Dejemos esto, y digamos cómo Gonzalo de Sandoval, que estaba en Iztapalapa, viendo que no les podia hacer mal á los de Iztapalapa, porque estaban en el agua, y ellos á él le herian sus soldados, acordó de se venir á unas casas é poblacion que estaban en el agua, que podian entrar en ellas, y les comenzó á combatir; y estándoles dando guerra, envió Guatemuz, gran señor de Méjico, á muchos guerreros á los ayudar y deshacer y abrir la calzada por donde habia entrado el Sandoval, para tomalles dentro y que no tuviesen por donde salir; y envió por otra parte mucha más gente de guerra; y como Cortés estaba con Cristóbal de Olí, é vieron salir gran copia de canoas hácia Iztapalapa, acordó de ir con los bergantines y con toda la capitanía de Cristóbal de Olí hácia Iztapalapa en busca de Sandoval; é yendo por la laguna con los bergantines y el Cristóbal de Olí por la calzada, vieron que estaban abriendo la calzada muchos mejicanos, y tuvieran por cierto que estaba allí en aquellas casas el Sandoval, y fueron con los bergantines é le hallaron peleando con el escuadron de guerreros que envió el Guatemuz, y cesó algo la pelea; y luego mandó Cortés á Gonzalo de Sandoval que dejase aquello de Iztapalapa é fuese por tierra á poner cerco á otra calzada que va desde Méjico á un pueblo que se dice Tepeaquilla, adonde ahora llaman Nuestra Señora de Guadalupe, donde hace y ha hecho muchos y admirables milagros.

É digamos cómo Cortés repartió los bergantines, y lo que más se hizo.

CAPÍTULO CLI.

CÓMO CORTÉS MANDÓ REPARTIR LOS DOCE BERGANTINES, Y MANDÓ QUE SE SACASE LA GENTE DEL MÁS PEQUEÑO BERGANTIN, QUE SE DECIA BUSCA-RUIDO, Y DE LO DEMÁS QUE PASÓ.

Como Cortés y todos nuestros capitanes y soldados entendimos que sin los bergantines no podriamos entrar por las calzadas para combatir á Méjico, envió cuatro dellos á Pedro de Albarado, y en su real, que era el de Cristóbal de Olí, dejó seis bergantines, y á Gonzalo de Sandoval, en la calzada de Tepeaquilla, envió dos; y mandó que el bergantin más pequeño que no anduviese más en el agua, porque no le trastornasen las canoas, que no era de sustento, y la gente y marineros que en él andaban mandó repartir en esotros doce, porque ya estaban muy mal heridos veinte hombres de los que en ellos andaban.

Pues desque nos vimos en nuestro real de Tacuba con aquella ayuda de los bergantines, mandó Pedro de Albarado que los dos dellos anduviesen por la una parte de la calzada y los otros dos de la otra parte, é comenzamos á pelear muy de hecho, porque las canoas que nos solian dar guerra desde el agua, los bergantines las desbarataban; y ansí, teniamos lugar de les ganar algunas puentes y albarradas; y cuando con ellos estábamos peleando, era tanta la piedra con hondas y vara y flecha que nos tiraban, que por bien que íbamos armados, todos los más soldados nos descalabraban, y quedábamos heridos, y hasta que la noche nos despartia no dejábamos la pelea y combate.

Pues quiero decir el mudarse de escuadrones con sus divisas é insignias de las armas que de los mejicanos se remudaban de rato en rato, pues á los bergantines cuál los paraban de las azuteas, que los cargaban de vara y flecha y piedra, porque era más que granizo, y no lo sé aquí decir ni habrá quien lo pueda comprender, sino los que en ello nos hallamos, que venia tanta multitud dellas como granizo, é de presto cubrian la calzada, pues ya que con tantos trabajos les ganábamos alguna puente ó albarrada y la dejábamos sin guarda, aquella misma noche la habian de tornar á ahondar, y ponian muy mejores defensas, y aun hacian hoyos encubiertos en el agua, para que otro dia cuando peleásemos, al tiempo de retraer, nos embarazásemos y cayésemos en los hoyos, y pudiesen en sus canoas desbaratarnos; porque ansimismo tenian aparejadas muchas canoas para ello, puestas en partes que no las viesen nuestros bergantines, para cuando nos tuviesen en aprieto en los hoyos, los unos por tierra y los otros por el agua dar en nosotros; y para que nuestros bergantines no nos pudiesen venir á ayudar tenian hechas muchas estacadas en el agua, encubiertas en partes que en ellas zabordasen, y desta manera peleábamos cada dia.

Ya he dicho otras veces que los caballos muy poco aprovechaban en las calzadas, porque si arremetian ó daban alcance á los escuadrones que con nosotros peleaban, luego se les arrojaban en el agua, y á unos mamparos que tenian hechos en las calzadas, donde estaban otros escuadrones de guerreros aguardando con lanzas largas de las nuestras, ó dalles que habian hecho muy más largas que son las nuestras, de las armas que tomaron cuando el gran desbarate que nos dieron en Méjico; y con aquellas lanzas y grandes rociadas de flecha y vara é piedra que tiraban de la laguna, herian y mataban los caballos ántes que se les hiciese á los contrarios daño; y demás desto, los caballeros cuyos eran no los querian aventurar, porque costaba en aquella sazon un caballo ochocientos pesos, y aun algunos costaban á más de mil, y no los habia, especialmente no pudiendo alancear por las calzadas sino muy pocos contrarios.

Dejemos esto, y digamos que cuando la noche nos despartia curábamos nuestros heridos con aceite, é un soldado que se decia Juan Catalan, que nos las santiguaba y ensalmaba, y verdaderamente digo que hallábamos que Nuestro Señor Jesucristo era servido de darnos esfuerzo, demás de las muchas mercedes que cada dia nos hacia, y de presto sanaban; y ansí heridos y entrapajados habiamos de pelear desde la mañana hasta la noche, que si los heridos se quedaran en el real sin salir á los combates, no hubiera de cada capitanía veinte hombres sanos para salir.

Pues nuestros amigos los de Tlascala, como veian que aquel hombre que dicho tengo nos santiguaba, todos los heridos y descalabrados venian á él, y eran tantos, que en todo el dia harto tenia que curar.