Y volvamos á decir de los grandes combates que nos daban, que Montezuma se puso á un petril de una azutea con muchos de nuestros soldados que le guardaban, y les comenzó á hablar á los suyos con palabras muy amorosas, que dejasen la guerra, que nos iriamos de Méjico; y muchos principales mejicanos y capitanes bien le conocieron, y luego mandaron que callasen sus gentes y no tirasen varas ni piedras ni flechas, y cuatro dellos se allegaron en parte que Montezuma les podia hablar, y ellos á él, y llorando le dijeron:

—«¡Oh señor, é nuestro gran señor, y cómo nos pesa de todo vuestro mal y daño, y de vuestros hijos y parientes! Hacemos os saber que ya hemos levantado á un vuestro primo por señor.»

Y allí le nombró cómo se llamaba, que se decia Coadlauaca, señor de Iztapalapa, que no fué Guatemuz, el cual desde á dos meses fué señor.

Y más dijeron, que la guerra que la habian de acabar, y que tenian prometido á sus ídolos de no lo dejar hasta que todos nosotros muriésemos; y que rogaban cada dia á su Huichilóbos y á Tezcatepuca que le guardase libre y sano de nuestro poder, é como saliese como deseaban, que no lo dejarian de tener muy mejor que de ántes por señor, y que les perdonase.

Y no hubieron bien acabado el razonamiento, cuando en aquella sazon tiran tanta piedra y vara, que los nuestros le arrodelaban; y como vieron que entre tanto que hablaba con ellos no daban guerra, se descuidaron un momento del rodelar, y le dieron tres pedradas é un flechazo, una en la cabeza y otra en un brazo y otra en una pierna; y puesto que le rogaban que se curase y comiese, y le decian sobre ello buenas palabras, no quiso; ántes cuando no nos catamos, vinieron á decir que era muerto, y Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados: é hombres hubo entre nosotros, de los que le conociamos y tratábamos, que tan llorado fué como si fuera nuestro padre; y no nos hemos de maravillar dello viendo que tan bueno era; y decian que habia diez y siete años que reinaba, y que fué el mejor Rey que en Méjico habia habido, y que por su persona habia vencido tres desafios que tuvo sobre las tierras que sojuzgó.

CAPÍTULO CXXVII.

DESQUE FUÉ MUERTO EL GRAN MONTEZUMA, ACORDÓ CORTÉS DE HACELLO SABER Á SUS CAPITANES Y PRINCIPALES QUE NOS DAN GUERRA, Y LO QUE MÁS SOBRE ELLO PASÓ.

Pues como vimos á Montezuma que se habia muerto, ya he dicho la tristeza que todos nosotros hubimos por ello, y aun al fraile de la Merced, que siempre estaba con él, y no le pudo atraer á que se volviese cristiano; y el fraile le dijo que creyese que de aquellas heridas moriria, á que él respondia que él debia de mandar que le pusiesen alguna cosa.

En fin de más razones, mandó Cortés á un papa é á un principal de los que estaban presos, que soltamos que fuesen á decir al cacique que alzaron por señor, que se decia Coadlauaca, y á sus capitanes, cómo el gran Montezuma era muerto, y que ellos lo vieron morir, y de la manera que murió, y heridas que le dieron los suyos, y dijesen cómo á todos nos pesaba dello, y que lo enterrasen como gran Rey que era, y que alzasen á su primo del Montezuma que con nosotros estaba, por Rey, pues le pertenecia de heredar, ó á otros sus hijos; é que al que habian alzado por señor que no le venia por derecho, é que tratasen paces para salirnos de Méjico; que si no lo hacian ahora que era muerto Montezuma, á quien teniamos respeto, y que por su causa no les destruiamos su ciudad, que saldriamos á dalles guerra y á quemalles todas las casas, y les hariamos mucho mal; y porque lo viesen cómo era muerto el Montezuma, mandó á seis mejicanos muy principales y los más papas que teniamos presos que lo sacasen á cuestas y lo entregasen á los capitanes mejicanos, y les dijesen lo que Montezuma mandó al tiempo que se queria morir, que aquellos que llevaron á cuestas se hallaron presentes á su muerte: y dijeron al Coadlauaca toda la verdad, cómo ellos propios le mataron de tres pedradas y un flechazo; y cuando así le vieron muerto, vimos que hicieron muy gran llanto, que bien oimos las gritas y aullidos que por él daban; y aun con todo esto no cesó la gran batería que siempre nos daban, que era sobre nosotros de vara y piedra y flecha, y luego la comenzaron muy mayor, y con gran braveza nos decian:

—«Ahora pagareis muy de verdad la muerte de nuestro Rey y el deshonor de nuestros ídolos; y las paces que nos enviais á pedir, salid acá, y concertaremos cómo y de qué manera han de ser.»