Este Juan Yuste era un hidalgo de los de á caballo que allí mataron, y de las personas de calidad que Narvaez habia traido; de todo lo cual el Sandoval y todos sus soldados hubieron mancilla y les pesó; mas ¿qué remedio habia ya que hacer sino usar de piedad con los de aquel pueblo, pues se fueron huyendo y no aguardaron, y llevaron sus mujeres é hijos, y algunas mujeres que se prendian lloraban por sus maridos y padres? Y viendo esto el Sandoval, á cuatro principales que prendió y á todas las mujeres las soltó, y envió á llamar á los del pueblo, los cuales vinieron y le demandaron perdon, y dieron la obediencia á su majestad y prometieron de ser siempre contra mejicanos y servirnos muy bien; y preguntados por el oro que robaron á los tlascaltecas cuando por allí pasaron, dijeron que otros habian tomado las cargas dello, y que los mejicanos y los señores de Tezcuco se lo llevaron, porque dijeron que aquel oro habia sido de Montezuma, y que lo habia tomado de sus templos y se lo dió á Malinche, que lo tenia preso.
Dejemos de hablar desto, y digamos cómo fué Sandoval camino de Tlascala, y junto á la cabecera del pueblo mayor, donde residian los caciques, topó con toda la madera y tablazon de los bergantines, que la traian á cuestas sobre ocho mil indios, y venian otros tantos á la retaguarda dellos con sus armas y penachos, y otros dos mil para remudar las cargas que traian el bastimento; y venian por capitanes de todos los tlascaltecas Chichimecatecle, que ya he dicho otras veces en los capítulos pasados que dello hablan, que era indio muy principal y esforzado; y tambien venian otros dos principales, que se decian Teulepile y Teutical, y otros caciques y principales, y á todos los traia á cargo Martin Lopez, que era el maestro que cortó la madera y dió la cuenta para las tablazones, y venian otros españoles que no me acuerdo sus nombres; y cuando Sandoval los vió venir de aquella manera hubo mucho placer por ver que le habian quitado aquel cuidado, porque creyó que estuviera en Tlascala algunos dias detenido, esperando á salir con toda la madera y tablazon; y así como venian, con el mismo concierto fueron dos dias caminando, hasta que entraron en tierra de mejicanos, y les daban gritos desde las estancias y barrancas, y en partes que no les podian hacer mal ninguno los nuestros con caballos ni escopetas.
Entónces dijo el Martin Lopez, que lo traia todo á cargo, que seria bien que fuesen con otro recaudo que hasta entónces venian, porque los tlascaltecas le habian dicho que temian aquellos caminos no saliesen de repente los grandes poderes de Méjico y les desbaratasen, como iban cargados y embarazados con la madera y bastimentos; y luego mandó Sandoval repartir los de á caballo y ballesteros y escopeteros, que fuesen unos en la delantera y los demás en los lados; y mandó á Chichimecatecle, que iba por capitan delante de todos los tlascaltecas, que se quedase detrás para ir en la retaguarda juntamente con el Gonzalo de Sandoval; de lo cual se afrentó aquel cacique, creyendo que no le tenian por esforzado; y tantas cosas le dijeron sobre aquel caso, que lo hubo por bueno viendo que el Sandoval quedaba juntamente con él, y le dieron á entender que siempre los mejicanos daban en el fardaje, que quedaba atrás; y como lo hubo bien entendido, abrazó al Sandoval y dijo que le hacian honra en aquello.
Dejemos de hablar en esto, y digamos que en otros dos dias de camino llegaron á Tezcuco, y ántes que entrasen en aquella ciudad se pusieron muy buenas mantas y penachos, y con atambores y cornetas, puestos en ordenanza, caminaron, y no quebraron el hilo en más de medio dia que iban entrando y dando voces y silbos y diciendo:
—«Viva, viva el Emperador, nuestro señor, y Castilla, Castilla, y Tlascala, Tlascala.»
Y llegaron á Tezcuco y Cortés y ciertos capitanes les salieron á recebir, con grandes ofrecimientos que Cortés hizo á Chichimecatecle y á todos los capitanes que traia; é las piezas de maderos y tablazones y todo lo demás perteneciente á los bergantines se puso cerca de las zanjas y esteros donde se habian de labrar; y desde allí adelante tanta priesa se daban en hacer trece bergantines el Martin Lopez, que fué el maestro de los hacer, con otros españoles que le ayudaban, que se decian Andrés Nuñez y un viejo que se decia Ramirez, que estaba cojo de una herida, y un Diego Hernandez, aserrador, y ciertos carpinteros, y dos herreros con sus fraguas, y un Hernando de Aguilar, que les ayudaba á machacar; todos se dieron gran priesa hasta que los bergantines estuvieron armados y no faltó sino calafeteallos y ponellos los mástiles y jarcias y velas.
Pues ya hecho esto, quiero decir el gran recaudo que teniamos en nuestro real de espías y escuchas y guarda para los bergantines, porque estaban junto á la laguna, y los mejicanos procuraron tres veces de les poner fuego, y aun prendimos quince indios de los que lo venian á poner, de quien se supo muy largamente todo lo que en Méjico hacian y concertaba Guatemuz; y era, que por via ninguna habian de hacer paces, sino morir todos peleando ó quitarnos á todos las vidas.
Quiero tornar á decir los llamamientos y mensajeros en todos los pueblos sujetos á Méjico, y cómo les perdonaba el tributo y el trabajar, que de dia y de noche trabajaban de hacer casas y ahondar los pasos de las puentes y hacer albarradas muy fuertes, y poner á punto sus varas y tiraderas, y hacer unas lanzas muy largas para matar los caballos, engastadas en ellas de las espadas que nos tomaron la noche del desbarate, y poner á punto sus hondas con piedras rollizas, y espadas de á dos manos, y otras mayores que espadas, como macanas, y todo género de guerra.
Dejemos esta materia, y volvamos á decir de nuestra zanja y acequia, por donde habian de salir los bergantines á la gran laguna, que estaba ya muy ancha y honda, que podian nadar por ella navíos de razonable porte; porque, como otras veces he dicho, siempre andaban en la obra ocho mil indios trabajadores.
Dejemos esto, y digamos cómo nuestro Cortés fué á una entrada de Saltocan.