Y dejemos esto, y volvamos á Cortés y Cristóbal de Olí y Sandoval, y Pedro de Albarado y Gonzalo Dominguez, y otros muchos que aquí no nombro; y todos los soldados poniamos grande ánimo para pelear, y esto, Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora la Vírgen Santa María nos lo ponia, y señor Santiago que ciertamente nos ayudaba; y así lo certificó un capitan de Guatemuz, de los que se hallaron en la batalla; y quiso Dios que allegó Cortés con los capitanes por mí nombrados en parte donde andaba el capitan general de los mejicanos con su bandera tendida, con ricas armas de oro y grandes penachos de argentería, y como lo vió Cortés al que llevaba la bandera, con otros muchos mejicanos, que todos traian grandes penachos de oro, dijo á Pedro de Albarado y á Gonzalo de Sandoval y á Cristóbal de Olí y á los demás capitanes:
—«Ea, señores, rompamos con ellos.»
Y encomendándose á Dios, arremetió Cortés y Cristóbal de Olí, y Sandoval y Alonso de Ávila y otros caballeros, y Cortés dió un encuentro con el caballo al capitan mejicano, que le hizo abatir su bandera, y los demás nuestros capitanes acabaron de romper el escuadron, que eran muchos indios; y quien siguió al capitan que traia la bandera, que aún no habia caido del encuentro que Cortés le dió, fué un Juan de Salamanca, natural de Ontiveros, con una buena yegua overa, que le acabó de matar y le quitó el rico penacho que traia, y se le dió á Cortés, diciendo que, pues él le encontró primero y le hizo abatir la bandera y hizo perder el brio, le daba el plumaje; mas dende á ciertos años su majestad se le dió por armas al Salamanca, y así las tienen en sus reposteros sus descendientes.
Volvamos á nuestra batalla, que Nuestro Señor Dios fué servido que, muerto aquel capitan que traia la bandera mejicana y otros muchos que allí murieron, aflojó su batallar de arte, que se iban retrayendo, y todos los de á caballo siguiéndoles y alcanzándoles.
Pues á nosotros no nos dolian las heridas ni teniamos hambre ni sed, sino que parecia que no habiamos habido ni pasado ningun mal trabajo.
Seguimos la vitoria matando é hiriendo.
Pues nuestros amigos los de Tlascala estaban hechos unos leones, y con sus espadas y montantes y otras armas que allí apañaron, hacíanlo muy bien y esforzadamente.
Ya vueltos los de á caballo de seguir la victoria, todos dimos muchas gracias á Dios, que escapamos de tan gran multitud de gente; porque no se habia visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado, tan gran número de guerreros juntos; porque allí estaba la flor de Méjico y de Tezcuco y Salcocan, ya con pensamiento que de aquella vez no quedara roso ni velloso de nosotros.
Pues qué armas tan ricas que traian, con tanto oro y penachos y divisas, y todos los más capitanes y personas principales, y allí junto donde fué esta reñida y nombrada y temerosa batalla para en estas partes (así se puede decir, pues Dios nos escapó con las vidas), habia cerca un pueblo que se dice Obtumba; la cual batalla tienen muy bien pintada, y en retratos entallada los mejicanos y tlascaltecas, entre otras muchas batallas que con los mejicanos hubimos hasta que ganamos á Méjico.
Y tengan atencion los curiosos lectores que esto leyeren, que quiero traer aquí á la memoria que cuando entramos al socorro de Pedro de Albarado en Méjico fuimos por todos sobre más de mil y trecientos soldados, con los de á caballo, que fueron noventa y siete, y ochenta ballesteros y otros tantos escopeteros, y más de dos mil tlascaltecas, y metimos mucha artillería; y fué nuestra entrada en Méjico dia del señor San Juan de Junio de 1520 años, y fué nuestra salida huyendo á 10 del mes de Julio del año siguiente, y fué esta nombrada batalla de Obtumba á 14 del mes de Julio.