—«El socorro del Lencero; que venian siete soldados, y los cinco llenos de bubas y los dos hinchados, con grandes barrigas.»

Dejemos burlas, y digamos lo que allí en Tlascala nos aconteció con Xicotenga el mozo, y de su mala voluntad, el cual habia sido capitan de toda Tlascala cuando nos dieron las guerras por mí otras veces dichas en el capítulo que dello habla.

Y es el caso que, como se supo en aquella su ciudad que salimos huyendo de Méjico y que nos habian muerto mucha copia de soldados, ansí de los nuestros como de los indios tlascaltecas que habian ido de Tlascala en nuestra compañía, y que veniamos á nos socorrer é amparar en aquella provincia, el Xicotenga el mozo andaba convocando á todos sus parientes y amigos, y á otros que sentia que eran de su parcialidad, y les decia que en una noche, ó de dia, cuando más aparejado tiempo viesen, que nos matasen, y que haria amistades con el señor de Méjico, que en aquella sazon habian alzado por Rey á uno que se decia Coadlauaca, y que demás desto, que en las mantas y ropa que habiamos dejado en Tlascala á guardar y el oro que agora sacábamos de Méjico tendrian qué robar, y quedarian todos ricos con ello.

Lo cual alcanzó á saber el viejo Xicotenga, su padre, y se lo riñó, y le dijo que no le pasase tal por el pensamiento, que era mal hecho; y que si lo alcanzase á saber Masse-Escaci y Chichimeclatecle, que por ventura le matarian, y al que en tal concierto fuese; y por más que el padre se lo riñó, no curaba de lo que le decia, y todavía entendia en su mal propósito; y vino á oidos de Chichimeclatecle, que era su enemigo mortal del mozo Xicotenga, y lo dijo á Masse-Escaci, y acordaron entrar en acuerdo y como cabildo, y sobre ello llamaron al Xicotenga el viejo y los caciques de Guaxocingo, y mandaron traer preso ante sí á Xicotenga el mozo.

Y Masse-Escaci propuso un razonamiento delante de todos, y dijo que si se les acordaba ó habian ido á decir de más de cien años hasta entónces que en toda Tlascala habian estado tan prósperos y ricos como despues que los teules vinieron á sus tierras, ni en todas sus provincias habian sido en tanto tenidos, y que tenian mucha ropa de algodon y oro, y comian sal, la que hasta allí no solian comer; y por do quiera que iban de sus tlascaltecas con los teules les hacian honra por su respeto, puesto que ahora les habian muerto en Méjico muchos dellos; y que tengan en la memoria lo que sus antepasados les habian dicho muchos años atrás, que de adonde sale el sol habian de venir hombres que les habian de señorear; é que ¿á qué causa agora andaba Xicotenga en aquellas traiciones y maldades, concertando de nos dar guerra y matarnos? Que era mal hecho, é que no podia dar ninguna disculpa de sus bellaquerías y maldades, que siempre tenia encerradas en su pecho; y agora que los veia venir de aquella manera desbaratados, que nos habia de ayudar para en estando sanos volver sobre los pueblos de Méjico, sus enemigos, queria hacer aquella traicion.

Y á estas palabras que el Masse-Escaci y su padre Xicotenga el ciego lo dijeron, el Xicotenga el mozo respondió que era muy bien acordado lo que decia por tener paces con mejicanos, y dijo otras cosas que no pudieron sufrir; y luego se levantó el Masse-Escaci y el Chichimeclatecle y el viejo de su padre, ciego como estaba, y tomaron al Xicotenga el mozo por los cabezones y de las mantas, y se las rompieron, y á empujones y con palabras injuriosas que le dijeron, le echaron de las gradas abajo donde estaba, y las mantas todas rompidas; y aun si por el padre no fuera, le querian matar, y á los demás que habian sido en su consejo echaron presos; y como estábamos allí retraidos, y no era tiempo de le castigar, no osó Cortés hablar más en ello.

He traido esto aquí á la memoria para que vean de cuánta lealtad y buenos fueron los de Tlascala, y cuánto les debemos, y aun al buen viejo Xicotenga, que á su hijo dicen que le habia mandado matar luego que supo sus tramas y traicion.

