Y otro dia fueron camino de un gran pueblo que se dice Coluatilan, é yendo por el camino, los de aquellas poblaciones y otros muchos mejicanos que con ellos se juntaban, les daban muy grande grita y voces, diciéndoles vituperios, y era en parte que no podian correr los caballos ni se les podia hacer ningun daño, porque estaban entre acequias; y desta manera llegaron á aquella poblacion, y estaba despoblado de aquel mismo dia y alzado el hato, y en aquella noche durmieron allí con grandes velas y rondas; y otro dia fueron camino de un gran pueblo que se dice Tenayuca, y este pueblo soliamos llamar la primera vez que entramos en Méjico el pueblo de las Sierpes, porque en el adoratorio mayor que tenian hallamos dos grandes bultos de sierpes de malas figuras, que eran sus ídolos en quien adoraban.
Dejemos esto, y digamos del camino, y es que este pueblo hallaron despoblado como el pasado, que todos los indios naturales dellos se habian juntado en otro pueblo que estaba más adelante; y desde allí fué á otro pueblo que se dice Escapuzalco, que seria del uno al otro una legua, y asimismo estaba despoblado.
Este Escapuzalco era donde labraban el oro é plata al gran Montezuma, y soliamos llamar el pueblo de los Plateros; y desde aquel pueblo fué á otro, que ya he dicho que se dice Tacuba, que es obra de media legua el uno del otro. En este pueblo fué donde reparamos la triste noche cuando salimos de Méjico desbaratados, y en él nos mataron ciertos soldados, segun dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla.
Y tornemos á nuestra plática: que ántes que nuestro ejército llegase al pueblo, estaban en campo aguardando á Cortés muchos escuadrones de todos aquellos pueblos por donde habia pasado, y los de Tacuba y de mejicanos, porque Méjico está muy cerca dél, y todos juntos comenzaron á dar en los nuestros, de manera que tuvo harto nuestro capitan de romper en ellos con los de á caballo; y andaban tan juntos los unos con los otros, que nuestros soldados á buenas cuchilladas los hicieron retraer; y como era noche, durmieron en el pueblo con buenas velas y escuchas, y otro dia de mañana, si muchos mejicanos habian estado juntos, muchos más se juntaron aquel dia, y con gran concierto venian á darnos guerra, de tal manera que herian algunos soldados; mas todavía los nuestros los hicieron retraer en sus casas y fortaleza, de manera que tuvieron tiempo de les entrar en Tacuba y quemalles muchas casas y metelles á sacomano.
Y como aquello supieron en Méjico, ordenaron de salir muchos más escuadrones de su ciudad á pelear con Cortés, y concertaron que cuando peleasen con él, que hiciesen que volvian huyendo hácia Méjico, y que poco á poco metiesen á nuestro ejército en su calzada, y que cuando los tuviesen dentro, haciendo como que se retraian de miedo; é ansí como lo concertaron lo hicieron, y Cortés, creyendo que llevaba vitoria, los mandó seguir hasta una puente; y cuando los mejicanos sintieron que tenian ya metido á Cortés en el garlito pasada la puente, vuelve sobre él tanta multitud de indios, que unos por tierra, otros con canoas y otros en las azuteas, le dan tal mano, que le ponen en tan gran aprieto, que estuvo la cosa de arte, que creyó ser perdido é desbaratado; porque á una puente donde habia llegado cargaron tan de golpe sobre él, que ni poco ni mucho se podia valer; é un alférez que llevaba una bandera, por sostener el gran ímpetu de los contrarios le hirieron muy malamente y cayó con su bandera desde la puente abajo en el agua, y estuvo en ventura de no se ahogar, y aun le tenian ya asido los mejicanos para le meter en unas canoas, y él fué tan esforzado, que se escapó con su bandera; y en aquella refriega mataron cinco soldados, é hirieron muchos de los nuestros.
