Y decian tantas palabras sobre ello, y de otras cosas que ya no se me acuerda, y las dejaré aquí de decir, y que ya tenian elegido buen Rey, y que no era de corazon tan flaco, que le podais engañar con palabras falsas, como fué al buen Montezuma; y del enterramiento, que no tuviesen cuidado, sino de nuestras vidas, que en dos dias no quedarian ningunos de nosotros, para que tales cosas enviemos á decir; y con estas pláticas muy grandes gritas y silbos, y rociadas de piedra, vara y flecha, y otros muchos escuadrones todavía procurando de poner fuego á muchas partes de nuestros aposentos; y como aquello vió Cortés y todos nosotros, acordamos que para otro dia saliésemos del real, y diésemos guerra por otra parte, adonde habia muchas casas en tierra firme, y que hiciésemos todo el mal que pudiésemos, y fuésemos hácia la calzada, y que todos los de á caballo rompiesen con los escuadrones y los alanceasen ó echasen en la laguna, y aunque les matasen los caballos; y esto se ordenó para ver si por ventura con el daño y muerte que les hiciésemos cesaria la guerra y se trataria alguna manera de paz para salir libres sin más muertes y daños.
Y puesto que otro dia lo hicimos todos muy varonilmente, y matamos muchos contrarios y se quemaron obra de veinte casas, y fuimos hasta cerca de tierra firme, todo fué nonada para el gran daño y muertes de más de veinte soldados, y heridas que nos dieron; y no pudimos ganalles ninguna puente, porque todas estaban medio quebradas, y cargaron muchos mejicanos sobre nosotros, y tenian puestas albarradas y mamparos en parte adonde conocian que podian alcanzar los caballos.
Por manera que, si muchos trabajos teniamos hasta allí, muchos mayores tuvimos adelante.
Y dejallo hé aquí, y volvamos á decir cómo acordamos de salir de Méjico.
En esta entrada y salida que hicimos con los de á caballo, que era un juéves, acuérdome que iba allí Sandoval y Lares el buen jinete, y Gonzalo Dominguez, Juan Velazquez de Leon y Francisco de Morla, y otros buenos hombres de á caballo de los nuestros y de los de Narvaez; asimismo iban otros buenos jinetes; mas estaban espantados y temerosos los de Narvaez, como no se habian hallado en guerras de indios, como nosotros los de Cortés.
CAPÍTULO CXXVIII.
CÓMO ACORDAMOS DE NOS IR HUYENDO DE MÉJICO, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
Como vimos que cada dia iban menguando nuestras fuerzas, y las de los mejicanos crecian, y veiamos muchos de los nuestros muertos, y todos los más heridos, é que aunque peleábamos muy como varones, no los podiamos hacer retirar ni que se apartasen los muchos escuadrones que de dia y de noche nos daban guerra, y la pólvora apocada, y la comida y agua por el consiguiente, y el gran Montezuma muerto, las paces que les enviamos á demandar no las quisieron aceptar; en fin, veiamos nuestras muertes á los ojos, y las puentes que estaban alzadas; y fué acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estuviesen más descuidados; y para más les descuidar, aquella tarde les enviamos á decir con un papa de los que estaban presos, que era muy principal entre ellos, y con otros prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí á ocho dias, y que les dariamos todo el oro; y esto por descuidarlos y salirnos aquella noche.
Y demás desto, estaba con nosotros un soldado que se decia Botello, al parecer muy hombre de bien y latino, y habia estado en Roma, y decian que era nigromántico, otros decian que tenia familiar, algunos le llamaban astrólogo; y este Botello habia dicho cuatro dias habia que hallaba por sus suertes y astrologías que si aquella noche que venia no saliamos de Méjico, y si más aguardábamos, que ningun soldado podria salir con la vida; y aun habia dicho otras veces que Cortés habia de tener muchos trabajos y habia de ser desposeido de su ser y honra, y que despues habia de volver á ser gran señor y de mucha renta; y decia otras muchas cosas deste arte.
Dejemos al Botello, que despues tornaré hablar en él, y diré cómo se dió luego órden que se hiciese de maderos y ballestas muy recias una puente que llevásemos para poner en las puentes que tenian quebradas; y para ponella y llevalla, y guardar el paso hasta que pasase todo el fardaje y los de á caballo y todo nuestro ejército, señalaron y mandaron á cuatrocientos indios tlascaltecas y ciento y cincuenta soldados; y para llevar el artillería señalaron ducientos y cincuenta indios tlascaltecas y cincuenta soldados; y para que fuesen en la delantera peleando señalaron á Gonzalo de Sandoval y á Francisco de Acebedo el pulido, y á Francisco de Lugo y á Diego de Ordás é Andrés de Tapia; y todos estos capitanes, y otros ocho ó nueve de los de Narvaez, que aquí no nombro, y con ellos, para que les ayudasen, cien soldados mancebos sueltos; y para que fuesen entre medias del fardaje y naborías y prisioneros, y acudiesen á la parte que más conviniese de pelear, señalaron al mismo Cortés y á Alonso de Ávila, y á Cristóbal de Olí y á Bernardino Vazquez de Tapia, y á otros capitanes de los nuestros, que no me acuerdo ya sus nombres, con otros cincuenta soldados; y para la retaguardia señalaron á Juan Velazquez de Leon y á Pedro de Albarado, con otros muchos de á caballo y más de cien soldados, y todos los más de los de Narvaez; y para que llevasen á cargo los prisioneros y á doña Marina y á doña Luisa señalaron trecientos tlascaltecas y treinta soldados.