—«Viva, viva la gala de los romanos, que siendo tan pocos han vencido á Narvaez y á sus soldados.»
É un negro que se decia Guidela, que fué muy gracioso truhan, que traia el Narvaez, daba voces que decia:
—«Mirad que los romanos no han hecho tal hazaña.»
Y por más que les deciamos que callasen y no tañesen sus atabales, no querian, hasta que Cortés mandó que prendiesen al atabalero, que era medio loco, que se decia Tapia; y en este instante vino Cristóbal de Olí y Diego de Ordás, y trajeron á los de á caballo que dicho tengo, y entre ellos venia Andrés de Duero y Agustin Bermudez y muchos amigos de nuestro capitan; y así como venian, iban á besar las manos á Cortés, que estaba sentado en una silla de caderas, con una ropa larga de color como naranjada, con sus armas debajo, acompañado de nosotros.
Pues ver la gracia con que les hablaba y abrazaba, y las palabras de tantos cumplimientos que les decia, era cosa de ver qué alegre estaba; y tenia mucha razon de verse en aquel punto tan señor y pujante; y así como le besaban la mano se fueron cada uno á su posada.
Digamos ahora de los muertos y heridos que hubo aquella noche.
Murió el alférez de Narvaez, que se decia Fulano de Fuentes, que era un hidalgo de Sevilla; murió otro capitan de Narvaez que se decia Rojas, natural de Castilla la Vieja; murieron otros dos de Narvaez; murió uno de los tres soldados que se le habian pasado, que habian sido de los nuestros, que llamábamos Alonso García el Carretero, y heridos de los de Narvaez hubo muchos; y tambien murieron de los nuestros otros cuatro, y hubo más heridos, y el cacique gordo tambien salió herido; porque, como supo que veniamos cerca de Cempoal, se acogió al aposento de Narvaez, y allí le hirieron, y luego Cortés le mandó curar muy bien y le puso en su casa, y que no se le hiciese enojo.
Pues Cervantes el loco y Escalonilla, que son los que se pasaron al Narvaez que habian sido de los nuestros, tampoco libraron bien, que Escalona salió bien herido, y el Cervantes bien apaleado, é ya he dicho que murió el Carretero.
Vamos á los del aposento de Salvatierra, el muy fiero, que dijeron sus soldados que en toda su vida vieron hombre para ménos ni tan cortado de muerte cuando nos oyó tocar al arma y cuando deciamos:
—«Vitoria, vitoria; que muerto es Narvaez.»