Pues desque amaneció, acordó nuestro capitan que con todos los nuestros y los de Narvaez saliésemos á pelear con ellos, y que llevásemos tiros, y escopetas y ballestas, y procurásemos de los vencer, á lo ménos que sintiesen más nuestras fuerzas y esfuerzo mejor que el dia pasado.
Y digo que si nosotros teniamos hecho aquel concierto, que los mejicanos tenian concertado lo mismo, y peleábamos muy bien; mas ellos estaban tan fuertes y tenian tantos escuadrones, que se mudaban de rato en rato, que aunque estuvieren allí diez mil Hétores troyanos y otros tantos Roldanes, no les pudieran entrar; porque sabello ahora yo aquí decir cómo pasó, y vimos este teson en el pelear, digo que no lo sé escribir; porque ni aprovechaban tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matalles treinta ni cuarenta de cada vez que arremetiamos; que tan enteros y con más vigor peleaban que al principio; y si algunas veces les íbamos ganando alguna poca de tierra ó parte de calle, y hacian que se retraian, era para que les siguiésemos, por apartarnos de nuestra fuerza y aposento, para dar más á su salvo en nosotros, creyendo que no volveriamos con las vidas á los aposentos; porque al retraernos hacian mucho mal.
Pues para pasar á quemalles las casas, ya he dicho en el capítulo que dello habla, que de casa á casa tenian una puente de madera levadiza, alzábanla, y no podiamos pasar sino por agua muy honda.
Pues desde las azuteas, los cantos, y piedras, y varas no lo podiamos sufrir.
Por manera que nos maltrataban y herian muchos de los nuestros, é no sé yo para qué lo escribo así tan tibiamente; porque unos tres ó cuatro soldados que se habian hallado en Italia, que allí estaban con nosotros, juraron muchas veces á Dios que guerras tan bravosas jamás habian visto en algunas que se habian hallado entre cristianos, y contra la artillería del Rey de Francia ni del Gran Turco, ni gente como aquellos indios con tanto ánimo cerrar los escuadrones vieron; y porque decian otras muchas cosas y causas que daban á ello, como adelante verán.
Y quedarse ha aquí, y diré cómo con harto trabajo nos retrujimos á nuestros aposentos, y todavía muchos escuadrones de guerreros sobre nosotros con grandes gritos é silbos, y trompetillas y atambores, llamándonos de bellacos y para poco, que no sabiamos atendelles todo el dia en batalla, sino volvernos retrayendo.
Aquel dia mataron diez ó doce soldados, y todos volvimos bien heridos; y lo que pasó de la noche fué en concertar para que de ahí á dos dias saliésemos todos los soldados cuantos sanos habia en todo el real, y con cuatro ingenios á manera de torres, que se hicieron de madera bien recios, en que pudiesen ir debajo de cualquiera dellos veinte y cinco hombres; y llevaban sus ventanillas en ellos para ir los tiros, y tambien iban escopeteros y ballesteros, y junto con ellos habiamos de ir otros soldados escopeteros, y ballesteros, y los tiros, y todos los demás de á caballo hacer algunas arremetidas.
Y hecho este concierto, como estuvimos aquel dia que entendiamos en la obra y fortalecer muchos portillos que nos tenian hechos, no salimos á pelear aquel dia; no sé cómo lo diga, los grandes escuadrones de guerreros que nos vinieron á los aposentos á dar guerra, no solamente por diez ó doce partes, sino por más de veinte; porque en todo estábamos repartidos, y otros en muchas partes; y entre tanto que los adobábamos y fortaleciamos, como dicho tengo, otros muchos escuadrones procuraron entrarnos los aposentos á escala vista, que por tiros ni ballestas ni escopetas, ni por muchas arremetidas y estocadas les podian retraer.
Pues lo que decian, que en aquel dia no habia de quedar ninguno de nosotros, y que habian de sacrificar á sus dioses nuestros corazones y sangre, y con las piernas y brazos, que bien tendrian para hacer hartazgas y fiestas; y que los cuerpos echarian á los tigres y leones y víboras y culebras que tienen encerrados, que se harten dellos; é que á aquel efecto há dos dias que mandaron que no les diesen de comer; y que el oro que teniamos, que habriamos mal gozo dél y de todas las mantas; y á los de Tlascala que con nosotros estaban les decian que les meterian en jaulas á engordar, y que poco á poco harian sus sacrificios con sus cuerpos.
Y muy afectuosamente decian que les diésemos su gran señor Montezuma, y decian otras cosas; y de noche asimismo siempre silbos y voces, y rociadas de vara y piedra y flecha; y cuando amaneció, despues de nos encomendar á Dios, salimos de nuestros aposentos con nuestras torres, que me parece á mí que en otras partes donde me he hallado en guerras en cosas que han sido menester, las llaman buros y mantas; y con los tiros y escopetas y ballestas delante, y los de á caballo haciendo algunas arremetidas; é como he dicho, aunque les matábamos muchos dellos, no aprovechaba cosa para les hacer volver las espaldas, sino que si siempre muy bravamente habian peleado los doce dias pasados, muy más fuertes con mayores fuerzas y escuadrones estaban este dia; y todavía determinamos que, aunque á todos costase la vida, de ir con nuestras torres é ingenios hasta el gran cu del Huichilóbos.