El capitan Luis Marin nos dijo:
—«Ea, señores, Santiago y á ellos, y tornémosles otra vez á romper con ánimo.»
Esforzados, dímosles tal mano, que á poco rato iban vueltas las espaldas; y como habia allí donde fué esta batalla muy malos pedregales para poder correr caballos, no les podiamos seguir; é yendo en el alcance, y no muy léjos de donde comenzamos aquella batalla, ya que íbamos algo descuidados, creyendo que por aquel dia no se tornarian á juntar, é dábamos gracias á Dios del buen suceso, aquí estaban tras unos cerros otros mayores escuadrones de guerreros que los pasados, con todas sus armas, y muchos dellos traian sogas para echar lazos á los caballos y asir de las sogas para los derrocar, y tenian tendidas en otras muchas partes muchas redes con que suelen tomar venados, para los caballos, y para atar á nosotros muchas sogas; y todos los escuadrones que he dicho se vienen á encontrar con nosotros, é como muy fuertes y recios guerreros, nos dan tal mano de flecha, vara y piedra, que tornaron á herir casi que todos los nuestros, y tomaron cuatro lanzas á los de á caballo, y mataron dos soldados y cinco caballos: y entónces traian en medio de sus escuadrones una india algo vieja, muy gorda, y segun decian, aquella india la tenian por su diosa y adivinaba, y les habia dicho que así como ella llegase adonde estábamos peleando, que luego habiamos de ser vencidos; y traian en un brasero sahumerio, y unos ídolos de piedra, y venia pintada todo el cuerpo, y pegado algodon á las pinturas, y sin miedo ninguno se metió en los indios nuestros amigos, que venian hechos un cuerpo con sus capitanías, y luego fué despedazada la maldita diosa.
Volvamos á nuestra batalla: que desque el capitan Luis Marin y todos nosotros vimos tanta multitud de guerreros contrarios, y que tan osadamente peleaban, nos admiramos y dijimos al fraile que nos encomendase á Dios, y arremetiendo á ellos con el concierto pasado, fuimos rompiendo poco á poco y los hicimos huir, y se escondian entre unos pedregales, y otros se echaron al rio, que estaba cerca é hondo, y se fueron nadando, que son en gran manera buenos nadadores; y desque hubimos desbaratado, descansamos un rato, y el Fraile cantó una Salve, y algunos soldados de buenas voces le ayudaban, é no sonaba mal, y todos dimos muchas gracias á Dios; y hallamos muertos donde tuvimos esta batalla muchos dellos, y otros heridos, y acordamos de irnos á un pueblo que estaba junto al rio, cerca de la ciudad, donde habia buenas ciruelas; porque como era Cuaresma, y en este tiempo las hay maduras, y en aquella poblacion son buenas; y allí nos estuvimos todo lo más del dia enterrando los muertos en partes donde no los pudiesen ver ni hallar los naturales de aquel pueblo, y curamos los heridos y diez caballos, y acordamos de dormir allí con gran recado de velas y escuchas.
Á poco más de media noche se pasaron á nuestro real diez indios principales de dos pueblezuelos que estaban poblados junto á la cabecera é ciudad de Chiapa, en cinco canoas del mismo rio, que es muy grande y hondo, y venian los indios con las canoas á remo callado, y los que lo remaban eran diez indios, personas principales, naturales de los pueblezuelos que estaban junto al rio; y como desembarcaron hácia la parte de nuestro real, en saltando en tierra, luego fueron presos por nuestras velas, y ellos lo tuvieron por bien que les prendiesen; y llevados ante el capitan, dijeron:
—«Señor, nosotros no somos chiapanecas, sino de otra provincia que se dice Xaltepeque, y estos malos chiapanecas con gran guerra que nos dieron nos mataron mucha gente, y á todos los más de nuestros pueblos nos trajeron aquí por fuerza cautivos á poblar con nuestras mujeres é hijos, é nos han tomado cuanta hacienda teniamos, y há doce años que nos tienen por esclavos, y les labramos su sementera y maizales, y nos hacen ir á pescar y hacer otros oficios, y nos toman nuestras hijas y mujeres.
»Venimos á daros aviso, porque nosotros os traeremos esta noche muchas canoas en que paseis este rio, que sin ellas no podeis pasar sino con gran trabajo, y tambien os mostraremos un vado, aunque no va muy bajo; y lo que señor capitan, os pedimos de mercedes, que pues os hacemos esta buena obra, que cuando hayais vencido y desbaratado estos chiapanecas, que nos deis licencia para que salgamos de su poder é irnos á nuestras tierras; y para que mejor creais lo que os decimos que es verdad, en las canoas que ahora pasamos dejamos escondidas en el rio, con otros nuestros compañeros y hermanos, y os traemos presentadas tres joyas de oro, que eran unas como diademas; y tambien traemos gallinas y ciruelas.»
Y demandaron licencia para ir por ello, y dijeron que habia de ser muy callando, no los sintiesen los chiapanecas, que están velando y guardando los pasos del rio; y cuando el capitan entendió lo que los indios le dijeron, y la gran ayuda que era pasar aquel recio y corriente rio, dió gracias á Dios y mostró buena voluntad á los mensajeros, y prometió de hacerlo como le pedian, y aun dalles ropa y despojos de lo que hubiésemos de aquella ciudad; y se informó dellos cómo en las dos batallas pasadas les habiamos muerto y herido más de ciento veinte chiapanecas, y que tenian aparejados para otro dia otros muchos guerreros, y que á los de los pueblezuelos donde eran estos mensajeros les hacian salir á pelear contra nosotros; y que no temiésemos dellos, que ántes nos ayudarian, y que al pasar del rio nos habian de aguardar, porque tenian por imposible que terniamos atrevimiento de pasalle; y que cuando lo estuviésemos pasando, que allí nos desbaratarian, y dado este aviso, se quedaron dos de aquellos indios con nosotros, y los demás fueron á sus pueblos á dar órden para que muy de mañana trujesen veinte canoas, en lo cual cumplieron muy bien su palabra; y despues que se fueron reposamos algo de lo que quedó de la noche, y no sin mucho recado de velas y escuchas y rondas, porque oimos el gran rumor de los guerreros que se juntaban en la ribera del rio, y el tañer de las trompetillas y atambores y cornetas.
Y como amaneció, vimos las canoas, que ya descubiertamente las traian, á pesar de los de Chiapa; porque, segun pareció, ya habian sentido los de Chiapa cómo los naturales de aquellos pueblezuelos se les habian levantado y hecho fuertes y eran de nuestra parte, y habian prendido algunos dellos, y los demás se habian hecho fuertes en su gran cu, y á esta causa habia revueltas y guerra entre los chiapanecas y los pueblezuelos que dicho tengo; y luego nos fueron á mostrar el vado, y entónces nos daban mucha priesa aquellos amigos que pasásemos presto el rio, con temor no sacrificasen á sus compañeros que habian prendido aquella noche; pues de que llegamos al vado que nos mostraron, iba muy hondo; y puestos todos en gran concierto, así los ballesteros como escopeteros y los de á caballo, y los indios de los pueblezuelos nuestros amigos con sus canoas, y aunque nos daba el agua cerca de los pechos, todos hechos un tropel, para soportar el ímpetu y fuerza del agua, quiso Dios que pasamos cerca de la otra parte de tierra; y ántes de acabar de pasar, vienen contra nosotros muchos guerreros y nos dan una buena rociada de vara con tiraderas, y flechas y piedra y otras grandes lanzas, que nos hirieron casi que á todos los más, y á algunos á dos y á tres heridas, y mataron dos caballos; y un soldado de á caballo, que se decia Fulano Guerrero ó Guerra, se ahogó al pasar del rio, que se metió con el caballo en un recio raudal, y era natural de Toledo, y el caballo salió á tierra sin el amo.
Volvamos á nuestra pelea, que nos detuvieron un buen rato al pasar del rio, que no les podiamos hacer retraer ni nosotros podiamos llegar á tierra, y en aquel instante los de los pueblezuelos que se habian hecho fuertes contra los chiapanecas, nos vinieron á ayudar en las espaldas, é á los que estaban al rio batallando con nosotros hirieron y mataron muchos dellos, porque les tenian grande enemistad, como los habian tenido presos muchos años; y como aquello vimos, salimos á tierra los de á caballo, y luego ballesteros, escopeteros y de espada y rodela, y los amigos mejicanos, y dámosles una tan buena mano, que se van huyendo, que no paró indio con indio; y luego sin más tardar, puestos en buen concierto, con nuestras banderas tendidas, y muchos indios de los dos pueblezuelos con nosotros, entramos en su ciudad; y como llegamos á lo más poblado, donde estaban sus grandes cues y adoratorios, tenian las casas tan juntas, que no osamos asentar real, sino en el campo, y en parte que aunque pusiesen fuego no nos pudiesen hacer daño; y nuestro capitan envió á llamar de paz á los caciques y capitanes de aquel pueblo, y fueron los mensajeros tres indios de los pueblezuelos nuestros amigos, que el uno dellos se decia Xaltepeque, y asimismo envió con ellos seis capitanes chiapanecas que habiamos preso en las batallas pasadas, y les envió á decir que vengan luego de paz, y se les perdonará lo pasado, y que si no vienen, que los iremos á buscar y les daremos mayor guerra que la pasada y les quemaremos su ciudad; y con aquellas bravosas palabras luego á la hora vinieron, y aun trajeron un presente de oro, y se disculparon por haber salido de guerra, y dieron la obediencia á su majestad, y rogaron á Luis Marin que no consintiese á nuestros amigos que quemasen ninguna casa, porque ya habian quemado ántes de entrar en Chiapa, en un pueblezuelo que estaba poblado ántes de llegar al rio, muchas casas; y Luis Marin les prometió que así lo haria, y mandó á los mejicanos que traiamos y á los de Cachula que no hiciesen mal ni daño.