Quiero tornar á decir que este Cachula que aquí nombro no es la que está cerca de Méjico, sino un pueblo que se dice como él, que está en las sierras camino de Chiapa, por donde pasamos.
Dejemos esto, y dígoos cómo en aquella ciudad hallamos tres cárceles de redes de madera llenas de prisioneros atados con collares á los pescuezos, y estos eran de los que prendian por los caminos, é algunos dellos eran de Guantepeque, y otros zapotecas é otros quilenes, otros de Soconusco; los cuales prisioneros sacamos de las cárceles é se fué cada uno á su tierra.
Tambien hallamos en los cues muy malas figuras de ídolos que adoraban, é todos los quebró fray Juan, é muchos indios é muchachos sacrificados, y hallamos muchas cosas malas de sodomías que usaban; y mandóles el capitan que luego fuesen á llamar todos los pueblos comarcanos que vengan de paz á dar la obediencia á su majestad.
Los primeros que vinieron fueron los de Cinacatan y Gopanaustlan, é Pinola é Guequiztlan é Chamula, é otros pueblos que ya no se me acuerda los nombres dellos, quiniles, y otros pueblos que eran de la lengua zoque, y todos dieron la obediencia á su majestad, y aun estaban espantados cómo, tan pocos como éramos, podiamos vencer á los chiapanecas; y ciertamente mostraron todos gran contento, porque estaban mal con ellos.
Estuvimos en aquella ciudad cinco dias, é dijo fray Juan Misa é confesaron algunos soldados, é predicó á los indios en su lengua, que la sabia bien, y los indios holgaron de oirle y adoraron la santa cruz, é decian que se habian de bautizar, y que pareciamos muy buena gente, y tomaron amor al fraile fray Juan.
Y en aquel instante un soldado de aquellos que traiamos en nuestro ejército desmandóse del real, y vase sin licencia del capitan á un pueblo que habia venido de paz, que ya he dicho que se dice Chamula, y llevó consigo ocho indios mejicanos de los nuestros, y demandó á los de Chamula que le diesen oro, y decia que lo mandaba el capitan, é los de aquel pueblo le dieron unas joyas de oro, y porque no le daban más, echó preso al cacique; y cuando vieron los del pueblo hacer aquella demasía, quisieron matar al atrevido y desconsiderado soldado, y luego se alzaron, y no solamente ellos, pero tambien hicieron alzar á los de otro pueblo que se decia Gueyhuiztlan, sus vecinos; y de que aquello alcanzó á saber el capitan Luis Marin, prende al soldado, y luego manda que por la posta le llevasen á Méjico para que Cortés le castigase; y esto hizo el Luis Marin porque era un hombre el soldado que se tenia por principal, que por su honor no nombro su nombre, hasta que venga en coyuntura en parte que hizo otra cosa que aun es muy peor, como era malo y cruel con los indios, como adelante diré.
Y despues desto hecho, el capitan Luis Marin envió á llamar al pueblo de Chamula que venga de paz, é les envió á decir que ya habia castigado y enviado á Méjico al español que les iba á demandar oro y les hacia aquellas demasías.
La respuesta que dieron fué mala, y la tuvimos por muy peor por causa de que los pueblos comarcanos no se alzasen; y fué acordado que luego fuésemos sobre ellos, y hasta traelles de paz no les dejar; y despues de como les habló muy blandamente á los caciques chiapanecas, y fray Juan les dijo con buenas lenguas, que las sabia, las cosas tocantes á nuestra santa fe, y que dejasen los ídolos y sacrificios y sodomías y robos, y les puso cruces é una imágen de Nuestra Señora en un altar que les mandamos hacer, y el capitan Luis Marin les dió á entender cómo éramos vasallos de su majestad cesárea, é otras muchas cosas que convenian, y aun les dejamos poblada más de la mitad de su ciudad; y los dos pueblos nuestros amigos que nos trajeron las canoas para pasar el rio y nos ayudaron en la guerra salieron de poder de los chiapanecas con todas sus haciendas é mujeres é hijos, y se fueron á poblar al rio abajo, obra de diez leguas de Chiapa, donde ahora esta poblado lo de Xaltepeque, y el otro pueblo que se dice Istatlan se fué á su tierra, que era de Guantepeque.
Volvamos á nuestra partida para Chamula, y es que luego enviamos á llamar á los de Cinacatan, que eran gente de razon, y muchos dellos mercaderes, y se les dijo que nos trajesen ducientos indios para llevar el fardaje, é que íbamos á su pueblo porque por allí era el camino de Chamula; y demandó á los de Chiapa otros ducientos indios guerreros con armas para ir en nuestra compañía, y luego los dieron; y salimos de Chiapa una mañana, y fuimos á dormir á unas salinas, donde nos tenian hechos los de Cinacatan buenos ranchos; y otro dia á medio dia llegamos á Cinacatan, y allí tuvimos la santa Pascua de Resurreccion; y tornamos á llamar de paz á los de Chamula, é no quisieron venir, é hubimos de ir á ellos, que seria entónces donde estaban poblados de Cinacatan obra de tres leguas, y tenian entónces las casas y pueblos de Chamula en una fortaleza muy mala de ganar, y muy honda cava por la parte que les habiamos de combatir, y por otras partes muy peor é más fuerte; é ansí como llegamos con nuestro ejército, nos tiran tanta piedra de lo alto é vara y flecha, que cubria el suelo; pues las lanzas muy largas con más de dos varas de cuchilla de pedernales, que ya he dicho otras veces que cortaban más que espadas, y unas rodelas hechas á manera de pavesinas, con que se cubren todo el cuerpo cuando pelean, y cuando no las han menester, las arrollan y doblan de manera que no les hacen estorbo ninguno, é con hondas mucha piedra, y tal priesa se daban á tirar flecha y piedra, que hirieron cinco de nuestros soldados é dos caballos, é con muchas voces é gran grita é silbos é alaridos, y atambores y caracoles, que era cosa de poner espanto á quien no los conociera; y como aquello vió Luis Marin, entendió que de los caballos no se podian aprovechar, que era sierra, mandó que se tornasen á bajar á lo llano, porque donde estábamos era gran cuesta y fortaleza, y aquello que les mandó fué porque temiamos que venian allí á dar en nosotros los guerreros de otros pueblos que se dicen Quiahuitlan, que estaba alzado, y porque hubiese resistencia en los de á caballo; y luego comenzamos de tirar en los de la fortaleza muchas saetas y escopetas, y no les podiamos hacer daño ninguno, con los grandes mamparos que tenian, y ellos á nosotros sí, que siempre herian muchos de los nuestros; y estuvimos aquel dia desta manera peleando, y no se les daba cosa ninguna por nosotros, y si les procurábamos de entrar donde tenian hechos unos mamparos y almenas, estaban sobre dos mil lanceros en los puestos para la defensa de los que les probamos á entrar; y ya que quisiéramos entrar é aventurar las personas en arrojarnos dentro de su fortaleza, habiamos de caer de tan alto, que nos habiamos de hacer pedazos, y no era cosa para ponernos en aquella ventura; y despues de bien acordado cómo y de qué manera habiamos de pelear, se concertó que trajésemos madera y tablas de un pueblezuelo que allí junto estaba despoblado, é hiciésemos burros ó mantas, que así se llaman, y en cada uno dellos cabian veinte personas, y con azadones y picos de hierro que traiamos, é con otros azadones de la tierra, de palo, que allí habia, les cavábamos y deshaciamos su fortaleza, y deshicimos un portillo para podelles entrar, porque de otra manera era excusado; porque por otras dos partes, que todo lo miramos más de una legua de allí al rededor, estaba otra muy mala entrada y peor de ganar que adonde estábamos, por causa que era una bajada tan agra, que á manera de decir, era entrar en los abismos.
Volvamos á nuestros mamparos y mantas, que con ellas les estábamos deshaciendo sus fortalezas, y nos echaban de arriba mucha pez y resina ardiendo, y agua y sangre toda revuelta y muy caliente, y otras veces lumbre y rescoldo, y nos hacian mala obra; y luego tras esto mucha multitud de piedras y muy grandes que nos desbarataron nuestros ingenios, que nos hubimos de retirar y tornallos á adobar; y luego volvimos sobre ellos, y cuando vieron que les haciamos mayores portillos, se ponen cuatro papas y otras personas principales sobre una de sus almenas, y vienen cubiertos con sus pavesinas é otros talabardones de maderas, é dicen: