Y el Briones respondió medio enojado, y dijo que juraba á tal que más quisiera batallar contra tiros y grandes ejércitos de contrarios, así de turcos como de moros, que no con aquellos zapotecas, y daba razones para ello que parecia que cuadraban; y todavía el Sandoval le dijo que no quisiera haberle enviado, pues así fué desbaratado, que creyó que pusiera otras fuerzas como él se alababa que habia hecho en Italia, porque este Briones habia poco tiempo que vino de Castilla; y le dijo el Sandoval:
—«¿Qué dirán ahora los zapotecas, que no somos tan varones como creian que éramos?»
Dejemos de esta entrada, pues no aprovechó, ántes dañó, y digamos cómo el mismo Gonzalo de Sandoval envió á llamar de paz á otra provincia que se dice Xaltepeque, que tambien eran zapotecas, que confinan con otra provincia y pueblos, que se decian los minxes, gentes muy sueltas y guerreros, que tenian diferencias con los de Xaltepeque, que ahora, como digo, son los que enviaba á llamar, y vinieron de paz obra de veinte caciques y principales, y trajeron un presente de oro en grano, que entónces habian sacado de las minas en diez cañutillos y joyas de muchas hechuras, y traian vestidas aquellos principales unas ropas de algodon muy largas que les daban hasta los piés, con muchas labores en ellas labradas, y eran digamos ahora á la manera de albornoces moriscos; y como vinieron delante el Sandoval, con mucho acato se lo presentaron, y lo recibió con alegría, y les mandó dar cuentas de Castilla, y les hizo honra y halagos, y le mandaron al Sandoval que les diese algunos teules, que en su lengua así nos llamaban á los españoles, para ir juntamente con ellos contra los pueblos de los minxes, sus contrarios, que les daban guerra; y el Sandoval, como no tenia soldados en aquella sazon para les dar ayuda, como la demandaban, porque los que llevó el Briones estaban todos heridos, y otros habian adolecido, é cuatro muertos, por ser la tierra muy calurosa é doliente, con buenas palabras les dijo que él enviaria á Méjico á decir á Malinche, que así decian á Cortés, que les enviase muchos teules, é que se reportasen hasta que viniesen, y que entre tanto, que irian con ellos diez de sus compañeros para ver los pasos y tierra, para ir á dar guerra á sus contrarios los minxes; y esto no lo decia el Sandoval sino para que viésemos los pueblos y minas donde sacaban el oro que trajeron; y desta manera los despidió, excepto á tres dellos, que mandó que quedasen para ir con nosotros; y luego despachó para ir á ver los pueblos y minas, como he dicho, á un soldado que se decia Alonso del Castillo el de lo pensado; y me mandó el Sandoval que yo fuese con él, y otros seis soldados, y que mirásemos muy bien las minas y la manera de los pueblos.
Quiero decir por qué se llamaba aquel capitan que iba con nosotros por caudillo Castillo el de lo pensado, y es por esta causa que diré.
En la capitanía del Sandoval habia tres soldados que tenian por renombre Castillos: el uno dellos era muy galan, y preciábase dello en aquella sazon, que era yo, y á esta su causa me llamaban Castillo el Galan; los otros dos Castillos, el uno dellos era de tal calidad, que siempre estaba pensativo, y cuando hablaban con él se paraba mucho más á pensar lo que habia de decir, y cuando respondia ó hablaba era un descuido ó cosas que teniamos que reir, y por esto le llamábamos Castillo de los pensamientos; y el otro era Alonso del Castillo, que ahora iba con nosotros, que de repente decia cualquiera cosa, y respondia muy á propósito de lo que preguntaban, y se decia Castillo el de lo pensado.
Dejemos de contar donaires, y volvamos á decir cómo fuimos á aquella provincia á ver las minas, y llevamos muchos indios de los de aquellos pueblos, y con unas como hechuras de bateas lavaron en tres rios delante de nosotros, y en todos tres sacaron oro, é hincheron cuatro cañutillos dello, que era cada uno del tamaño de un dedo de la mano, el de en medio, y eran poco ménos que cañones de patos de Castilla, y con aquella muestra de oro volvimos donde estaba el Gonzalo de Sandoval, y se holgó, creyendo que la tierra era rica; y luego entendió en hacer los repartimientos de aquellos pueblos y provincia á los vecinos que habian de quedar allí poblados; y tomó para sí unos pueblos que se dicen Guazpaltepeque, que en aquel tiempo era la mejor cosa que habia en aquella provincia muy cerca de las minas, y aun le dieron luego sobre quince mil pesos de oro, creyendo que tomaba una muy buena cosa; y la provincia de Xaltepeque, donde trajimos el oro, depositó en el capitan Luis Marin, que le daba un condado, y todos salieron muy malos repartimientos, así lo que tomó el Sandoval como lo que dió á Luis Marin, y aun á mí me mandaba quedar en aquella provincia, y me daba muy buenos indios y de mucha renta, que pluguiera á Dios que los tomara, que se dice Meldatan y Orizaba, donde está ahora el ingenio del Virey, y otro pueblo que se dice Ozotequipa, y no los quise, por parecerme que si no iba en compañía del Sandoval, teniéndole por amigo, que no hacia lo que convenia á la calidad de mi persona; y el Sandoval verdaderamente conoció mi voluntad, y por hallarme con él en las guerras, si las hubiese adelante, lo hice.
Dejemos desto, y digamos que nombró á la villa que pobló Medellin, porque así le fué mandado por Cortés, porque el Cortés nació en Medellin de Extremadura; y era en aquella sazon el puerto un rio que se dice Chalchocueca, que es el que hubimos puesto por nombre rio de Banderas, donde se rescataron los diez y seis mil pesos; y por aquel rio venian las barcas con la mercadería que venia de Castilla hasta que se mudó á la Veracruz.
Dejemos desto, é vamos camino de Guacacualco, que será de la villa de la Veracruz, que dejamos poblada, obra de sesenta leguas, y entramos en una provincia que se dice Citla, la más fresca y llena de bastimentos y bien poblada que habiamos visto, y luego vino de paz; y es aquella provincia que he dicho de doce leguas de largo y otras tantas de ancho, muy poblado todo.
Y llegamos al gran rio de Guacacualco, y enviamos á llamar los caciques de aquellos pueblos, que era cabecera de aquellas provincias, y estuvieron tres dias que no vinieron ni enviaban respuesta; por lo cual creimos que estaban de guerra, y aun así lo tenian consultado, que no nos dejasen pasar el rio; y despues tomaron acuerdo de venir de ahí á cinco dias, y trajeron de comer y unas joyas de oro muy fino, y dijeron que cuando quisiésemos pasar, que ellos traerian muchas canoas grandes; y Sandoval se lo agradeció mucho, y tomó consejo con algunos de nosotros si nos atreveriamos á pasar todos juntos de una vez en todas las canoas; y lo que nos pareció y aconsejamos, que primero pasasen cuatro soldados y viesen la manera que habia en un pueblezuelo que estaba junto al rio, y que mirasen y procurasen de inquirir y saber si estaban de guerra, y ántes que pasásemos tuviésemos con nosotros el cacique mayor, que se dice Tochel; y así, fueron los cuatro soldados y vieron todo á lo que les enviábamos, y se volvieron con relacion á Sandoval como todo estaba de paz, y aun vino con ellos el hijo del mismo cacique Tochel, que así se decia, y trujo otro presente de oro, aunque no de mucha valía.
Entónces le halagó el Sandoval, y le mandó que trujesen cien canoas atadas de dos en dos, y pasamos los caballos un dia despues de pascua de Espíritu Santo; y por acortar de palabras, volvamos en el pueblo que estaba junto al rio abajo, y pusímosle por nombre la villa del Espíritu Santo, é pusimos aquel sublimado nombre, lo uno, que en pascua de Espíritu Santo desbaratamos á Narvaez, y lo otro, porque aquel santo nombre fué nuestro apellido cuando le prendimos y desbaratamos, lo otro por pasar aquel rio aquel mismo dia, y porque todas aquellas tierras vinieron de paz sin dar guerra, y allí poblamos toda la flor de los caballeros y soldados que habiamos salido de Méjico á poblar con el Sandoval, y el mismo Sandoval, y Luis Marin, y un Diego de Godoy, y el capitan Francisco de Medin, y Francisco Marmolejo, y Francisco de Lugo, y Juan Lopez de Aguirre, y Hernando de Montes de Oca, y Juan de Salamanca, y Diego de Azamar, y un Mantilla, y otro soldado que se decia Mejía Rapapelo, y Alonso de Grado, y el licenciado Ledesma, y Luis de Bustamante, y Pedro Castellar, y el capitan Briones, é yo y otros muchos caballeros é personas de calidad, que si los hubiese aquí de nombrar á todos, es no acabar tan presto; mas tengan por cierto que soliamos salir á la plaza á un regocijo é alarde sobre ochenta de á caballo, que eran más entónces aquellos ochenta que ahora quinientos; y la causa es esta, que no habia caballos en la Nueva-España, sino pocos y caros, y no los alcanzaban á comprar sino cual ó cual.