado, que despues que ganamos esta fuerte y gran ciudad pasé otros muchos, como adelante verán cuando venga á coyuntura.

Y dejemos ya, y diré y declararé por qué he dicho en todas estas guerras mejicanas cuando nos mataron nuestros compañeros, digo lleváronlos, y no digo matáronlos, y la causa es esta: porque los guerreros que con nosotros peleaban, aunque pudieran matar luego á los que llevaban vivos de nuestros soldados, no los mataban luego, sino dábanles heridas peligrosas porque no se defendiesen, y vivos los llevaban á sacrificar á sus ídolos, y aun primero les hacian bailar delante de Huichilóbos, que era su ídolo de la guerra; y esta es la causa porque he dicho los llevaron.

Y dejemos esta materia, y digamos lo que Cortés hizo despues de ganado Méjico.

CAPÍTULO CLVII.