Y desde la villa de Segura de la Frontera corrimos todos los rededores, que fué Cachula y Tecamechalco y el pueblo de las Guayaguas, y otros pueblos que no se me acuerda el nombre; y en lo de Cachula fué adonde habian muerto en los aposentos quince españoles; y en este de Cachula hubimos muchos esclavos, de manera que en obra de cuarenta dias tuvimos aquellos pueblos pacíficos y castigados.
Ya en aquella sazon habian alzado en Méjico otro señor por Rey, porque el señor que nos echó de Méjico era fallecido de viruelas, y aquel señor que hicieron Rey era un sobrino ó pariente muy cercano del gran Montezuma, que se decia Guatemuz, mancebo de hasta veinte y cinco años, bien gentil hombre para ser indio, y muy esforzado; y se hizo temer de tal manera, que todos los suyos temblaban dél; y estaba casado con una hija de Montezuma, bien hermosa mujer para ser india; y como este Guatemuz, señor de Méjico, supo cómo habiamos desbaratado los escuadrones mejicanos que estaban en Tepeaca, y que habian dado la obediencia á su Majestad el Emperador Cárlos V, y nos servian y daban de comer, y estábamos allí poblados; y temió que les correriamos lo de Guaxaca y otras provincias, y que á todos les atraeriamos á nuestra amistad, envió á sus mensajeros por todos los pueblos para que estuviesen muy alerta con todas sus armas, y á los caciques les daba joyas de oro, y á otros perdonaba los tributos; y sobre todo, mandaba ir muy grandes capitanes y guarniciones de gente de guerra para que mirasen no les entrásemos en sus tierras; y les enviaba á decir que peleasen muy reciamente con nosotros, no les acaeciese como en lo de Tepeaca, á donde estaba nuestra villa doce leguas.
Para que bien se entiendan los nombres destos pueblos, un nombre es Cachula, otro nombre es Guacachula.
Y dejaré de contar lo que en Guacachula se hizo, hasta su tiempo y lugar; y diré cómo en aquel tiempo é instante vinieron de la Villa-Rica mensajeros cómo habia venido un navío de Cuba, y ciertos soldados en él.
CAPÍTULO CXXXI.
CÓMO VINO UN NAVÍO DE CUBA QUE ENVIABA DIEGO VELAZQUEZ, É VENIA EN ÉL POR CAPITAN PEDRO BARBA, Y LA MANERA QUE EL ALMIRANTE QUE DEJÓ NUESTRO CORTÉS POR GUARDA DE LA MAR TENIA PARA LOS PRENDER, Y ES DESTA MANERA.
Pues como andábamos en aquella provincia de Tepeaca castigando á los que fueron en la muerte de nuestros compañeros, que fueron diez y ocho los que mataron en aquellos pueblos, y atrayéndolos de paz, y todos daban la obediencia á su majestad; vinieron cartas de la Villa-Rica cómo habia venido un navío al puerto, y vino en él por capitan un hidalgo que se decia Pedro Barba, que era muy amigo de Cortés; y este Pedro Barba habia estado por teniente del Diego Velazquez en la Habana, y traia trece soldados y un caballo y una yegua, porque el navío que traia era muy chico; y traia cartas para Pánfilo de Narvaez, el capitan que Diego Velazquez habia enviado contra nosotros, creyendo que estaba por él la Nueva-España, en que le enviaba á decir el Diego Velazquez que si acaso no habia muerto á Cortés, que luego se le enviase preso á Cuba, para envialle á Castilla, que ansí lo mandaba don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, presidente de Indias, que luego fuese preso con otros de nuestros capitanes; porque el Diego Velazquez tenia por cierto que éramos desbaratados, ó á lo ménos que Narvaez señoreaba la Nueva-España.
Pues como el Pedro Barba llegó al puerto con su navío y echó anclas, luego le fué á visitar y dar el bien venido el almirante de la mar que puso Cortés, el cual se decia Pedro Caballero ó Juan Caballero, otras veces por mí nombrado, con un batel bien esquifado de marineros y armas encubiertas, y fué al navío de Pedro Barba; y despues de hablar palabras de buen comedimiento, qué tal viene vuestra merced, y quitar las gorras y abrazarse unos á otros, como se suele hacer, preguntó el Pedro Caballero por el señor Diego Velazquez, gobernador de Cuba, qué tal queda, y responde el Pedro Barba que bueno; y el Pedro Barba y los demás que consigo traian preguntan por el señor Pánfilo de Narvaez, y cómo le va con Cortés; y responden que muy bien, é que Cortés anda huyendo y alzado con veinte de sus compañeros, é que Narvaez está muy próspero é rico, y que la tierra es muy buena; y de plática en plática le dicen al Pedro Barba que allí junto estaba un pueblo, que desembarque é que se vayan á dormir y estar en él, que les traerán comida y lo que hubieren menester, que para sólo aquello estaba señalado aquel pueblo, y tantas palabras les dicen, que en el batel y en otros que luego allí venian de los otros navíos que estaban surtos les sacaron en tierra, y cuando los vieron fuera del navío, y tenian copia de marineros junto con el almirante Pedro Caballero, dijeron al Pedro Barba:
—«Sed preso por el señor capitan Cortés, mi señor.»
Y ansí los prendieron, y quedaban espantados, y luego les sacaban del navío las velas y timon y agujas, y los enviaban adonde estábamos con Cortés en Tepeaca; por los cuales habiamos gran placer, con el socorro que venia en el mejor tiempo que podia ser; porque en aquellas entradas que he dicho que haciamos, no eran tan en salvo, que muchos de nuestros soldados no quedábamos heridos, y otros adolescian del trabajo; porque, de sangre y polvo que estaba cuajado en las entrañas, no echábamos otra cosa del cuerpo y por la boca, como traiamos siempre las armas á cuestas y no parar noches ni dias; por manera que ya se habian muerto cinco de nuestros soldados de dolor de costado en obra de quince dias.