Ya he dicho otra vez, en el capítulo que dello trata, que estaban más de la mitad de las casas edificadas en el agua y la mitad en tierra firme; é yendo nuestro camino con mucho concierto, como lo teniamos de costumbre, como los mejicanos siempre tenian velas, y guarniciones, y guerreros contra nosotros, que sabian que íbamos á dar guerra á algunos de sus pueblos para luego les socorrer, así lo hicieron saber á los de Iztapalapa para que se apercibiesen, y les enviaron sobre ocho mil mejicanos de socorro.
Por manera que en tierra firme aguardaron como buenos guerreros, así los mejicanos que fueron en su ayuda como los pueblos de Iztapalapa, y pelearon un buen rato muy valerosamente con nosotros; mas los de á caballo rompieron por ellos, y con las ballestas y escopetas y todos nuestros amigos los tlascaltecas, que se metian en ellos como perros rabiosos, de presto dejaron el campo y se metieron en su pueblo; y esto fué sobre cosa pensada y con un ardid que entre ellos tenian acordado, que fuera harto dañoso para nosotros si de presto no saliéramos de aquel pueblo; y fué desta manera, que hicieron que huyeron, y se metieron en canoas en el agua y en las casas que estaban en el agua, y dellos en unos carrizales, y como ya era noche escura, nos dejan aposentar en tierra firme sin hacer ruido ni muestra de guerra; y con el despojo que habiamos habido é la vitoria estábamos contentos; y estando de aquella manera, puesto que teniamos velas, espías y rondas, y aun corredores del campo en tierra firme, cuando no nos catamos vino tanta agua por todo el pueblo, que si los principales que llevábamos de Tezcuco no dieran voces y nos avisaran que saliésemos presto de las casas, todos quedáramos ahogados; porque soltaron dos acequias de agua y abrieron una calzada, con que de presto se hinchó todo de agua, y los tlascaltecas nuestros amigos, como no son acostumbrados á rios caudalosos ni sabian nadar, quedaron muertos dos dellos; y nosotros, con gran riesgo de nuestras personas, todos bien mojados, y la pólvora perdida, salimos sin hato; y como estábamos de aquella manera y con mucho frio, y aun sin cenar, pasamos mala noche; y lo peor de todo era la burla y grita que nos daban los de Iztapalapa y los mejicanos desde sus casas y canoas.
Pues otra cosa peor nos avino, que como en Méjico sabian el concierto que tenian hecho de nos anegar con haber rompido la calzada y acequias, estaban esperando en tierra y en la laguna muchos batallones de guerreros, y cuando amaneció nos dan tanta guerra, que harto teniamos que nos sustentar contra ellos, no nos desbaratasen, é mataron dos soldados y un caballo, é hirieron otros muchos, así de nuestros soldados como tlascaltecas, y poco á poco aflojaron en la guerra, y nos volvimos á Tezcuco, medio afrentados de la burla y ardid de echarnos el agua, y tambien como no ganamos mucha reputacion en la batalla postrera que nos dieron, porque no habia pólvora; mas todavía quedaron temerosos, y tuvieron bien en que entender en enterrar ó quemar muertos y curar heridos y en reparar sus casas.
Donde lo dejaré, y diré cómo vinieron de paz á Tezcuco otros pueblos, y lo que más se hizo.
CAPÍTULO CXXXIX.
CÓMO VINIERON TRES PUEBLOS COMARCANOS Á TEZCUCO Á DEMANDAR PACES Y PERDON DE LAS GUERRAS PASADAS Y MUERTES DE ESPAÑOLES, Y LOS DESCARGOS QUE DABAN SOBRE ELLO, Y CÓMO FUÉ GONZALO DE SANDOVAL Á CHALCO Y TAMALANCO EN SU SOCORRO CONTRA MEJICANOS Y LO QUE MÁS PASÓ.
Habiendo dos dias que estábamos en Tezcuco de vuelta de la entrada de Iztapalapa, vinieron á Cortés tres pueblos de paz á demandar perdon de las guerras pasadas y de muertes de españoles que mataron, y los descargos que daban era que el señor de Méjico que alzaron despues de la muerte del gran Montezuma, el cual se decia Coadlauaca, que por su mandado salieron á dar guerra con los demás sus vasallos; y que si algunos teules mataron y prendieron y robaron, que el mismo señor les mandó que así lo hiciesen; y los teules, que se los llevaron á Méjico para sacrificar, tambien le llevaron el oro y caballos y ropa; y que ahora, que piden perdon por ello, y que por esta causa que no tienen culpa ninguna por ser mandados y apremiados por fuerza para que lo hiciesen; y los pueblos que digo que en aquella sazon vinieron se decian Tepetezcuco y Obtumba: el nombre del otro pueblo no me acuerdo; mas sé decir que en este de Obtumba fué la nombrada batalla que nos dieron cuando salimos huyendo de Méjico, adonde estuvieron juntos los mayores escuadrones de guerreros que ha habido en toda la Nueva-España contra nosotros, adonde creyeron que no escapáramos con las vidas, segun más largo lo tengo escrito en los capítulos pasados que dello hablan; y como aquellos pueblos se hallaban culpados y habian visto que habiamos ido á lo de Iztapalapa, y no les fué muy bien con nuestra ida, y aunque nos quisieron anegar con el agua y esperaron dos batallas campales con muchos escuadrones mejicanos; en fin, por no se hallar en otras como las pasadas, vinieron á demandar paces ántes que fuésemos á sus pueblos á castigarlos; y Cortés viendo que no estaba en tiempo de hacer otra cosa, les perdonó, puesto que les dió grandes reprensiones sobre ello, y se obligaron con palabras de muchos ofrecimientos de siempre ser contra mejicanos y de ser vasallos de su majestad y de nos servir; y así lo hicieron.
Dejemos de hablar destos pueblos, y digamos cómo vinieron luego en aquella sazon á demandar paces y nuestra amistad los de un pueblo que está en la laguna, que se dice Mezquique, que por otra parte le llamábamos Venenzuela; y estos, segun pareció, jamás estuvieron bien con mejicanos, y los querian mal de corazon; y Cortés y todos nosotros tuvimos en mucho la venida deste pueblo, por estar dentro en la laguna, por tenellos por amigos, y con ellos creiamos que habian de convocar á sus comarcanos que tambien estaban poblados en la laguna, y Cortés se lo agradeció mucho, y con ofrecimientos y palabras blandas los despidió.
Pues estando que estábamos desta manera, vinieron á decir á Cortés cómo venian grandes escuadrones de mejicanos sobre los cuatro pueblos que primero habian venido á nuestra amistad, que se decian Gautinchan y Huaxutlan; de los otros dos pueblos no se me acuerda el nombre; y dijeron á Cortés que no osarian esperar en sus casas, é que se querian ir á los montes, ó venirse á Tezcuco, adonde estábamos; y tantas cosas le dijeron á Cortés para que les fuese á socorrer, que luego apercebió veinte de á caballo y ducientos soldados y trece ballesteros y diez escopeteros, y llevó en su compañía á Pedro de Albarado y á Cristóbal de Olí, que era maese de campo, y fuimos á los pueblos que vinieron á Cortés á dar tantas quejas como dicho tengo, que estarian de Tezcuco obra de dos leguas; y segun pareció, era verdad que los mejicanos los enviaban á amenazar que les habian de destruir y dalles guerra porque habian tomado nuestra amistad; mas sobre lo que más los amenazaban y tenian contiendas, era por unas grandes labores de tierras de maizales que estaban ya para coger, cerca de la laguna, donde los de Tezcuco y aquellos pueblos bastecian nuestro real; y los mejicanos por tomalles el maíz, porque decian que era suyo, y aquella vega de los maizales tenian por costumbre aquellos cuatro pueblos de los sembrar y beneficiar para los papas de los ídolos mejicanos; y sobre esto destos maizales se habian muerto los unos á los otros muchos indios; y como aquello entendió Cortés, despues de les decir que no hubiesen miedo y que se estuviesen en sus casas, les mandó que cuando hubiesen de ir á coger el maíz, así para su mantenimiento como para abastecer nuestro real, que enviaria para ello un capitan con muchos de á caballo y soldados para en guarda de los que fuesen á traer el maíz; y con aquello que Cortés les dijo quedaron muy contentos, y nos volvimos á Tezcuco.
Y dende en adelante, cuando habia necesidad en nuestro real de maíz, apercebiamos á los tamemes de todos aquellos pueblos, é con nuestros amigos los de Tlascala y con diez de á caballo y cien soldados, con algunos ballesteros y escopeteros, íbamos por el maíz; y esto digo porque yo fuí dos veces por ello, y la una tuvimos una buena escaramuza con grandes escuadrones de mejicanos que habian venido en más de mil canoas aguardándonos en los maizales, y como llevábamos amigos, puesto que los mejicanos pelearon muy como varones, los hicimos embarcar en sus canoas, y allí mataron uno de nuestros soldados é hirieron doce; y asimismo hirieron muchos tlascaltecas, y ellos no se fueron alabando, que allí quedaron tendidos quince ó veinte, y otros cinco que llevamos presos.