Muchas veces he visto pintada entre los mejicanos y tlascaltecas esta batalla y subida que hicimos en este gran cu; y tiénenlo por cosa muy heróica, que aunque nos pintan á todos nosotros muy heridos corriendo sangre, y muchos muertos en retratos que tienen dello hechos, en mucho lo tienen esto de poner fuego al cu y estar tanto guerrero guardándolo en los petriles y concavidades, y otros muchos indios abajo en el suelo y patios llenos, y en los lados otros muchos, y deshechas nuestras torres, cómo fué posible subille.

Dejemos de hablar dello, y digamos cómo con gran trabajo tornamos á los aposentos; y si mucha gente nos fueron siguiendo y dando guerra, otros muchos estaban en los aposentos, que ya les tenian derrocadas unas paredes para entralles; y con nuestra llegada cesaron, mas no de manera que en todo lo que quedó del dia dejaban de tirar vara y piedra y flecha, y en la noche grita y piedra y vara.

Dejemos de su gran teson y porfía que siempre á la continua tenian de estar sobre nosotros, como he dicho; é digamos que aquella noche se nos fué en curar heridos y enterrar los muertos, y en aderezar para salir otro dia á pelear, y en poner fuerzas y mamparos á las paredes que habian derrocado é á otros portillos que habian hecho, y tomar consejo cómo y de qué manera podriamos pelear sin que recibiésemos tantos daños ni muertos; y en todo lo que platicamos no hallábamos remedio ninguno.

Pues tambien quiero decir las maldiciones que los de Narvaez echaban á Cortés, y las palabras que decian, que renegaban dél y de la tierra, y aun de Diego Velazquez, que acá les envió; que bien pacíficos estaban en sus casas en la isla de Cuba; y estaban embelesados y sin sentido.

Volvamos á nuestra plática, que fué acordado de demandalles paces para salir de Méjico; y desque amaneció y vienen muchos más escuadrones de guerreros, y muy de hecho nos cercan por todas partes los aposentos; y si mucha piedra y flecha tiraban de ántes, mucho más espesas y con mayores alaridos y silbos vinieron este dia; y otros escuadrones por otras partes procuraban de nos entrar, que no aprovechaban tiros ni escopetas, aunque les hacian harto mal.

Y viendo todo esto, acordó Cortés que el gran Montezuma les hablase desde una azutea, y les dijesen que cesasen las guerras y que nos queriamos ir de su ciudad; y cuando al gran Montezuma se lo fueron á decir de parte de Cortés, dicen que dijo con gran dolor:

—«¿Qué quiere de mí ya Malinche? Que yo no deseo vivir ni oille, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traido.»

Y no quiso venir; y aun dicen que dijo que ya no le querian ver ni oir á él ni á sus falsas palabras ni promesas y mentiras; y fué el padre de la Merced y Cristóbal de Olí, y le hablaron con mucho acato y palabras muy amorosas.

Y díjoles el Montezuma:

—«Yo tengo creido que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor, y han propuesto de no os dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habeis de morir en esta ciudad.»