Pues vueltos á la fuerza que probábamos á subir, é viendo que allí no habia agua ni la habiamos bebido en todo el dia, ni aun los caballos, porque las fuentes que dicho tengo que allí estaban no la tenian, sino lodo; que, como teniamos tantos enemigos, estaban sobre ellas y no las dejaban manar, y á esta causa mudamos nuestro real y fuimos por una vega abajo cerca de otro peñol, que seria del uno al otro obra de legua y media poco más ó ménos, creyendo que hallariamos agua, y no la habia sino muy poca; y cerca de aquel peñol habia unos árboles de morales de la tierra, y allí nos paramos, y estaban obra de doce ó trece casas al pié de la sierra y fuerza; y ansí que nosotros llegamos nos comenzaron á dar grita y tirar galgas y varas y flechas desde lo alto; y estaba en esta fuerza mucha más gente que en el primero peñol, y aun era muy más fuerte, segun despues vimos; y nuestros escopeteros y ballesteros les tiraban, mas estaban tan altos y tenian tantos mamparos, que no se les podia hacer mal ninguno; pues entralles ó subilles no habia remedio, y aunque probamos dos veces, que por las casas que allí estaban habia unos pasos, hasta dos vueltas podiamos ir, mas desde allí adelante ya he dicho peor que el primero; de manera que ansí en esta fuerza como en la primera no ganamos ninguna reputacion, ántes los mejicanos y sus confederados tenian vitoria; é aquella noche dormimos en aquellos morales bien muertos de sed, y se acordó para otro dia que desde otro peñol que estaba cerca dél fuesen todos los ballesteros y escopeteros, y que subiesen en él, que habia subida, aunque no buena; porque desde aquel alcanzarian las ballestas y escopetas al otro peñol fuerte y podíanle combatir.
Y mandó Cortés á Francisco Verdugo y al tesorero Julian de Alderete que se aperciban de buenos ballesteros, y á Pedro Barba, que era capitan, que fuesen por caudillos, y que todos los más soldados hiciésemos acometimiento que por los pasos y subidas de las casas que dicho tengo que les queriamos subir, y ansí los comenzamos á entrar; mas echaban tanta piedra grande y menuda, que hirieron á muchos soldados; y demás desto, no les subiamos de hecho, porque era por demás, que aun tenernos con las manos y piés no podiamos; y entre tanto que nosotros estábamos de aquella manera, los ballesteros y escopeteros desde el peñol que he dicho les alcanzaban con las ballestas y escopetas, y aunque no muy bien, mataban algunos y herian otros; de manera que estuvimos dándoles combates obra de media hora; y quiso Nuestro Señor Dios que acordaron de se dar de paz, y fué por causa que no tenian agua ninguna, que estaba mucha gente arriba en el peñol, en un llano que se hacia arriba, é habíase acogido á él de todas aquellas comarcas ansí hombres como mujeres y niños é gente menuda; y para que entendiésemos abajo que querian paces, desde el peñol las mujeres meneaban unas mantas hácia abajo, y con las palmas daban unas con otras, señalando que nos harian pan y tortillas, y los guerreros no nos tiraban vara ni piedra ni flecha; y cuando Cortés lo entendió, mandó que no se les hiciese mal ninguno, y por señas se les dió á entender que bajasen cinco principales á entender en las paces; los cuales bajaron, y con grande acato dijeron á Cortés que les perdonase, que por favorecerse y defenderse se habian subido en aquellas fuerzas; y Cortés les dijo con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar, algo enojado, que eran dignos de muerte por haber empezado la guerra; mas que pues han venido, que vayan luego al otro peñol é llamen los caciques é hombres principales que en él están, é traigan los muertos, é que lo pasado se les perdonará; y que vengan de paz, si no, que habiamos de ir sobre ellos y ponelles cerco hasta que se mueran de sed; porque bien sabiamos que no tenian agua, porque en toda aquella tierra no la hay sino muy poca; y luego fueron á llamarlos ansí como se lo mandó.
Dejemos de hablar en ello hasta que vuelvan con la respuesta; y digamos cómo estando platicando Cortés con el Fraile Melgarejo y el tesorero Alderete sobre las guerras pasadas que habiamos habido ántes que viniesen á la Nueva-España, y en la del peñol, y el gran poder de los mejicanos, y las grandes ciudades que habian visto despues que vinieron de Castilla; y decian que si al Emperador nuestro señor le informara de la verdad el Obispo de Búrgos, como le escribia al contrario, que nos enviaria á hacer grandes mercedes; que no se acuerdan que otros mayores servicios haya recebido ningun Rey en el mundo que el que nosotros le habiamos hecho en ganar tantas ciudades, sin ser sabidor su majestad de cosa ninguna.
Dejemos otras muchas pláticas que pasaron, y digamos cómo mandó nuestro capitan Cortés al alférez Corral y á otros dos capitanes, que fueron Juan Jaramillo y á Pedro de Ircio, y á mí, que me hallé allí con ellos, que subiésemos al peñol y viésemos la fortaleza qué tal era, é que si estaban muchos indios heridos ó muertos de saetas y escopetas, é qué gente estaba recogida; é cuando esto nos mandó dijo:
—«Mirá, señores, que no les tomeis ni un grano de maíz;» y segun yo entendí, quisiera que nos aprovecháramos.
Y subidos al peñol por unos malos pasos, digo que era más fuerte que el primero, porque era peña tajada; é ya que estábamos arriba, para entrar en la fuerza era como quien entra por una abertura no más ancha que dos bocas de filo ó de horno; é ya puestos en lo más alto é llano, estaban grandes anchuras de prados, y todo lleno de gente, ansí de guerra como de muchas mujeres é niños, é hallamos hasta veinte muertos y muchos heridos, y no tenian gota de agua que beber, y tenian todo su hato y su hacienda hechos fardajes, y otros muchos lios de mantas, que eran del tributo que daban á Guatemuz; é como yo ansí vi tantas cargas de ropa y supe que eran del tributo, comencé á cargar cuatro tlascaltecas mis maniobras que llevé conmigo, y tambien eché á cuestas de otros cuatro indios de los que la guardaban otros cuatro fardos, y á cada uno eché una carga; é como Pedro de Ircio lo vió, dijo que no lo llevase, é yo porfiaba que sí; y como era capitan, hízose lo que mandó, porque me amenazó que se lo diria á Cortés; y me dijo el Pedro de Ircio que bien habia visto que dijo Cortés que no les tomásemos un grano de maíz, é yo dije que ansí era verdad, que por esa palabra misma queria llevar de aquella ropa; por manera que no me dejó llevar cosa ninguna; y bajamos á dar cuenta á Cortés de lo que habiamos visto é á lo que nos envió; y dijo el Pedro de Ircio á Cortés, por me revolver con él, lo pasado, pensando que le contentaba mucho; despues de le dar cuenta de lo que habia, dijo:
—«No se les tomó cosa ninguna; que ya habia cargado Bernal Diaz del Castillo de ropa á ocho indios, é si no se lo estorbara yo, ya los traia cargados.»
Entónces dijo Cortés medio enojado:
—«Pues ¿por qué no lo trajo? Y tambien os habíades de quedar allá vos con la ropa é indios con los de arriba.»
É dijo: