Pues ya juntas todas las piezas, y hecho el hierro, que era una G como esta, que queria decir guerra, cuando no nos catamos, apartan el real quinto, y luego sacan otro quinto para Cortés; y demás desto, la noche ántes, cuando metimos las piezas, como he dicho en aquella casa, habian ya escondido y tomado las mejores indias, que no pareció allí ninguna buena, y al tiempo del repartir dábannos las viejas y ruines; y sobre esto hubo muy grandes murmuraciones contra Cortés y de los que mandaban hurtar y esconder las buenas indias; y de tal manera se lo dijeron al mismo Cortés soldados de los de Narvaez, que juraban á Dios que no habian visto tal, haber dos Reyes en la tierra de nuestro Rey y señor y sacar dos quintos; y uno de los soldados que se lo dijeron fué un Juan Bono de Quejo; y más dijo, que no estarian en tal tierra, y que lo harian saber en Castilla á su majestad y á los de su Real Consejo de Indias; y tambien dijo á Cortés otro soldado muy claramente que no bastó repartir el oro que se habia habido en Méjico de la manera que lo repartió, y que cuando estaba repartiendo las partes decia que eran trecientos mil pesos los que se habian llegado, y que cuando salimos huyendo de Méjico mandó tomar por testimonio que quedaban más de setecientos mil, y que agora el pobre soldado que habia echado los bofes y estaba lleno de heridas por haber una buena india, y les habian dado enaguas y camisas, habian tomado y escondido las tales indias, y que cuando dieron el pregon para que se llevasen á herrar, que creyeron que á cada soldado volverian sus piezas y que apreciarian qué tantos pesos valian, y que como las apreciasen pagasen el quinto á su majestad, y que no habria más quinto para Cortés; y decian otras murmuraciones peores que estas; y como Cortés aquello vió, con palabras algo blandas dijo que juraba en su conciencia (que aquesto tenia costumbre de jurar) que de allí adelante no seria ni se haria de aquella manera, sino que buenas ó malas indias, sacallas al almoneda, y la buena que se venderia por tal, y la que no lo fuese por ménos precio, y de aquella manera no ternian que reñir con él.
Y puesto que allí en Tepeaca no se hicieron más esclavos, mas despues en lo de Tezcuco casi que fué desta manera, como adelante diré.
Y dejaré de hablar en esta materia, y digamos otra cosa casi peor que esto de los esclavos, y es que ya he dicho en el capítulo que dello habla, cuando la triste noche que salimos de Méjico huyendo, cómo quedaban en la sala donde posaba Cortés muchas barras de oro perdido, que no lo podian sacar, más de lo que cargaron en la yegua y caballos y muchos tlascaltecas, y lo que hurtaron los amigos y otros soldados que cargaron dello; y como lo demás se quedaba perdido en poder de los mejicanos, Cortés dijo delante de un escribano del Rey que cualquiera que quisiese sacar oro de lo que allí quedaba, que se lo llevase mucho en buena hora por suyo, como se habia de perder; y muchos soldados de los de Narvaez cargaron dello, y asimismo algunos de los nuestros, y por sacallo perdieron muchos dellos las vidas, y los que escaparon con la presa que traian, habian estado en gran riesgo de morir y salieron llenos de heridas.
Y como en nuestro real y villa de Segura de la Frontera, que así se llamaba, alcanzó Cortés á saber que habia muchas barras de oro, y que andaban en el juego, y como dice el refran que el oro y amores son malos de encubrir, mandó dar un pregon, so graves penas, que traigan á manifestar el oro que sacaron, y que les dará la tercia parte dello, y si no lo traen, que se lo tomará todo; y muchos soldados de los que lo tenian no lo quisieron dar, y alguno se lo tomó Cortés como prestado, y más por fuerza que por grado; y como todos los más capitanes tenian oro, y aun los oficiales del Rey muy mejor, que hicieron sacos dello, se calló lo del pregon, que no se habló en ello; mas pareció muy mal esto que mandó Cortés.
