Y estando que estábamos en una entrada con el capitan Luis Marin é un alcalde ordinario y todos los regidores de nuestra villa, viniéronnos cartas que habia venido al puerto un navío, y que en él venia Juan Bono de Quexo, vizcaino, é que habia subido el rio arriba con el navío, que era pequeño, hasta la villa, é que decia que traia cartas é provisiones de su majestad para nos notificar que luego fuésemos á la villa é dejásemos la pacificacion de la provincia; y como aquella nueva supimos, y estábamos con el teniente Luis Marin, así alcaldes y regidores fuimos á ver qué queria.
Y despues de nos abrazar y dar el parabien-venidos los unos y los otros, porque el Juan Bono era muy conocido de cuando vino con Narvaez, dijo que nos pedia por merced que nos juntásemos en cabildo que nos queria notificar ciertas provisiones de su majestad y de D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos; que traia muchas cartas para todos.
Y segun pareció, traia el Juan Bono cartas en blanco con la firma del Obispo; y entre tanto que nos fueron á llamar en la pacificacion donde estábamos, se informó el Juan Bono quién éramos los regidores, y las cartas que traia en blanco escribió en ellas palabras de ofrecimientos que el Obispo nos enviaba si dábamos la tierra á Cristóbal de Tapia, que el Juan Bono no creyó que era vuelto para la isla de Santo Domingo; y el Obispo tenia por cierto que no le recebiriamos, é á aquel efeto envió á Juan Bono con aquellos recaudos; é traia para mí, como regidor, una carta del mismo Obispo, que escribió el Juan Bono.
Pues ya que habiamos entrado en cabildo y vimos sus despachos y provisiones, que nunca nos habia querido decir lo que era hasta entónces, de presto le despachamos con decir que ya el Tapia era vuelto á Castilla, é que fuese á Méjico, adonde estaba Cortés, é allá le diria lo que le conviniese; é cuando aquello oyó el Juan Bono, que el Tapia no estaba en la tierra, se puso muy triste, y otro dia se embarcó, é fué á la Villa-Rica, é desde allí á Méjico, y lo que allá pasó yo no lo sé; salvo que oí decir que Cortés le ayudó para la costa y se volvió á Castilla.
Y dejemos de contar más cosas, que habia bien que decir cómo siempre que en aquella villa estuvimos nunca nos faltaron trabajos y conquistas de las provincias que se habian levantado; y volvamos á decir de Pedro de Albarado cómo le fué en lo de Tutepeque y en su poblacion.
CAPÍTULO CLXI.
CÓMO PEDRO DE ALBARADO FUÉ Á TUTEPEQUE Á POBLAR UNA VILLA, Y LO QUE EN LA PACIFICACION DE AQUELLA PROVINCIA Y POBLAR LA VILLA LE ACAECIÓ.
Es menester que volvamos algo atrás para dar relacion de esta ida que fué Pedro de Albarado á poblar á Tutepeque; y es así, que como se ganó la ciudad de Méjico, y se supo en todas las comarcas y provincias que una ciudad tan fuerte estaba por el suelo, enviaban á dar el parabien de la vitoria á Cortés, y á ofrecerse por vasallos de su majestad; y entre muchos grandes pueblos que en aquel tiempo vinieron, fué uno que se dice Tutepeque, zapotecas, y trajeron un presente de oro á Cortés, y dijéronle que estaban otros pueblos algo apartados que se decian Tutepeque, muy enemigos suyos, é que les venian á dar guerra porque habian enviado los de Guantepeque á dar la obediencia á su majestad, y que estaban en la costa del sur, y que era gente muy rica, así de oro que tenian en joyas, como de minas; y le demandaron á Cortés con mucha importunacion les diesen hombres de á caballo y escopeteros y ballesteros para ir contra sus enemigos; é Cortés les habló muy amorosamente, y les dijo que queria enviar con ellos al Tonatio, que así le llamaban al Pedro de Albarado; y dijo á fray Bartolomé que fuese con Albarado, y luego le dió sobre ciento y ochenta soldados, y entre ellos treinta y cinco de á caballo, y le mandó que en la provincia de Guaxaca, donde estaba un Francisco de Orozco por capitan, pues estaba de paz aquella provincia, que le demandase otros veinte soldados, y los más dellos ballesteros.
Y así como le fué mandado, ordenó su partida, y salió de Méjico el año de 22; é mandóle Cortés que luego fuese é viese ciertos peñoles que decian que estaban alzados, y entónces todo lo halló de paz y de buena voluntad, y tardó más de cuarenta dias en llegar á Tutepeque; y el señor dél y todos los principales, desque supieron que estaban ya cerca de su pueblo, le salieron á recebir de paz, y les llevaron á aposentar en lo más poblado del pueblo, adonde el cacique tenia sus adoratorios y sus grandes aposentos, y estaban las casas muy juntas unas de otras y son de paja; porque en aquella provincia no tenian azuteas, porque es tierra muy caliente; y dijo fray Bartolomé á Albarado, con sus capitanes y soldados, que no era bien aposentarse en aquellas casas tan juntas unas de otras, porque si ponian fuego no se podrian valer; y parecióle bien el consejo á Albarado, y fué acordado que se fuesen en cabo del pueblo; y como fué aposentado, el cacique le llevó muy grandes presentes de oro y bien de comer, y cada dia que allí estuvieron le llevó presentes muy ricos de oro; y como el Albarado vido que tanto oro tenian, le mandó hacer unas estriberas de oro fino, de la manera de otras que le dió para que por ellas las hiciese, y se las trajeron hechas; y dende á pocos dias echó preso al cacique porque le dijeron los de Teguantepeque al Pedro de Albarado que le queria dar guerra toda aquella provincia, é que cuando le aposentaron entre aquellas casas donde estaban los ídolos y aposentos, que era por les quemar é que allí muriesen todos; y á esta causa le echó preso.
Otros españoles de fe y de creer dijeron que por sacalle mucho oro, é sin justicia murió en las prisiones; ahora sea lo uno ó lo otro, aquel cacique dió á Pedro de Albarado más de treinta mil pesos, y murió de enojo y de la prision; y aunque fray Bartolomé de Olmedo le animaba y consolaba, no bastó para que no se muriese encorajado y de pesar; é quedó á un su hijo el cacicazgo, y le sacó Albarado mucho más oro que al padre; y luego envió á visitar los pueblos de la comarca, y los repartió entre los vecinos, y pobló una villa que se puso por nombre Segura, porque los más vecinos que allí poblaron habian sido de ántes vecinos de Segura de la Frontera, que era Tepeaca.