Dejémonos de cuentos viejos, que no hacen á nuestra relacion, y digamos todo lo que acaeció á Gonzalo de Sandoval y á los demás capitanes que Cortés habia enviado á poblar las provincias por mí ya nombradas, y entre tanto acabó Cortés de mandar forjar el tiro é allegar el oro para enviar á su majestad.
Bien sé que dirán algunos curiosos letores que por qué, cuando envió Cortés á Pedro de Albarado y á Gonzalo de Sandoval y los demás capitanes á las conquistas y pacificaciones ya por mí nombradas, no concluí con ellos en esta mi relacion lo que habian hecho en ellas, y en lo que en las jornadas á cada uno ha acaecido, y lo vuelvo ahora á recitar, que es volver muy atrás de nuestra relacion; y las causas que agora doy á ello es que, como iban camino de sus provincias á las conquistas, y en aquel instante llegó al puerto de la Villa-Rica el Cristóbal de Tapia, otras muchas veces por mí nombrado, que venia para ser gobernador de la Nueva-España; y para consultar Cortés lo que sobre el caso se podria hacer, é tener ayuda y favor dellos, como Pedro de Albarado é Gonzalo de Sandoval eran tan experimentados capitanes y de buenos consejos, envió por la posta á los llamar, y dejaron sus conquistas é pacificaciones suspensas, é como he dicho, vinieron al negocio de Cristóbal de Tapia, que era más importante para el servicio de su majestad, porque se tuvo por cierto que si el Tapia se quedara para gobernar, que la Nueva-España y Méjico se levantaran otra vez; y en aquel instante tambien vino Cristóbal de Olí de Mechoacan, como era cerca de Méjico, y la halló de paz, y le dieron mucho oro y plata; y como era recien casado, y la mujer moza y hermosa, apresuró su venida.
Y luego, tras esto de Tapia, aconteció el levantamiento de Pánuco, y fué Cortés á lo pacificar, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y tambien para escribir á su majestad, como escribimos, y enviar el oro y dar poder á nuestros capitanes y procuradores por mí ya nombrados; y por estos estorbos, que fueron los unos tras los otros, lo torno aquí á traer á la memoria, y es desta manera que diré.
CAPÍTULO CLX.
CÓMO GONZALO DE SANDOVAL LLEGÓ CON SU EJÉRCITO Á UN PUEBLO QUE SE DICE TUSTEPEQUE, Y LO QUE ALLÍ HIZO, Y DESPUES PASÓ Á GUACACUALCO, Y TODO LO MÁS QUE LE AVINO.
Llegado Gonzalo de Sandoval á un pueblo que se dice Tustepeque, toda la provincia le vino de paz, excepto unos capitanes mejicanos que fueron en la muerte de sesenta españoles y mujeres de Castilla que se habian quedado malos en aquel pueblo cuando vino Narvaez, y era en el tiempo que en Méjico nos desbarataron; entónces los mataron en el mismo pueblo; é dende obra de dos meses que hubieron muerto los por mí dichos, porque entónces fuí con Sandoval, yo posé en una como torrecilla, que era adoratorio de ídolos, á donde se habian hecho fuertes cuando les daban guerra, y allí los cercaron, y de hambre y de sed y de heridas les acabaron las vidas; y digo que posé en aquella torrecilla á causa que habia en aquel pueblo de Tustepeque muchos mosquitos de dia, é como está muy alto é con el aire no habia tantos mosquitos como abajo, y tambien por estar cerca del aposento donde posaba el Sandoval.
Y volviendo á nuestra plática, procuró el Sandoval de prender á los capitanes mejicanos que les dieron la guerra y les mataron los sesenta soldados que dicho tengo, y prendió el más principal dellos y hizo justicia, y por justicia lo mandó quemar; otros muchos habia juntamente con él que merecian pena de muerte, y disimuló con ellos, y aquel pagó por todos; y cuando fué hecho envió á llamar de paz unos pueblos zapotecas, que es otra provincia que estará obra de diez leguas de aquel pueblo de Tustepeque, y no quisieron venir, y envió á ellos para los traer de paz á un capitan que se decia Briones (otras muchas veces ya lo he nombrado), que fué capitan de bergantines y habia sido buen soldado en Italia, segun él decia, y le dió sobre cien soldados, y entre ellos treinta ballesteros y escopeteros y más de cien amigos de los pueblos que habian venido de paz; é yendo que iba el Briones con sus soldados y con buen concierto, pareció ser los zapotecas supieron que iba á sus pueblos, y échanle una celada en el camino, que le hicieron volver más que de paso rodando unas cuestas y laderas abajo, y le hirieron más de la tercia parte de los soldados que llevaba, é murió uno de las heridas, porque aquellas sierras donde están poblados aquellos zapotecas son tan agras y malas, que no pueden ir por ellas caballos, y los soldados habian de ir á pié por unas sendas muy angostas, por contadero, uno á uno siempre; hay neblinas y rocios y resbalaban en los caminos; y tienen por armas unas lanzas muy largas, mayores que las nuestras, con una braza de cuchilla de navajas de pedernal, que cortan más que nuestras espadas, é unas pavesinas, que se cubren con ellas todo el cuerpo, y mucha flecha y vara y piedra, y los naturales muy sueltos y cenceños á maravilla, y con un silbo ó voz que dan entre aquellas sierras resuena y retumba la voz por un buen rato, digamos ahora como ecos.
Por manera que se volvió el capitan Briones con su gente herida, y aun él tambien trujo un flechazo; llámase aquel pueblo que le desbarató Tiltepeque; y despues que vino de paz el mismo pueblo, se dió en encomienda á un soldado que se dice Ojeda el tuerto, que ahora vive en la villa de San Ildefonso.
Pues cuando el Briones volvió á dar cuenta al Sandoval de lo que le habia acaecido, y se lo contaba cómo eran grandes guerreros, y el Sandoval era de buena condicion, y el Briones se tenia por muy como valiente, y solia decir que en Italia habia muerto y herido y hendido cabezas y cuerpos de hombres, le decia el Sandoval:
—«¿Parécele, señor capitan, que son estas tierras otras que las donde anduvo militando?»