Volvamos á Pedro de Albarado, que, como Cortés y los demás capitanes y soldados le encontraron de aquella manera que he dicho, y como supieron que no venian más soldados, se les saltaron las lágrimas de los ojos; porque el Pedro de Albarado y Juan Velazquez de Leon, con otros más de á caballo y más de cien soldados, habian quedado en la retaguarda; y preguntando Cortés por los demás, dijo que todos quedaban muertos, y con ellos el capitan Juan Velazquez de Leon y todos los más de á caballo que traia, así de los nuestros como de los de Narvaez, y más de ciento y cincuenta soldados que traia; y dijo el Pedro que despues que les mataron los caballos y la yegua, que se juntaron para se amparar obra de ochenta soldados, y que sobre los muertos y petacas y caballos que se ahogaron, pasaron la primera puente; en esto no se me acuerda bien si dijo que pasó sobre los muertos, y entónces no miramos lo que sobre ello dijo á Cortés, sino que allí en aquella puente le mataron á Juan Velazquez y más de ducientos compañeros que traia, que no les pudieron valer.
Y asimismo á esta otra puente, que les hizo Dios mucha merced en escapar con las vidas; y decia que todas las puentes y calzadas estaban llenas de guerreros.
Dejemos esto, y diré que en la triste puente que dicen ahora que fué el salto del Albarado, yo digo que en aquel tiempo ningun soldado se paró á vello, si saltaba poco ó mucho, que harto teniamos en mirar y salvar nuestras vidas, porque eran muchos los mejicanos que contra nosotros habia; porque en aquella coyuntura no lo podiamos ver ni tener sentido en salto, si saltaba ó pasaba poco ó mucho; y así seria cuando el Pedro de Albarado llegó á la puente, como él dijo á Cortés, que habia pasado asido á petacas y caballos y cuerpos muertos, porque ya que quisiera saltar y sustentarse en la lanza en el agua, era muy honda, y no pudiera allegar al suelo con ella para poderse sustentar sobre ella; y demás desto, la abertura muy ancha y alta, que no la podria saltar por muy más suelto que era.
Tambien digo que no la podia saltar ni sobre la lanza ni de otra manera; porque despues desde cerca de un año que volvimos á poner cerco á Méjico y la ganamos, me hallé muchas veces en aquella puente peleando con escuadrones mejicanos, y tenian allí hechos reamparos y albarradas, que se llama ahora la puente del salto de Albarado; y platicábamos muchos soldados sobre ello, y no hallábamos razon ni soltura de un hombre que tal saltase.
Dejemos este salto, y digamos que, como vieron nuestros capitanes que no acudian más soldados, y el Pedro de Albarado dijo que todo quedaba lleno de guerreros, y que ya que algunos quedasen rezagados, que en los puentes los matarian, volvamos á decir desto del salto de Albarado: digo que para qué porfian algunas personas que no lo saben ni lo vieron, que fué cierto que la saltó el Pedro de Albarado la noche que salimos huyendo, aquella puente y abertura del agua; otra vez digo que no la pudo saltar en ninguna manera; y para que claro se vea, hoy dia está la puente; y la manera del altor del agua que solia venir y que tan alta estaba la puente, y el agua muy honda, que no podia llegar al suelo con la lanza.
Y porque los lectores sepan que en Méjico hubo un soldado que se decia Fulano de Ocampo, que fué de los que vinieron con Garay, hombre muy plático, y se preciaba de hacer libelos infamatorios y otras cosas á manera de masepasquines; y puso en ciertos libelos á muchos de nuestros capitanes cosas feas que no son de decir no siendo verdad; y entre ellos, demás de otras cosas que dijo de Pedro de Albarado, que habia dejado morir á su compañero Juan Velazquez de Leon con más de ducientos soldados y los de á caballo que les dejamos en la retaguarda, y se escapó él, y por escaparse dió aquel gran salto, como suele decir el refran: «Saltó, y escapó la vida.»
Volvamos á nuestra materia: é porque los que estábamos ya en salvo en lo de Tacuba no nos acabásemos del todo de perder, é porque habian venido muchos mejicanos y los de Tacuba y Escapuzalco y Teneyuca y de otros pueblos comarcanos sobre nosotros, que todos enviaron mensajeros desde Méjico para que nos saliesen al encuentro en las puentes y calzadas, y desde los maizales nos hacian mucho daño, y mataron tres soldados que ya estaban heridos, acordamos lo más presto que pudiésemos salir de aquel pueblo y sus maizales, y con seis ó siete tlascaltecas que sabian ó atinaban el camino de Tlascala, sin ir por camino derecho nos guiaban con mucho concierto hasta que saliésemos á unas caserías que en un cerro estaban, y allí junto á un cu é adoratorio y como fortaleza, adonde reparamos; que quiero tornar á decir que, seguidos que íbamos de los mejicanos, y de las flechas y varas y piedras con sus hondas nos tiraban; y cómo nos cercaban, dando siempre en nosotros, es cosa de espantar; y como lo he dicho muchas veces, estoy harto de decirlo, los lectores no lo tengan por cosa de prolijidad, por causa que cada vez ó cada rato que nos apretaban y herian y daban recia guerra, por fuerza tengo de tornar á decir de los escuadrones que nos seguian, y mataban muchos de nosotros.
Dejémoslo ya de traer tanto á la memoria, y digamos cómo nos defendiamos en aquel cu y fortaleza, nos albergamos, y se curaron los heridos, y con muchas lumbres que hicimos.
Pues de comer no lo habia, y en aquel cu y adoratorio, despues de ganada la gran ciudad de Méjico, hicimos una iglesia, que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, é van ahora allí en romería y á tener novenas muchos vecinos y señoras de Méjico.
Dejemos esto, y volvamos á decir qué lástima era de ver curar y apretar con algunos paños de mantas nuestras heridas; y como se habian resfriado y estaban hinchadas, dolian.