Y Cortés, viendo el gran atrevimiento y mala consideracion que habia hecho en haber entrado en la calzada de la manera que he dicho, y sintió cómo los mejicanos le habian cebado, luego mandó que todos se retrajesen; y con el mejor concierto que pudo, y no vueltas las espaldas, sino los rostros á los contrarios, pié contra pié, como quien hace represas, y los ballesteros y escopeteros unos armando y otros tirando, y los de á caballo haciendo algunas arremetidas, mas eran muy pocas, porque luego les herian los caballos; y desta manera se escapó Cortés aquella vez del poder de Méjico, y cuando se vió en tierra firme dió muchas gracias á Dios.
Allí en aquella calzada y puente fué donde un Pedro de Ircio, muchas veces por mí nombrado, dijo al alférez que cayó con la bandera en la laguna, que se decia Juan Volante, por le afrentar (que no estaba bien con él por amores de una mujer) ciertas palabras pesadas, y no tuvo razon de decir aquellas palabras porque el alférez era un hidalgo y hombre muy esforzado, y como tal se mostró aquella vez y otras muchas; y al Pedro de Ircio no le fué muy bien de su mala voluntad que tenia contra Juan Volante, el tiempo andando.
Dejemos á Pedro de Ircio, y digamos que en cinco dias que allí en lo de Tacuba estuvo Cortés tuvo batalla y reencuentros con los mejicanos y sus aliados; y desde allí dió la vuelta para Tezcuco, y por el camino que habia venido se volvió, y le daban grita los mejicanos, creyendo que volvia huyendo, y aun sospecharon lo cierto, que con gran temor volvió; y les esperaban en partes que querian ganar honra con él y matalle los caballos, y le echaban celadas; y como aquello vió, les echó una en que les mató é hirió muchos de los contrarios, é á Cortés entónces le mataron dos caballos é un soldado, y con esto no le siguieron más, é á buenas jornadas llegó á un pueblo sujeto á Tezcuco, que se dice Aculman, que estará de Tezcuco dos leguas y media.
Y como lo supimos cómo habia allí llegado, salimos con Gonzalo de Sandoval á le ver y recebir, acompañados de muchos caballos y soldados y de los caciques de Tezcuco, especial de D. Hernando, principal de aquella ciudad; y en las vistas nos alegramos mucho, porque habia más de quince dias que no habiamos sabido de Cortés ni de cosa que le hubiese acaecido; y despues de le haber dado el bien venido y haberle hablado algunas cosas que convenian sobre lo militar, nos volvimos á Tezcuco aquella tarde, porque no osábamos dejar el real sin buen recado; y nuestro Cortés se quedó en aquel pueblo hasta otro dia, que llegó á Tezcuco; y los tlascaltecas, como ya estaban ricos y venian cargados de despojos, demandaron licencia para irse á su tierra, y Cortés se la dió; y fueron por parte que los mejicanos no tuvieron espías sobre ellos, y salvaron sus haciendas.
Y á cabo de cuatro dias que nuestro capitan reposaba y estaba dando priesa en hacer los bergantines, vinieron unos pueblos de la costa del Norte á demandar paces y darse por vasallos de su majestad, los cuales pueblos se llaman Tucapan y Mascalcingo é Naultran, y otros pueblezuelos de aquellas comarcas, y trajeron un presente de oro y ropa de algodon; y cuando llegaron delante de Cortés, con gran acato, despues de haber dado su presente, dijeron que le pedian por merced que les admitiese á su amistad, y que querian ser vasallos del Rey de Castilla, y dijeron que cuando los mejicanos mataron sus teules en lo de Almería, y era capitan dellos Quete Alpopoca, que ya habiamos quemado por justicia, que todos aquellos pueblos que allí venian fueron en ayudar á los teules; y despues que Cortés les hubo oido, puesto que entendia que habian sido con los mejicanos en la muerte de Juan de Escalante y los seis soldados que le mataron en lo de Almería, segun he dicho en el capítulo que dello habla, les mostró mucha voluntad y recibió el presente, y por vasallos del Emperador nuestro señor, y no les demandó cuenta sobre lo acaecido ni se lo trajo á la memoria, porque no estaba en tiempo de hacer otra cosa; y con buenas palabras y ofrecimientos los despachó.