Dejémoslo ya de más declarar, y digamos cómo todos los demás capitanes y personas principales de los que pasaron con Narvaez demandaron licencia á Cortés para se volver á Cuba, y Cortés se la dió, y lo que más acaeció.
CAPÍTULO CXXXVI.
CÓMO DEMANDARON LICENCIA Á CORTÉS LOS CAPITANES Y PERSONAS MÁS PRINCIPALES DE LOS QUE NARVAEZ HABIA TRAIDO EN SU COMPAÑÍA PARA SE VOLVER Á LA ISLA DE CUBA, Y CORTÉS SE LA DIÓ Y SE FUERON. Y DE CÓMO DESPACHÓ CORTÉS EMBAJADORES PARA CASTILLA Y PARA SANTO DOMINGO Y JAMÁICA, Y LO QUE SOBRE CADA COSA ACAECIÓ.
Como vieron los capitanes de Narvaez que ya teniamos socorros, así de los que vinieron de Cuba como los de Jamáica que habia enviado Francisco de Garay para su armada, segun lo tengo declarado en el capítulo que dello habla, y vieron que los pueblos de la provincia de Tepeaca estaban pacíficos, despues de muchas palabras que á Cortés dijeron, con grandes ofertas y ruegos le suplicaron que les diese licencia para se volver á la isla de Cuba, pues se lo habia prometido, y luego Cortés se la dió, y les prometió que si volvia á ganar la Nueva-España y ciudad de Méjico, que al Andrés de Duero, su compañero, que le daria mucho más oro que le habia de ántes dado; y así hizo otras ofertas á los demás capitanes, en especial á Agustin Bermudez, y les mandó dar matalotaje que en aquella sazon habia, que era maíz y perrillos salados y algunas gallinas, y un navío de los mejores, y escribió Cortés á su mujer Catalina Juarez la Marcaida y á Juan Nuñez, su cuñado, que en aquella sazon vivia en la isla de Cuba, y les envió ciertas barras y joyas de oro, y les hizo saber todas las desgracias y trabajos que nos habian acaecido, y cómo nos echaron de Méjico.
Dejemos esto, y digamos las personas que pidieron la licencia para se volver á Cuba, que todavía iban ricos, y fueron Andrés de Duero y Agustin Bermudez, y Juan Bono de Quejo y Bernardino de Quesada, y Francisco Velazquez el corcovado, pariente del Diego Velazquez el gobernador de Cuba, y Gonzalo Carrasco el que vive en la Puebla, que despues se volvió á esta Nueva-España, y un Melchor de Velasco, que fué vecino de Guatimala, y un Jimenez que vive en Guajaca, que fué por sus hijos, y el comendador Leon de Cervantes, que fué por sus hijas, que despues de ganado Méjico las casó muy honradamente, y se fué uno que se decia Maldonado, natural de Medellin, que estaba doliente; no digo Maldonado el que fué marido de doña María del Rincon, ni por Maldonado el ancho, ni otro Maldonado que se decia Álvaro Maldonado el fiero, que fué casado con una señora que se decia María Arias; y tambien se fué un Vargas, vecino de la Trinidad, que le llamaban en Cuba Vargas el galan: no digo el Vargas que fué suegro de Cristóbal Lobo, vecino que fué de Guatimala; y se fué un soldado de los de Cortés, que se decia Cárdenas, piloto; aquel Cárdenas fué el que dijo á un su compañero que ¿cómo podiamos reposar los soldados teniendo dos Reyes en esta Nueva-España? Este fué á quien Cortés dió trecientos pesos para que se fuese con su mujer é hijos.
Y por excusar prolijidad de ponellos todos por memoria, se fueron otros muchos que no me acuerdo bien sus nombres; y cuando Cortés les dió la licencia, dijimos que para qué se la daba, pues que éramos pocos los que quedábamos; y respondió que por excusar escándalos é importunaciones, y que ya veiamos que para la guerra algunos de los que se volvian á Cuba no lo eran, y que valía más estar solos que mal acompañados; y para los despachar del puerto envió Cortés á Pedro de Albarado; y en habiéndolos embarcado, le mandó que se volviese luego á la villa.