—«Mirá cómo no entendieron que los envié porque se aprovechasen, y á Bernal Diaz, que me entendió, quitaron el despojo que traia destos perros, que se quedarán riendo con los que nos han muerto y herido.»

É cuando aquello oyó el Pedro de Ircio dijo que queria tornar á subir á la fuerza; y entónces le dijo que ya no habia coyuntura para ello, y que no fuese allá de ninguna manera.

Dejemos esta plática, y digamos cómo vinieron los del otro peñol, y en fin de muchas razones que pasaron sobre que les perdonasen, todos dieron la obediencia á su majestad; y como no habia agua en aquel paraje, nos fuimos luego camino de un pueblo ya nombrado en el capítulo pasado, que se dice Guaztepeque, adonde estaba la huerta que he dicho que es la mejor que habia visto en toda mi vida, y ansí lo torno á decir; que Cortés y el tesorero Alderete desque entónces la vieron y pasearon algo della, se admiraron y dijeron que mejor cosa de huerta no habian visto en Castilla.

Y digamos cómo en aquella noche nos aposentamos todos en ella; y los caciques de aquel pueblo vinieron de paz á hablar y servir á Cortés, porque Gonzalo de Sandoval los habia recebido ya de paz cuando entró en aquel pueblo, segun más largamente he escrito en el capítulo pasado que dello habla; y aquella noche reposamos allí, y á otro dia muy de mañana nos partimos para Cornabaca y hallamos unos escuadrones de guerreros mejicanos que de aquel pueblo habian salido, y los de á caballo les siguieron más de legua y media hasta encerrarlos en otro gran pueblo que se dice Tepuztlan; y estaban tan descuidados los moradores dél, que dimos en ellos ántes que sus espías que tenian sobre nosotros llegasen.

Aquí se hubieron muy buenas indias é despojos, y no aguardaron ningunos mejicanos ni los naturales en el pueblo; y nuestro Cortés envió á llamar á los caciques por tres ó cuatro veces que viniesen todos de paz, y que si no venian, que les quemaria el pueblo y los iriamos á buscar; y la respuesta fué que no querian venir; é porque otros pueblos tuviesen temor dello, mandó poner fuego á la mitad de las casas que allí cerca estaban, y en aquel instante vinieron los caciques del pueblo por donde aquel dia pasamos, que ya he dicho que se dice Yautepeque, y dieron la obediencia á su Majestad; y otro dia fuimos camino de otro mejor y mayor pueblo, que se dice Coadalbaca, y comunmente corrompimos ahora aquel vocablo y le llamamos Cuernabaca, y habia dentro en él mucha gente de guerra, ansí de mejicanos como de los naturales, y estaba muy fuerte por unas cavas y riachuelo que están en las barrancas por donde corre el agua, muy hondas, de más de ocho estados abajo, puesto que no llevaban mucha agua, y es fortaleza para ellos; y tambien no habia entrada para caballos sino por unas dos puentes, y teníanlas quebradas; y desta manera estaban tan fuertes, que no los podiamos llegar, puesto que nos llegábamos á pelear con ellos desta parte de sus cavas y riachuelo en medio, y ellos nos tiraban mucha vara y flecha é piedras con hondas; y estando desta manera, avisaron á Cortés que más adelante, obra de media legua, habia entrada para los caballos, y luego fué allá con los de á caballo, y todos nosotros estábamos buscando paso, y vimos que desde unos árboles que estaban junto con la cava se podia pasar á la otra parte de aquella honda cava, y puesto que cayeron tres soldados desde los árboles abajo en el agua, y aun el uno se quebró la pierna, todavía pasamos, aunque con harto peligro; porque de mí digo que verdaderamente cuando pasaba que lo vi muy peligroso é malo de pasar, y se me desvanecia la cabeza, y todavía pasé yo y otros veinte ó treinta soldados y muchos tlascaltecas, y comenzamos á dar por las espaldas de los mejicanos, que estaban tirando vara y flecha á los nuestros; y cuando lo vieron, que lo tenian por cosa imposible, creyeron que éramos muchos más; y en este instante allegaron Cristóbal de Olí é Pedro de Albarado y Andrés de Tapia, con otros de á caballo, que habian pasado con mucho riesgo de sus personas por una puente quebrada, y damos en los contrarios; por manera que volvieron las espaldas y se fueron huyendo á los montes y á otras partes de aquella honda cava, donde no se pudieron haber; é dende á poco rato tambien llegó Cortés con todos los demás de á caballo.

En este pueblo se hubo gran despojo, ansí de mantas muy grandes como de buenas indias, é allí mandó Cortés que estuviésemos aquel dia, y en una huerta del señor de aquel pueblo nos aposentamos todos, y era muy buena.

Que quiera decir el gran recaudo de velas y escuchas y corredores del campo que do quiera que estábamos ó por los caminos llevábamos, es prolijidad recitallo tantas veces: y por esta causa pasaré adelante, y diré que vinieron nuestros corredores del campo á decir á Cortés que venian hasta veinte indios, y á lo que parecia en sus meneos y semblantes eran caciques y hombres principales que le traian mensajes ó á demandar paces, y eran los caciques de aquel pueblo; y cuando llegaron adonde Cortés estaba le hicieron mucho acato y le presentaron ciertas joyas de oro, y le dijeron que les perdonase porque no salieron de paz, que el señor de Méjico les enviaba á mandar que, pues estaban en fortaleza, que desde allí nos diesen guerra, y les envió un buen escuadron de mejicanos para que les ayudasen; é que á lo que ahora han visto, que no habrá cosa, por fuerte que sea, que no la combatamos y señoreemos, y que le piden por merced que los reciba de paz; y Cortés les mostró buena cara y dijo que somos vasallos de un gran señor, que es el Emperador D. Cárlos, que á los que le quisieren servir que á todos hace mercedes, y que á ellos en su Real nombre los recibe de paz; y allí dieron la obediencia á su majestad; y acuérdome que dijeron aquellos caciques que en pago de no haber venido de paz hasta entónces permitieron nuestros dioses á los suyos que les hiciese castigo en sus personas y haciendas.

Donde los dejaré agora; y digamos cómo otro dia de mañana caminamos para otra gran poblacion que se dice Suchimileco; y lo que pasamos en el camino y en la ciudad y reencuentros de guerra que nos dieron diré adelante, hasta que volvimos á Tezcuco, y lo que más pasamos.

CAPÍTULO CXLV.

DE LA GRAN SED QUE HUBO EN ESTE CAMINO, Y DEL PELIGRO EN QUE NOS VIMOS EN SUCHIMILECO CON MUCHAS BATALLAS Y REENCUENTROS QUE CON LOS MEJICANOS Y CON LOS NATURALES DE AQUELLA CIUDAD TUVIMOS, Y DE OTROS MUCHOS REENCUENTROS DE GUERRAS QUE HASTA VOLVER Á TEZCUCO PASAMOS.