Tambien quiero decir, y esto no por me jactanciar, que como nuestro compañero fué á dar aviso á Cortés cómo habian llegado allí en el puerto donde velábamos muchas canoas de guerreros, segun dicho tengo, luego vino á hablar con nosotros el mismo Cortés, acompañado de diez de á caballo, y cuando llegó cerca sin nos hablar, dimos voces yo y un Gonzalo Sanchez, que era del Algarbe portugués, y dijimos:

—«¿Quién viene ahí? ¿No podeis hablar?»

Y le tiramos tres ó cuatro pedradas: y como me conoció Cortés en la voz á mí y á mi compañero, dijo Cortés al tesorero Julian de Alderete y á fray Pedro Melgarejo y al maestre de campo, que era Cristóbal de Olí, que le acompañaban á rondar:

—«No es menester poner aquí más recaudo, que dos hombres están aquí puestos entre los que velan, que son de los que pasaron conmigo de los primeros, que bien podemos fiar dellos esta vela, y aunque sea otra cosa de mayor afrenta.»

Y desque nos hablaron, dijo Cortés que mirásemos el peligro en que estábamos; se fueron á requerir á otros puestos, y cuando no me cato, sin más nos hablar, oimos cómo traian á un soldado azotando por la vela, y era de los de Narvaez.

Pues otra cosa quiero traer á la memoria, y es, que ya nuestros escopeteros no tenian pólvora ni los ballesteros saetas; que el dia ántes se dieron tal priesa, que lo habian gastado; y aquella misma noche mandó Cortés á todos los ballesteros que alistasen todas las saetas que tuviesen y las emplumasen y pusiesen sus casquillos, porque siempre traiamos en las entradas muchas cargas de almacen de saetas, y sobre cinco cargas de casquillos hechos de cobre, y todo aparejo para donde quiera que llegásemos tener saetas; y toda la noche estuvieron emplumando y poniendo casquillos todos los ballesteros, y Pedro Barba, que era su capitan, no se quitaba de encima de la obra, y Cortés, que de cuando en cuando acudia.

Dejemos esto, y digamos ya que fué de dia claro cual nos vinieron á cercar todos los escuadrones mejicanos en el patio donde estábamos: y como nunca nos cogian descuidados, los de á caballo por una parte, como era tierra firme, y nosotros por otra, y nuestros amigos los tlascaltecas, que nos ayudaban, rompimos por ellos y se mataron y hirieron tres de sus capitanes, sin otros muchos que luego otro dia se murieron; y nuestros amigos hicieron buena presa, y se prendieron cinco principales, de los cuales supimos los escuadrones que Guatemuz habia enviado; y en aquella batalla quedaron muchos de nuestros soldados heridos, é uno murió luego.

Pues no se acabó en esta refriega; que yendo los de á caballo siguiendo el alcance, se encuentran con los diez mil guerreros que el Guatemuz enviaba en ayuda é socorro de refresco de los que de ántes habia enviado, y los capitanes mejicanos que con ellos venian traian espadas de las nuestras, haciendo muchas muestras con ellas de esforzados, y decian que con nuestras armas nos habian de matar; y cuando los nuestros de á caballo se hallaron cerca dellos, como eran pocos, y eran muchos escuadrones, temieron; é á esta causa se pusieron en parte para no se encontrar luego con ellos hasta que Cortés y todos nosotros fuésemos en su ayuda; é como lo supimos, en aquel instante cabalgan todos los de á caballo que quedaban en el real, aunque estaban heridos ellos y sus caballos, y salimos todos los soldados y ballesteros, y con nuestros amigos los tlascaltecas, y arremetimos de manera, que rompimos y tuvimos lugar de nos juntar con ellos pié con pié, y á buenas estocadas y cuchilladas se fueron con la mala ventura, y nos dejaron de aquella vez el campo.

Dejemos esto, y tornaremos á decir que allí se prendieron otros principales, y se supo dellos que tenia Guatemuz ordenado de enviar otra gran flota de canoas y muchos más guerreros por tierra; y dijo á sus guerreros que cuando estuviésemos cansados, y heridos muchos y muertos de los reencuentros pasados, que estariamos descuidados con pensar que no enviaria más escuadrones contra nosotros, é que con los muchos que entónces enviaria nos podria desbaratar; y como aquello se supo, si muy apercebidos estábamos de ántes, mucho más lo estuvimos entónces, y fué acordado que para otro dia saliésemos de aquella ciudad y no aguardásemos más batallas; y aquel dia se nos fué en curar heridos y en adobar armas y hacer saetas; y estando de aquella manera, pareció ser que, como en aquella ciudad eran ricos y tenian unas casas muy grandes llenas de mantas, y ropa, y camisas de mujeres de algodon, y habia en ella oro y otras muchas cosas y plumajes, alcanzáronlo á saber los tlascaltecas y ciertos soldados en qué parte ó paraje estaban las casas, y se las fueron á mostrar unos prisioneros de Suchimileco, y estaban en la laguna dulce y podian pasar á ellas por una calzada, puesto que habia dos ó tres puentes chicas en la calzada, que pasaban á ellas de unas acequias hondas á otras; y como nuestros soldados fueron á las casas y las hallaron llenas de ropa, y no habia guarda, cárganse ellos y muchos tlascaltecas de ropa y otras cosas de oro, y se vienen con ello al real; y como lo vieron otros soldados, van á las mismas casas, y estando dentro sacando ropa de unas cajas muy grandes de madera, vino en aquel instante una gran flota de canoas de guerreros de Méjico y dan sobre ellos é hirieron muchos soldados, y apañan á cuatro soldados vivos é los llevaron á Méjico, é los demás se escaparon de buena; y llamábanse los que llevaron Juan de Lara, y el otro Alonso Hernandez, y de los demás no me acuerdo sus nombres, mas sé que eran de la capitanía de Andrés de Monjaraz.

Pues como le llevaron á Guatemuz estos cuatro soldados, alcanzó á saber cómo éramos muy pocos los que veniamos con Cortés y que muchos estaban heridos, y tanto como quiso saber de nuestro viaje, tanto supo; y como fué bien informado, manda cortar piés y brazos á los tristes nuestros compañeros, y los envia por muchos pueblos nuestros amigos de los que nos habian venido de paz, y les envia á decir que ántes que volvamos á Tezcuco piensa no quedará ninguno de nosotros á vida; y con los corazones y sangre hizo sacrificio á sus ídolos.