Dejemos esto, y digamos cómo habia veinte y dos dias que estábamos en aquel pueblo curándonos nuestras heridas y convaleciendo, y acordó Cortés que fuésemos á la provincia de Tepeaca, que estaba cerca, porque allí habian muerto muchos de nuestros soldados y de los de Narvaez, que se venian á Méjico, y en otros pueblos que están junto de Tepeaca, que se dice Cachula; y como Cortés lo dijo á nuestros capitanes, y apercibian á los soldados de Narvaez para ir á la guerra, y como no eran tan acostumbrados á guerras y habian escapado de la rota de Méjico y puentes de lo de Obtumba, y no vian la hora de se volver á la isla de Cuba á sus indios é minas de oro, renegaban de Cortés y de sus conquistas, especial el Andrés de Duero, compañero de nuestro Cortés; porque ya lo habrán entendido los curiosos lectores en dos veces que lo he declarado en los capítulos pasados, cómo y de qué manera fué la compañía; maldecian el oro que le habia dado á él y á los demás capitanes, que todo se habia perdido en las puentes, como habian visto las grandes guerras que nos daban, y con haber escapado con las vidas estaban muy contentos; y acordaron de decir á Cortés que no querian ir á Tepeaca ni á guerra ninguna, sino que se querian volver á sus casas; que bastaba lo que habian perdido en haber venido de Cuba; y Cortés les habló muy mansa y amorosamente, creyendo de los atraer para que fuesen con nosotros á lo de Tepeaca; y por más pláticas y reprensiones que les dió, no querian; y como vieron los de Narvaez que con Cortés no aprovechaban sus palabras, le hicieron requerimientos en forma delante de un escribano del Rey para que luego se fuese á la Villa-Rica, poniéndole por delante que no teniamos caballos ni escopetas ni ballestas ni pólvora, ni hilo para hacer cuerdas, ni almacen; que estábamos heridos, y que no habian quedado por todos nuestros soldados y los de Narvaez sino cuatrocientos y cuarenta soldados; que los mejicanos nos tomarian todos los puertos y sierras y pasos, é que los navíos, si más aguardaban, se comerian de broma; y dijeron en el requerimiento otras muchas cosas.

Y cuando se le hubieron dado y leido el requerimiento á Cortés, si muchas palabras decian en él, muy muchas más contrariedades respondió; y demás desto, todos los más de nosotros de los que habiamos pasado con Cortés le dijimos que mirase que no diese licencia á ninguno de los de Narvaez ni á otras personas para volver á Cuba, sino que procurásemos todos de servir á Dios é al Rey; é que esto era lo bueno, y no volverse á Cuba.

Cuando Cortés hubo respondido al requerimiento, como vieron las personas que le estaban requiriendo que muchos de nosotros ayudábamos el intento de Cortés y que les estorbábamos sus grandes importunaciones que sobre ello le hablaban y requerian, con no más de que deciamos que no es servicio de Dios ni de su majestad que dejen desamparado su capitan en las guerras; en fin de muchas razones que pasaron, obedecieron para ir con nosotros á las entradas que se ofreciesen; mas fué que les prometió Cortés que en habiendo coyuntura los dejaria volver á su isla de Cuba; y no por aquesto dejaron de murmurar dél y de su conquista, que tan caro les habia costado en dejar sus casas y reposo y haberse venido á meter adonde no estaban seguros de las vidas; y más decian, que si en otra guerra entrásemos con el poder de Méjico, que no se podria excusar tarde ó temprano de tenella, que creian é tenian por cierto que no nos podriamos sustentar contra ellos en las batallas, segun habian visto lo de Méjico y puentes, y en la nombrada de Obtumba; y más decian, que nuestro Cortés por mandar y siempre ser señor, y nosotros los que con él pasábamos no tener que perder sino nuestras personas, asistiamos con él; y decian otros muchos desatinos, y todo se les disimulaba por el tiempo en que lo decian; mas no tardaron muchos meses que no les dió licencia para que se volviesen á sus casas; lo cual diré en su tiempo y sazon.