»Bien sé que lloran muchas mujeres é indios destos nuestros pueblos las muertes de sus hijos y maridos y hermanos y parientes; no te congojes por ello, y mucho debes á tus dioses, que te han aportado aquí, y salido de entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Obtumba, que cuatro dias habia que lo supe que os esperaban para os matar. Yo queria ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros, y no pude salir, á causa que no estábamos juntos y los andaba juntando.»
Cortés y todos nuestros capitanes y soldados los abrazamos, y les dijimos que se lo teniamos en merced, y Cortés les dió á todos los principales joyas de oro y piedras que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo; y asimesmo dimos algunos de nosotros á nuestros conocidos de lo que teniamos.
Pues qué fiesta y alegría mostraron con doña Luisa y con doña Marina cuando las vieron en salvamento, y qué llorar, y qué tristeza tenian por los demás indios que no venian, que se quedaron muertos, en especial el Masse-Escaci por su hija doña Elvira, y lloraba la muerte de Juan Velazquez de Leon, á quien la dió; y desta manera fuimos á la cabeza de Tlascala con todos los caciques, y á Cortés aposentaron en las casas de Masse-Escaci, y Xicotenga dió sus aposentos á Pedro de Albarado, y allí nos curamos y tornamos á convalecer, y aun se murieron cuatro soldados de las heridas, y á otros soldados no se les habian sanado.
Y dejallo he aquí, y diré lo que más pasó.
CAPÍTULO CXXIX.
CÓMO FUIMOS Á LA CABECERA Y MAYOR PUEBLO DE TLASCALA, Y LO QUE ALLÍ PASAMOS.
Pues como habia un dia que estábamos en el pueblezuelo de Gualiopar, y los caciques de Tlascala por mí nombrados nos hicieron aquellos ofrecimientos, que son dignos de no olvidar y de ser gratificados, y hechos en tal tiempo y coyuntura; despues que fuimos á la cabeza y pueblo mayor de Tlascala, nos aposentaron, como dicho tengo, parece ser que Cortés preguntó por el oro que habian traido allí, que eran cuarenta mil pesos; el cual oro fueron las partes de los vecinos que quedaban en la Villa-Rica; y dijo Masse-Escaci y Xicotenga el viejo y un soldado de los nuestros, que se habia allí quedado doliente, que no se halló en lo de Méjico cuando nos desbarataron, que habian venido de la Villa-Rica un Juan de Alcántara y otros dos vecinos, é que lo llevaron todo porque traian cartas de Cortés para que se lo diesen; la cual carta mostró el soldado, que habia dejado en poder del Masse-Escaci cuando le dieron el oro; y preguntando cómo y cuándo y en qué tiempo lo llevó, y sabido que fué, por la cuenta de los dias, cuando nos daban guerra los mejicanos, luego entendimos cómo en el camino habian muerto y tornado el oro, y Cortés hizo sentimiento por ello.
Y tambien estábamos con pena por no saber de los de la Villa-Rica, no hubiesen corrido algun desman; y luego por la posta escribió con tres tlascaltecas, en que les hizo saber los grandes peligros que en Méjico nos habiamos visto, y cómo y de qué manera escapamos con las vidas, y no se les dió relacion de cuántos faltaban de los nuestros; y que mirasen que siempre estuviesen muy alerta y se velasen; y que si hubiese algunos soldados sanos se los enviasen, y que guardasen muy bien al Narvaez y al Salvatierra; y si hubiese pólvora ó ballestas, porque queria tornar á correr los rededores de Méjico; y tambien escribió al capitan que quedó por guarda y capitan de la mar, que se decia Caballero, y que mirase no fuese ningun navío á Cuba ni Narvaez se soltase; y que si viese que dos navíos de los de Narvaez, que quedaban en el puerto, no estaban para navegar, que diese con ellos al través, y le enviase los marineros con todas las armas que tuviesen.
Y por la posta fueron y volvieron los mensajeros, y trajeron cartas que no habian tenido guerras; que un Juan de Alcántara y los dos vecinos que enviaron por el oro, que les deben de haber muerto en el camino; y que bien supieron la guerra que en Méjico nos dieron, porque el cacique gordo de Cempoal se lo habia dicho; y ansimismo escribió el almirante de la mar, que se decia Pedro Caballero, y dijeron que harian lo que Cortés les mandaba, é enviaria los soldados, é que el un navío estaba bueno, y que al otro daria al través y enviaria la gente, é que habia pocos marineros, porque habian adolescido y se habian muerto, y que agora escribian las respuestas de las cartas; y luego vinieron con el socorro que enviaban de la Villa-Rica, que fueron cuatro hombres con tres de la mar, que todos fueron siete; y venia por capitan dellos un soldado que se decia Lencero, cuya fué la venta que agora dicen de Lencero.
Y cuando llegaron á Tlascala, como venian dolientes y flacos, muchas veces por nuestro pasatiempo y burlar dellos deciamos: