Y dijo aquel soldado que estaba toda la ciudad y camino por donde venia lleno de gente de guerra con todo género de armas, y que le quitaron las indias que traia y le dieron dos heridas, é que si no se les soltara, que le tenian ya asido para le meter en una canoa y llevalle á sacrificar, y habian deshecho una puente.
Y desque aquello oyó Cortés y algunos de nosotros, ciertamente nos pesó mucho; porque bien entendido teniamos los que soliamos batallar con indios, la mucha multitud que de ellos se suelen juntar, que por bien que peleásemos, y aunque más soldados trujésemos ahora, que habiamos de pasar gran riesgo de nuestras vidas, y hambres y trabajos, especialmente estando en tan fuerte ciudad.
Pasemos adelante, y digamos que luego mandó á un capitan que se decia Diego de Ordás, que fuese con cuatrocientos soldados, y entre ellos, los más ballesteros y escopeteros y algunos de á caballo, é que mirase qué era aquello que decia el soldado que habia venido herido y trajo las nuevas; é que si viese que sin guerra y ruido se pudiese apaciguar, lo pacificase; y como fué el Diego de Ordás de la manera que le fué mandado, con sus cuatrocientos soldados, aún no hubo bien llegado á media calle por donde iba, cuando le salen tantos escuadrones mejicanos de guerra y otros muchos que estaban en las azuteas, y les dieron tan grandes combates, que le mataron á las primeras arremetidas ocho soldados, y á todos los más hirieron, y al mismo Diego de Ordás le dieron tres heridas.
Por manera que no pudo pasar un paso adelante, sino volverse poco á poco al aposento; y al retraer le mataron otro buen soldado, que se decia Lezcano, que con un montante habia hecho cosas de muy esforzado varon; y en aquel instante si muchos escuadrones salieron al Diego de Ordás, muchos más vinieron á nuestros aposentos, y tiran tanta vara y piedra con hondas y flechas, que nos hirieron de aquella vez sobre cuarenta y seis de los nuestros, y doce murieron de las heridas.
Y estaban tanto sobre nosotros, que el Diego de Ordás, que se venia retrayendo, no podia llegar á los aposentos por la mucha guerra que les daban, unos por detrás y otros por delante y otros desde las azuteas.
Pues quizá aprovechaban mucho nuestros tiros y escopetas, ni ballestas ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear; que, aunque les matábamos y heriamos muchos dellos, por las puntas de las picas y lanzas se nos metian; con todo esto, cerraban sus escuadrones y no perdian punto de su buen pelear, ni les podiamos apartar de nosotros.
Y en fin, con los tiros y escopetas y ballestas, y el mal que les haciamos de estocadas, tuvo lugar el Ordás de entrar en el aposento; que hasta entónces, aunque queria, no podia pasar; y con sus soldados bien heridos y veinte y tres ménos, y todavía no cesaban muchos escuadrones de nos dar guerra y decirnos que éramos como mujeres, y nos llamaban de bellacos y otros vituperios.
Y aun no ha sido nada todo el daño que nos han hecho hasta ahora, á lo que despues hicieron.
Y es, que tuvieron tanto atrevimiento, que, unos dándonos guerra por una parte y otros por otra, entraron á ponernos fuego en nuestros aposentos, que no nos podiamos valer con el humo y fuego, hasta que se puso remedio en derrocar sobre él mucha tierra y atajar otras salas por donde venia el fuego, que verdaderamente allí dentro creyeron de nos quemar vivos; y duraron estos combates todo el dia y aun la noche, y aun de noche estaban sobre nosotros tantos escuadrones, y tiraban varas y piedras y flechas á bulto y piedra perdida, que entónces estaban todos aquellos patios y suelos hechos parvas dellos.
Pues nosotros aquella noche en curar heridos, y en poner remedio en los portillos que habian hecho y en apercibirnos para otro dia, en esto se pasó.