Pues hecho este concierto, ya era noche, y para sacar el oro y llevallo y repartillo, mandó Cortés á su camarero, que se decia Cristóbal de Guzman, y á otros sus criados, que todo el oro y plata y joyas lo sacasen de su aposento á la sala con muchos indios de Tlascala, y mandó á los oficiales del Rey, que era en aquel tiempo Alonso de Ávila y Gonzalo Mejía, que pusiesen en cobro todo el oro de su majestad, y para que lo llevasen les dió siete caballos heridos y cojos y una yegua, y muchos indios tlascaltecas, que, segun dijeron, fueron más de ochenta, y cargaron dello lo que más pudieron llevar, que estaba hecho todo lo más dello en barras muy anchas y grandes, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y quedaba mucho más oro en la sala hecho montones.
Entónces Cortés llamó su secretario, que se decia Pedro Hernandez, y á otros escribanos del Rey, y dijo:
—«Dadme por testimonio que no puedo más hacer sobre guardar este oro. Aquí tenemos en esta casa y sala sobre setecientos mil pesos por todo, y veis que no lo podemos pasar ni poner cobro más de lo puesto; los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros.»
Y desque aquello oyeron, muchos soldados de los de Narvaez y aun algunos de los nuestros cargaron dello.
Yo digo que nunca tuve codicia del oro, sino procurar salvar la vida: porque la teniamos en gran peligro; mas no dejé de apañar de una petaquilla, que allí estaba, cuatro chalchihuies, que son piedras muy preciadas entre los indios, que presto me eché entre los pechos entre las armas; y aun entónces Cortés mandó tomar la petaquilla con los chalchihuies que quedaban, para que la guardase su mayordomo; y aun los cuatro chalchihuies que yo tomé, si no me los hubiera echado entre los pechos, me los demandara Cortés; los cuales me fueron muy buenos para curar mis heridas y comer del valor dellos.
Volvamos á nuestro cuento; que desque supimos el concierto que Cortés habia hecho de la manera que habiamos de salir y llevar la madera para las puentes, y como hacia algo escuro, que habia neblina é lloviznaba, y era ántes de media noche, comenzaron á traer la madera é puente, y ponella en el lugar que habia de estar, y á caminar el fardaje y artillería y muchos de á caballo, y los indios tlascaltecas con el oro; y despues que se puso en la puente, y pasaron todos así como venian, y pasó Sandoval é muchos de á caballo, tambien pasó Cortés con sus compañeros de á caballo tras de los primeros, y otros muchos soldados.
Y estando en esto, suenan los cornetas y gritas y silbos de los mejicanos, y decian en su lengua:
—«Taltelulco, Taltelulco, salí presto con vuestras canoas, que se van los teules; atajadlos en las puentes.»
Y cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podiamos valer, y muchos de nuestros soldados ya habian pasado.
Y estando desta manera, carga tanta multitud de mejicanos á quitar la puente y á herir y matar á los nuestros, que no se daban á manos unos á otros; y como la desdicha es mala, y en tales tiempos ocurre un mal sobre otro, como llovia, resbalaron dos caballos y se espantaron, y caen en la laguna, y la puente caida y quitada; carga tanto guerrero mejicano para acaballa de quitar, que por bien que peleábamos, y matábamos muchos dellos, no se pudo más aprovechar della.