Quiero decir cómo en aquella sazon estaba en Méjico Pánfilo de Narvaez, que es el que hubimos desbaratado, como dicho tengo otras veces, y fué á ver y hablar al Garay; abrazáronse el uno al otro, y se pusieron á platicar cada uno de sus trabajos y desdichas; y como el Narvaez era hombre que hablaba muy entonado, de plática en plática, medio riendo, le dijo el Narvaez:

—«Señor adelantado D. Francisco de Garay, hanme dicho ciertos soldados de los que le han venido huyendo y amotinados que solia decir vuesamerced á los caballeros que traia en su armada: «Mirad que hagamos como varones, y peleemos muy bien con estos soldados de Cortés, no nos tomen descuidados como tomaron á Narvaez;» pues, señor D. Francisco de Garay, á mí peleando me quebraron este ojo, y me robaron y me quemaron cuanto tenia, y hasta que me mataron el alférez y muchos soldados y prendieron mis capitanes, nunca me habian vencido tan descuidado como á vuesamerced le han dicho: hágole saber que otros más venturosos en el mundo no ha habido que Cortés; y tiene tales capitanes y soldados, que se podian nombrar tan en ventura cada uno en lo que tuvo entre manos como Octaviano, y en el vencer como Julio César, y en el trabajar y ser en las batallas más que Aníbal.»

Y el Garay respondia que no habia necesidad que se lo dijesen; que por las obras se veia lo que decia, y que ¿qué hombre hubo en el mundo que con tan pocos soldados se atreviese á dar con los navíos al través, y meterse en tan recios pueblos y grandes ciudades á les dar guerra? Y respondia Narvaez recitando otros grandes hechos de Cortés; y estuvieron el uno y el otro platicando en las conquistas desta Nueva-España como á manera de coloquio.

Y dejemos estas alabanzas que entre ellos se tuvo, y diré cómo Garay suplicó á Cortés por el Narvaez para que le diese licencia para volver á la isla de Cuba con su mujer, que se decia María de Valenzuela, que estaba rica de las minas y de los buenos indios que tenia el Narvaez; y demás de se lo suplicar el Garay á Cortés con muchos ruegos, la misma mujer de Narvaez se lo habia enviado á suplicar á Cortés por cartas, le dejase ir á su marido; porque, segun parece, se conocian cuando Cortés estaba en Cuba, y eran compadres; y Cortés le dió licencia y le ayudó con dos mil pesos de oro; y cuando el Narvaez tuvo licencia se humilló mucho á Cortés, con prometimientos que primero le hizo que en todo le seria servidor, y luego se fué á Cuba.

Dejemos de más platicar desto, y digamos en qué paró Garay y su armada; y es, que yendo una Noche de Navidad del año de 1523, juntamente con Cortés, á maitines, que los cantaron muy bien, y fray Bartolomé dijo lindamente la Misa del Gallo, despues de vueltos de la iglesia, almorzaron con mucho regocijo, y desde allí á una hora, con el aire que le dió al Garay, que estaba de ántes mal dispuesto, le dió dolor de costado con grandes calenturas; mandáronle los médicos sangrar y purgáronle, y desque vieron que arreciaba el mal, le dijeron á fray Bartolomé que le dijese á Garay que moria, que se confesase y que hiciese testamento; lo cual luego lo hizo fray Bartolomé, y le dijo como llegaba su acabamiento, que se dispusiese como buen cristiano y honrado caballero, é que no perdiese su ánima; ya que habia perdido la hacienda.

El Garay le respondió:

—«Teneis razon, Padre; yo quiero que me confeseis esta noche, y recibir el santo cuerpo de Jesucristo é hacer mi testamento.»

É cumpliólo muy honradamente; y desque hubo comulgado, hizo su testamento, y dejó por albaceas á Cortés y á fray Bartolomé de Olmedo; y luego, dende á cuatro dias que le dió el mal, dió el alma á Nuestro Señor Jesucristo, que la crió; y esto tiene la calidad de la tierra de Méjico, que en tres ó cuatro dias mueren de aquel mal de dolor de costado, que esto ya lo he dicho otra vez, y lo tenemos bien experimentado de cuando estábamos en Tezcuco y en Cuyoacan, que se murieron muchos de nuestros soldados.

Pues ya muerto Garay, perdónele Dios, amen, le hicieron muchas honras al enterramiento, y Cortés y otros caballeros se pusieron luto; y murió el Garay fuera de su tierra, en casa ajena y léjos de su mujer é hijos.

Dejemos de contar desto y volvamos á decir de la provincia del Pánuco, que, como el Garay se vino á Méjico, y sus capitanes y soldados, como no tenian cabeza ni quien les mandase, cada uno de los soldados que aquí nombraré, que el Garay traia en su compañía, se querian hacer capitanes; los cuales se decian, Juan de Grijalva, Gonzalo de Figueroa, Alonso de Mendoza, Lorenzo de Ulloa, Juan de Medina el tuerto, Juan de Villa, Antonio de la Cerda y un Tobarda; este Tobarda fué el más bullicioso de todos los del real de Garay; y sobre todos ellos quedó por capitan un hijo de Garay, que queria casar Cortés con su hija, y no le acataban ni hacian cuenta dél todos los que he nombrado ni ninguno de los de su capitanía; ántes se juntaban de quince en quince y de veinte en veinte, y se andaban robando los pueblos y tomando las mujeres por fuerza, y mantas y gallinas, como si estuvieran en tierra de moros, robando lo que se hallaban.