Olvidado me he de escribir el contento que recebimos de ver viva á nuestra doña Marina y á doña Luisa, hija de Xicotenga, que las escaparon en las puentes unos tlascaltecas hermanos de la doña Luisa, que salieron de los primeros, y quedaron muertas todas las más naborías que nos habian dado en Tlascala y en Méjico: allí quedaron en las puentes con los demás.

Y volvamos á decir cómo llegamos aquel dia á un pueblo grande que se dice Gualquitan, el cual pueblo fué de Alonso de Ávila; y aunque nos daban grita y voces y tiraban piedra y vara y flecha, todo lo soportábamos.

Y desde allí fuimos por unas caserías y pueblezuelos, y siempre los mejicanos siguiéndonos, y como se juntaban muchos, procuraban de nos matar, y nos comenzaban á cercar, y tiraban tanta piedra con hondas, y vara y flecha, que mataron á dos de nuestros soldados en un paso malo, que iban mancos, y tambien un caballo, é hirieron á muchos de los nuestros; y tambien nosotros á estocadas les matamos algunos dellos, y los de á caballo á lanzadas les mataban, aunque pocos; y así, dormimos en aquellas casas, y allí comimos el caballo que mataron.

Y otro dia muy de mañana comenzamos á caminar con el concierto que de ántes, y aun mejor, y siempre la mitad de los de á caballo adelante; y poco más de una legua, en un llano, ya que creimos ir en salvo, vuelven tres de los nuestros de á caballo, y dicen que están los campos llenos de guerreros mejicanos aguardándonos; y cuando lo oimos, bien que tuvimos temor, é grande, mas no para desmayar del todo, ni dejar de encontrarnos con ellos y pelear hasta morir; y allí reparamos un poco, y se dió órden cómo habian de entrar y salir los de á caballo á media rienda, y que no se parasen á lancear, sino las lanzas por los rostros hasta romper sus escuadrones, y que todos los soldados, las estocadas que diésemos, que les pasásemos las entrañas, y que todos hiciésemos de manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas, por manera que si Dios fuese servido, que escapásemos con las vidas; y despues de nos encomendar á Dios y á Santa María muy de corazon, é invocando el nombre del señor Santiago, desque vimos que nos comenzaban á cercar, de cinco en cinco de á caballo rompieron por ellos, y todos nosotros juntamente.

¡Oh qué cosa de ver era esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos en pié con pié, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacian en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos! Y los de á caballo, como era el campo llano, cómo alanceaban á su placer, entrando y saliendo á media rienda; y aunque estaban heridos ellos y sus caballos, no dejaban de batallar muy como varones esforzados.

Pues todos nosotros los que teniamos caballos, parece ser que á todos se nos ponia esfuerzo doblado, que aunque estábamos heridos, y de refresco teniamos más heridas, no curábamos de los apretar, por no nos parar á ello, que no habia lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos á les dar de estocadas.

Pues quiero decir cómo Cortés y Cristóbal de Olí, y Pedro de Albarado, que tomó otro caballo de los de Narvaez, porque su yegua se la habian muerto, como dicho tengo, y Gonzalo de Sandoval, cuales andaban de una parte á otra rompiendo escuadrones, aunque bien heridos; y las palabras que Cortés decia á los que andábamos envueltos con ellos, que la estocada y cuchillada que diésemos fuese en señores señalados; porque todos traian grandes penachos con oro y ricas armas y divisas.

Pues oir cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval, y decia:

—«Ea, señores, que hoy es el dia que hemos de vencer; tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos; para algun buen fin nos guarda Dios.»

Y tornaré á decir los muchos de nuestros soldados que nos mataban y herian.