É dijo Sandoval:
—«Aquí está, aquí está, é á muy buen recaudo.»
Y tornó Cortés á decir muy sin huelgo:
—«Mirá, hijo Sandoval, que no os quiteis dél vos y vuestros compañeros, no se os suelte miéntras yo voy á entender en otras cosas; é mirad estos capitanes que con él teneis presos que en todo haya recaudo.»
Y luego se fué, y mandó dar otros pregones que, so pena de muerte, que todos los de Narvaez luego en aquel punto se vengan á someter debajo de la bandera de su majestad, y en su Real nombre de Hernando Cortés, su capitan general y justicia mayor, é que ninguno trajese ningunas armas, sino que todos las diesen y entregasen á nuestros alguaciles; y todo esto era de noche, que no amanecia, y aun llovia de rato en rato, y entónces salia la luna, que cuando allí llegamos hacia muy escuro y llovia, y tambien la escuridad ayudó; que, como hacia tan escuro, habia muchos cucuyos (así los llaman en Cuba), que relumbraban de noche, é los de Narvaez creyeron que eran mechas de las escopetas.
Dejemos esto, y pasemos adelante: que, como el Narvaez estaba muy mal herido y quebrado el ojo, demandó licencia á Sandoval para que un cirujano que traia en su armada, que se decia maestre Juan, le curase el ojo á él y otros capitanes que estaban heridos, y se la dió, y estándole curando llegó allí cerca Cortés disimulando, que no lo conociesen, á le ver curar; dijéronle al Narvaez que estaba allí Cortés, y como se lo dijeron, dijo el Narvaez:
—«Señor capitan Cortés, tené en mucho esta vitoria que de mí habeis habido y en tener presa mi persona.»
Y Cortés le respondió que daba muchas gracias á Dios, que se la dió, y por los esforzados caballeros y compañeros que tenia, que fueron parte para ello. É que una de las menores cosas que en la Nueva-España ha hecho es prendelle y desbaratalle; y que si le ha parecido bien tener atrevimiento de prender á un oidor de su majestad.
Y cuando hubo dicho esto se fué de allí, que no le habló más, y mandó á Sandoval que le pusiese buenas guardas, y que él no se quitase dél con personas de recaudo; ya le teniamos echado dos pares de grillos y le llevábamos á un aposento, y puestos soldados que le habiamos de guardar, y á mí me señaló Sandoval por uno dellos, y secretamente me mandó que no dejase hablar con él á ninguno de los de Narvaez hasta que amaneciese, que Cortés le pusiese más en cobro.
Dejemos desto, y digamos cómo Narvaez habia enviado cuarenta de á caballo para que nos estuviesen aguardando en el paso del rio cuando viniésemos á su real, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y supimos que andaban todavía en el campo; tuvimos temor no nos viniesen á acometer para nos quitar sus capitanes é al mismo Narvaez que teniamos presos, y estábamos muy apercebidos; y acordó Cortés de les enviar á pedir por merced que se viniesen al real, con grandes ofrecimientos que á todos prometió; y para los traer envió á Cristóbal de Olí, que era nuestro maestre de campo, é á Diego de Ordás, y fueron en unos caballos que tomaron de los de Narvaez, que de todos los nuestros no trajimos ningunos, que atados quedaron en un montecillo junto á Cempoal; que no trajimos sino picas, espadas y rodelas y puñales; y fueron al campo con un soldado de los de Narvaez, que les mostró el rastro por donde habian ido, y se toparon con ellos; y en fin, tantas palabras de ofertas y ofrecimientos les dijeron por parte de Cortés, y ántes que llegasen á nuestro real ya era de dia claro; y sin decir cosa ninguna Cortés ni ninguno de nosotros á los atabaleros que el Narvaez traia, comenzaron á tocar los atabales y á tañer sus pífaros y tambores, y decian: