No digo por extenso los grandes combates que en una casa fuerte nos dieron, ni diré cómo á los caballos los herian ni nos aprovechábamos dellos; porque, aunque arremetian á los escuadrones para rompellos, tirábanles tanta flecha y vara y piedra, que no se podian valer, por bien armados que estaban; y si los iban alcanzando, luego se dejaban caer los mejicanos á su salvo en las acequias y laguna, donde tenian hechos otros reparos para los de á caballo; y estaban otros muchos indios con lanzas muy largas para acabar de matarlos; así que no aprovechaba cosa ninguna dellos.

Pues apartarnos á quemar ni á deshacer ninguna casa, era por demás; porque, como he dicho, están todas en el agua, y de casa á casa una puente levadiza; pasalla á nado era cosa muy peligrosa, porque desde las azuteas tiraban tanta piedra y cantos, que era cosa perdida ponernos en ello.

Y demás desto, en algunas casas que les poniamos fuego tardaba una casa á se quemar todo un dia entero, y no se podia pegar fuego de una casa á otra, lo uno por estar apartadas la una de otra, el agua en medio, y lo otro por ser de azuteas; así que eran por demás nuestros trabajos en aventurar nuestras personas en aquello.

Por manera que fuimos al gran cu de sus ídolos, y luego de repente suben en él más de cuatro mil mejicanos, sin otras capitanías que en ellos estaban, con grandes lanzas y piedra y vara, y se ponen en defensa, y nos resistieron la subida un buen rato, que no bastaban las torres ni los tiros ni ballestas ni escopetas, ni los de á caballo; porque, aunque querian arremeter los caballos, habia unas losas muy grandes, empedrado todo el patio, que se iban á los caballos los piés y manos; y eran tan lisas, que caian; é como desde las gradas del alto cu nos defendian el paso, é á un lado é otro teniamos tantos contrarios, aunque nuestros tiros llevaban diez ó quince dellos, é á estocadas y arremetidas matábamos otros muchos, cargaba tanta gente, que no les podiamos subir al alto cu, y con gran concierto tornamos á porfiar sin llevar las torres, porque ya estaban desbaratadas, y les subimos arriba.

Aquí se mostró Cortés muy varon, como siempre lo fué.

¡Oh qué pelear y fuerte batalla que aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos á todos corriendo sangre y llenos de heridas, é más de cuarenta soldados muertos.

É quiso nuestro Señor que llegamos adonde soliamos tener la imágen de Nuestra Señora, y no la hallamos; que pareció, segun supimos, que el gran Montezuma tenia ó devocion en ella ó miedo, y la mandó guardar; y pusimos fuego á sus ídolos, y se quemó un pedazo de la sala con los ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca.

Entónces nos ayudaron muy bien los tlascaltecas.

Pues ya hecho esto, estando que estábamos unos peleando y otros poniendo el fuego, como dicho tengo, ver los papas que estaban en este gran cu y sobre tres ó cuatro mil indios, todos principales, y que nos bajábamos, cuál nos hacian venir rodando seis gradas y aun diez abajo, y hay tanto que decir de otros escuadrones que estaban en los petriles y concavidades del gran cu, tirándonos tantas varas y flechas, que así á unos escuadrones como á los otros no podiamos hacer cara ni sustentarnos; acordamos, con mucho trabajo y riesgo de nuestras personas, de nos volver á nuestros aposentos, los castillos deshechos y todos heridos, y muertos cuarenta y seis, y los indios siempre apretándonos, y otros escuadrones por las espaldas, que quien nos vió, aunque aquí más claro lo diga, yo no lo sé significar; pues aun no digo lo que hicieron los escuadrones mejicanos, que estaban dando guerra en los aposentos en tanto que andábamos fuera, y la gran porfía y teson que ponian de les entrar á quemallos.

En esta batalla prendimos dos papas principales, que Cortés nos mandó que los llevasen á buen recaudo.