Por manera que aquel paso y abertura de agua presto se hinchó de caballos muertos y de los caballeros cuyos eran, que no podian nadar, y mataban muchos dellos y de los indios tlascaltecas é indias naborías, y fardaje y petacas y artillería; y de los muchos que se ahogaban, ellos y los caballos, y de otros muchos soldados que allí en el agua mataban y metian en las canoas, que era muy gran lástima de lo ver y oir, pues la grita y lloros y lástimas que decian demandando socorro: «Ayudadme, que me ahogo;» otros, «Socorredme, que me matan;» otros demandando ayuda á Nuestra Señora Santa María y á señor Santiago; otros demandaban ayuda para subir á la puente, y estos eran ya que escapaban nadando, y asidos á muertos y á petacas para subir arriba, á donde estaba la puente; y algunos que habian subido, y pensaban que estaban libres de aquel peligro, habia en las calzadas grandes escuadrones guerreros que los apañaban é amorrinaban con unas macanas, y otros que les flechaban y alanceaban.
Pues quizá habia algun concierto en la salida, como lo habiamos concertado, maldito aquel; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero á caballo, por salvar sus vidas y llegar á tierra firme, aguijaron por las puentes y calzadas adelante, y no aguardaron unos á otros; y no lo erraron, porque los de á caballo no podian pelear en las calzadas; porque yendo por la calzada, ya que arremetian á los escuadrones mejicanos, echábanseles al agua, y de la una parte la laguna y de la otra azuteas, y por tierra les tiraban tanta flecha y vara y piedra, y con lanzas muy largas que habian hecho de las espadas que nos tomaron, como partesanas, mataban los caballos con ellas; y si arremetia alguno de á caballo y mataba algun indio, luego le mataban el caballo; y así, no se atrevian á correr por la calzada.
Pues vista cosa es que no podian pelear en el agua y puestos; sin escopetas ni ballestas y de noche, ¿qué podiamos hacer sino lo que haciamos? Que era que arremetiésemos treinta y cuarenta soldados que nos juntábamos, y dar algunas cuchilladas á los que nos venian á echar mano, y andar y pasar adelante, hasta salir de las calzadas; porque si aguardáramos los unos á los otros, no saliéramos ninguno con la vida, y si fuera de dia, peor fuera; y aun los que escapamos fué que nuestro Señor Dios fué servido darnos esfuerzo para ello; y para quien no lo vió aquella noche la multitud de guerreros que sobre nosotros estaban, y las canoas que de los nuestros arrebataban y llevaban á sacrificar, era cosa de espanto.
Pues yendo que íbamos cincuenta soldados de los de Cortés y algunos de Narvaez por nuestra calzada adelante, de cuando en cuando salian escuadrones mejicanos á nos echar manos.
Acuérdome que nos decian:
—«¡Oh, oh, oh luilones!» que quiere decir: «Oh putos, ¿aun aquí quedais vivos, que no os han muerto los tiacanes?»
Y como les acudimos con cuchilladas y estocadas, pasamos adelante; é yendo por la calzada cerca de tierra firme, cabe el pueblo de Tacuba, donde ya habian llegado Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olí y Francisco de Salcedo, el pulido, y Gonzalo Dominguez, y Lares, y otros muchos de á caballo, y soldados de los que pasaron adelante ántes que desamparasen la puente, segun y de la manera que dicho tengo; é ya que llegábamos cerca oiamos voces que daba Cristóbal de Olí y Gonzalo de Sandoval y Francisco de Morla, y decian á Cortés, que iba adelante de todos:
—«Aguardad, señor capitan; que dicen estos soldados que vamos huyendo, y los dejamos morir en las puentes y calzadas á todos los que quedan atrás; tornémoslos á amparar y recoger; porque vienen algunos soldados muy heridos y dicen que los demás quedan todos muertos, y no salen ni vienen ningunos.»
Y la respuesta que dió Cortés, que los que habiamos salido de las calzadas era milagro; que si á las puentes volviesen, pocos escaparian con las vidas, ellos y los caballos: y todavía volvió el mismo Cortés y Cristóbal de Olí, y Alonso de Ávila y Gonzalo de Sandoval, y Francisco de Morla y Gonzalo Dominguez, con otros seis ó siete de á caballo, y algunos soldados que no estaban heridos; mas no fuera mucho trecho, porque luego encontraron con Pedro de Albarado bien herido, con una lanza en la mano, á pié, que la yegua alazana ya se la habian muerto, y traia consigo siete soldados, los tres de los nuestros y los cuatro de Narvaez, tambien muy heridos, y ocho tlascaltecas, todos corriendo sangre de muchas heridas; entre tanto volvió Cortés por la calzada con los capitanes y soldados que dicho tengo, reparamos en los patios junto á Tacuba, y ya habian venido de Méjico, como está cerca, dando voces, y á dar mandado á Tacuba y á Escapuzalco y á Teneyuca para que nos saliesen al encuentro.
Por manera que nos comenzaron á tirar vara y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes, engastonadas en ellas de nuestras espadas que nos tomaron en este desbarate; y haciamos algunas arremetidas, en que nos defendiamos dellos y les ofendiamos.