Dejemos esto, y digamos cómo luego tornó á enviar muchas flotas de canoas llenas de guerreros, y otras capitanías por tierra, y les mandó que procurasen que no saliésemos de Suchimileco con las vidas.

Y porque ya estoy harto de escribir de los muchos reencuentros y batallas que en estos cuatro dias tuvimos con mejicanos, é no puedo dejar otra vez de hablar en ellas, digo que cuando amaneció vinieron desta vez tantos culchúas mejicanos por los esteros, y otros por las calzadas y tierra firme, que tuvimos harto que romper en ellos; y luego nos salimos de aquella ciudad á una gran plaza que estaba algo apartada del pueblo, donde solian hacer sus mercados; y allí, puestos con todo nuestro fardaje para caminar, Cortés comenzó á hacer un parlamento acerca del peligro en que estábamos, porque sabiamos cierto que en los caminos é pasos malos nos estaban aguardando todo el poder de Méjico y otros muchos guerreros puestos en esteros y acequias; é nos dijo que seria bien, é así nos lo mandaba de hecho, que fuésemos desembarazados y dejásemos el fardaje é hato, porque no nos estorbase para el tiempo de pelear.

Y cuando aquello le oimos, todos á una le respondimos que, mediante Dios, que hombres éramos para defender nuestra hacienda y personas é la suya, y que seria gran poquedad si tal hiciésemos; y desque vió nuestra voluntad y respuesta, dijo que á la mano de Dios lo encomendaba; y luego se puso en concierto cómo habiamos de ir, el fardaje y los heridos en medio, y los de á caballo repartidos, la mitad dellos delante y la otra mitad en la retaguarda, y los ballesteros tambien con todos nuestros amigos, é allí poniamos más recaudo, porque siempre los mejicanos tenian por costumbre que daban en el fardaje; de los escopeteros no nos aprovechábamos, porque no tenian pólvora ninguna; y desta manera comenzamos á caminar.

Y cuando los escuadrones mejicanos que habia enviado Guatemuz aquel dia vieron que nos íbamos retrayendo de Suchimileco, creyeron que de miedo no los osábamos esperar, como ello fué verdad, y salen de repente tantos dellos y se vienen derechos á nosotros, é hirieron dos soldados, é dos murieron de ahí á ocho dias, é quisieron romper y desbaratar por el fardaje; mas, como íbamos con el concierto que he dicho, no tuvieron lugar, y en todo el camino hasta que llegamos á un gran pueblo que se dice Cuyoacoan, que está obra de dos leguas de Suchimileco, nunca nos faltaron rebatos de guerreros que nos salian en partes que no nos podiamos aprovechar dellos, y ellos sí de nosotros, de mucha vara y piedra y flecha; y como tenian cerca los esteros y zanjas, poníanse en salvo.

Pues llegados á Cuyoacoan á obra de las diez del dia, hallámosla despoblada.

Quiero ahora decir que están muchas ciudades las unas de las otras cerca, de la gran ciudad de Méjico obra de dos leguas, porque Suchimileco y Cuyoacoan y Chohuilobusco é Iztapalapa y Coadlauaca y Mezquique, y otros tres ó cuatro pueblos que están poblados los más dellos en el agua, que están á legua y media ó á dos leguas las unas de las otras, y de todas ellas se habian juntado allí en Suchimileco muchos indios guerreros contra nosotros.

Pues volvamos á decir que como llegamos á aquel gran pueblo ya estaba despoblado, y está en tierra llana, acordamos de reposar aquel dia que llegamos é otro, porque se curasen los heridos y hacer saetas, porque bien entendido teniamos que habiamos de haber más batallas ántes de volver á nuestro real, que era Tezcuco; é otro dia muy de mañana comenzamos á caminar, con el mismo concierto que soliamos llevar, camino de Tacuba, que está de donde salimos obra de dos leguas, y en el camino salieron en tres partes muchos escuadrones de guerreros, y todas tres les resistimos, y los de á caballo los seguian por tierra llana hasta que se acogian á los esteros é acequias; é yendo por nuestro camino de la manera que he dicho, apartóse Cortés con diez de á caballo á echar una celada á los mejicanos que salian de aquellos esteros y salian á dar guerra á los nuestros, y llevó consigo cuatro mozos de espuelas, y los mejicanos hacian que iban huyendo, y Cortés con los de á caballo y sus criados siguiéndoles; y cuando miró por sí, estaba una gran capitanía de contrarios puestos en celada, y dan en Cortés y los de á caballo, que les hirieron los caballos, y si no dieran vuelta de presto, allí quedaran muertos ó presos.

Por manera que apañaron los mejicanos dos de los soldados mozos de espuelas de Cortés, de los cuatro que llevaba, y vivos los llevaron á Guatemuz, é los sacrificaron.

Dejemos de hablar deste desman por causa de Cortés, y digamos cómo habiamos ya llegado á Tacuba con nuestras banderas tendidas, con todo nuestro ejército y fardaje, y todos los más de á caballo habian llegado, y tambien Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí, y Cortés no venia con los diez de á caballo que llevó en su compañía.

Tuvimos mala sospecha no les hubiese acaecido algun desman, y luego fuimos con Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí é Andrés de Tapia en su busca, con otros de á caballo, hácia los esteros donde le vimos apartar, y en aquel instante vinieron los otros dos mozos de espuelas que habian ido con Cortés, que se escaparon, é se decia el uno Monroy y el otro Tomás de Rijoles, y dijeron que ellos por ser ligeros escaparon, é que Cortés y los demás se vienen poco á poco porque traen los caballos heridos; y estando en esto viene Cortés, con el cual nos alegramos, puesto que él venia muy triste y como lloroso; llamábanse los mozos de espuelas que llevaron á Méjico á sacrificar, el uno Francisco Martin Vendobal, y este nombre de Vendobal se le puso por ser algo loco, y el otro se decia Pedro Gallego.