Y dende Cachula fuimos á otros pueblezuelos sujetos al mismo Cachula, y fuimos abriendo camino nuevo el rio arriba, que venian de la poblacion de Chiapa, porque no habia camino ninguno, y todos los rededores que estaban poblados habian grande miedo á los chiapanecas, porque ciertamente eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo habia visto en toda la Nueva-España, aunque entren entre ellos los tlascaltecas ni mejicanos ni zapotecas ni mingues; y esto digo porque jamás Méjico los pudo señorear, porque en aquella sazon era aquella provincia muy poblada, y los naturales della eran en gran manera belicosos y daban guerra á sus comarcanos, que eran los de Cinacatan y á todos los pueblos de la laguna quilenayas, asimismo á los pueblos que se dicen los zoques, y robaban y cautivaban á la contina á otros pueblezuelos donde podian hacer presa, y con los que dellos mataban hacian sacrificios y hartazgas; y demás desto, en los caminos de Teguantepeque tenian en pasos malos puestos guerreros para saltear á los indios mercaderes que trataban de una provincia á otra; y á esta causa dejaban algunas veces de tratar las unas provincias con las otras, y aun habian traido por fuerza á otros pueblos y hécholes poblar y estar junto á Chiapa, y los tenian por esclavos y con ellos hacian sus sementeras.

Volvamos á nuestro camino, que fuimos el rio arriba hácia su ciudad, y era por Cuaresma año de 1524, y esto de los años no me acuerdo bien; y ántes de llegar á Chiapa se hizo alarde de todos los de á caballo, escopeteros y ballesteros que íbamos en aquella entrada; y no se pudo hacer hasta entónces, por causa que algunos de nuestra villa y otros forasteros aun no se habian recogido, que andaban en los pueblos de la sierra de Chalupa demandando el tributo que les eran obligados á dar; y con el favor de venir capitan con la gente de guerra, como veniamos, se atrevian á ir á ellos, que de ántes ni daban tributo ni se les daba nada de nosotros.

Volvamos á nuestro alarde, que se hallaron veinte y siete de á caballo que podian pelear, y otros cinco que no eran para ello, y quince ballesteros y ocho escopeteros, y un tiro y pólvora, y un soldado por artillero, que decia el mismo soldado que habia estado en Italia; esto digo aquí porque no era para cosa ninguna, que era muy cobarde; y llevábamos sesenta soldados de espada y rodela y obra de ochenta mejicanos, y el cacique de Cachula con otros principales suyos; y estos indios de Cachula que he dicho, iban temblando de miedo, y por halagos los llevamos que nos ayudasen á abrir camino y llevar el fardaje.

Pues yendo nuestro camino en concierto, ya que llegamos cerca de sus poblaciones, siempre íbamos adelante por espías y descubridores del campo cuatro soldados muy sueltos, é yo era uno dellos, é dejaba mi caballo, que no era tierra por donde podian correr, é íbamos siempre media legua adelante de nuestro ejército; y como los chiapanecas son grandes cazadores, andaban entónces á caza de venados, y desque nos sintieron, apellídanse todos con grandes ahumadas, y como llegamos á sus poblaciones, tenian muy anchos caminos y grande sementera de maíz é otras legumbres, y el primer pueblo que topamos se dice Estapa, que está de la cabecera obra de cuatro leguas, y en aquel instante le habian despoblado, y tenian mucho maíz é gallinas y otros bastimentos, que tuvimos bien que comer y cenar; y estando reposando en el pueblo, puesto que teniamos puestas nuestras velas y escuchas y corredores del campo, vienen dos de á caballo que estaban por corredores á dar mandado y diciendo:

—«¡Alarma, que vienen muchos guerreros chiapanecas!»

Y nosotros, que siempre estábamos muy apercebidos, les salimos al encuentro ántes que llegasen al pueblo, y tuvimos una gran batalla con ellos, porque traian muchas varas tostadas, con sus tiraderas y arcos y flechas, y lanzas mayores que las nuestras, con buenas armas de algodon y penachos, y otros traian unas porras como macanas; y allí donde hubimos esta batalla habia mucha piedra, y con hondas nos hacian mucho daño, y nos comenzaron á cercar de arte, que de la primera rociada mataron dos de nuestros soldados y cuatro caballos, y le hirieron á fray Juan y trece soldados y á muchos de nuestros amigos, y al capitan Luis Marin le dieron dos heridas, y estuvimos en aquella batalla toda la tarde hasta que anocheció; y como hacia escuro, y habian sentido el cortar de nuestras espadas y escopetas y ballestas, y las lanzadas, se retiraron, de lo cual nos holgamos, y hallamos quince dellos muertos y otros muchos heridos, que no se pudieron ir, y de dos dellos que nos parecian principales se tomó aviso, y dijeron que estaba toda la tierra apercebida para dar en nosotros otro dia; y aquella noche enterramos los muertos y curamos los heridos y al capitan, que estaba malo de las heridas, porque se habia desangrado mucho, que por causa de no se apartar de la batalla para se las curar ó apretar, se le habia metido frio en ellas.

Pues ya hecho esto, pusimos buenas velas y escuchas y corredores del campo, y teniamos los caballos ensillados y enfrenados, y todos nuestros soldados á punto, porque tuvimos por cierto que vernian de noche sobre nosotros, é como habiamos visto el teson que tuvieron en la batalla pasada, que ni por ballestas ni lanzas ni escopetas ni aun estocadas no les podiamos retraer ni apartar un paso atrás, tuvímoslos por buenos guerreros y osados en el pelear; y esa noche se dió órden cómo para otro dia los de á caballo habiamos de arremeter de cinco en cinco hermanados, y las lanzas terciadas, y no pararnos á dar lanzadas hasta ponellos de huida, sino las lanzas altas y por las caras, y atropellar y pasar adelante; y este concierto ya otras veces lo habia dicho el Luis Marin, y aun algunos de nosotros de los conquistadores viejos se lo habiamos dado por aviso á los nuevamente venidos de Castilla, y algunos dellos no curaron de guardar la órden, sino que pensaban que en dar una lanzada á los contrarios que hacian algo: y salióles á cuatro dellos al revés, porque les tomaron las lanzas y les hirieron á ellos los caballos con ellas.

Quiero decir que se juntaban seis ó siete de los contrarios y se abrazaban con los caballos, creyendo de los tomar á manos, y aun derrocaron á un soldado del caballo, y si no le socorriéramos, ya le llevaban á sacrificar, y desde ahí á dos dias se murió.

Volvamos á nuestro relacion, y es, que otro dia de mañana acordamos de ir por nuestro camino para su ciudad de Chiapa, y verdaderamente se podia decir ciudad, y bien poblada, y las casas y calles muy en concierto, y de más de cuatro mil vecinos, sin otros muchos pueblos sujetos á ella, que estaban poblados á su alrededor; é yendo que íbamos con mucho concierto, y el tiro puesto en órden, y el artillero bien apercibido de lo que habia de hacer, y no habiamos caminado cuarto de legua, cuando nos encontramos con todo el poder de Chiapa, que campos y cuestas venian llenos dellos, con grandes penachos y buenas armas é grandes lanzas, flecha y vara con tiraderas, piedra y hondas, con grandes voces é grita y silbos.

Era cosa de espantar cómo se juntaron con nosotros pié con pié y comenzaron á pelear como rabiosos leones; y nuestro negro artillero que llevábamos (que bien negro se podia llamar), cortado de miedo y temblando, ni supo tirar ni poner fuego al tiro; é ya que á poder de voces que le dábamos pegó fuego, hirió á tres de nuestros soldados, que no aprovechó cosa ninguna; y como el capitan vió de la manera que andábamos, rompimos todos los de á caballo puestos en cuadrillas, segun lo habiamos concertado, y los escopeteros y ballesteros y de espada y rodela hechos un cuerpo, porque no les desbaratasen, nos ayudaron muy bien; más eran tantos los contrarios que sobre nosotros vinieron, que si no fuéramos de los que en aquellas batallas nos hallamos cursados á otras afrentas, pusiera á otros gran temor, y aun nosotros nos admiramos de ver cuán fuertes estaban; y fray Juan nos daba ánimo, y decia que Dios nos habia de pagar nuestro trabajo, y el César.