Pues quiero decir de nuestros capitanes y alféreces y compañeros de bandera, que saliamos llenos de heridas y las banderas rotas, y digo que cada dia habiamos menester un alférez, porque saliamos tales, que no podian tornar á entrar á pelear y llevar las banderas; pues con todo esto, por ventura teniamos que comer, no digo de falta de tortillas de maíz, que hartas teniamos, sino algun refrigerio para los heridos maldito aquel.
Lo que nos daba la vida era unos quilites, que son unas yerbas que comen los indios, y cerezas de la tierra miéntras las habia, y despues tunas, que en aquella sazon vino el tiempo dellas; y otro tanto como haciamos en nuestro real, hacian en el real donde estaba Cortés y en el de Sandoval, que jamás dia alguno faltaban capitanías de mejicanos, que siempre les iban á dar guerra, ya he dicho otras veces que desde que amanecia hasta la noche; porque para ello tenia Guatemuz señalados los capitanes y escuadrones que á cada calzada habian de acudir, y el Taltelulco é los pueblos de la laguna, ya otra vez por mí nombrados, tenian señaladas, para que en viendo una señal en el cu mayor de Taltelulco, acudiesen unos en canoas y otros por tierra, y para ello tenian los capitanes mejicanos señalados y con gran concierto cómo y cuándo y á qué partes habian de acudir.
Dejemos esto, y digamos cómo nosotros mudamos otra órden y manera de pelear, y es esta que diré: que como viamos que cuantas obras de agua ganábamos de dia, y sobre lo ganar mataban de nuestros soldados, y todos los más estábamos heridos, lo tornaban á cegar los mejicanos, acordamos que todos nos fuésemos á meter en la calzada, en una placeta donde estaban unas torres de ídolos que las habiamos ya ganado, y habia espacio para hacer nuestros ranchos, aunque eran muy malos, que en lloviendo todos nos mojábamos, é no eran para más de cubrirnos del sereno é del sol; y dejamos en Tacuba las indias que nos hacian pan, y quedaron en su guarda todos los de á caballo y nuestros amigos los de Tlascala, para que mirasen y guardasen los pasos, no viniesen de los pueblos comarcanos á darnos en la rezaga en las calzadas miéntras que estábamos peleando; y desque hubimos asentado nuestros ranchos adonde dicho tengo, desde allí adelante procuramos que luego las casas ó barrios ó aberturas de agua que les ganásemos, que luego lo cegásemos, y que las casas diésemos con ellas en tierra y las deshiciésemos, porque ponellas fuego, tardaban mucho en se quemar, y desde unas casas á otras no se podian encender, porque, como ya otras veces he dicho, cada casa estaba en el agua, y sin pasar en puentes ó en canoas no pueden ir de una parte á otra; porque si queriamos ir por el agua nadando, desde las azuteas que tenian nos hacian mucho mal, y derrocándose las casas estábamos muy más seguros, y cuando les ganábamos alguna albarrada ó puente ó paso malo donde ponian mucha resistencia, procurábamos de la guardar de dia y de noche, y es desta manera que todas nuestras capitanías velábamos las noches juntas.
Y el concierto que para ello se dió fué, que tomaba la vela desde que anochecia hasta media noche la primera capitanía, y eran sobre cuarenta soldados, y dende media noche hasta dos horas ántes que amaneciese tomaba la vela otra capitanía de otros cuarenta hombres, y no se iban del puesto los primeros, que allí en el suelo dormiamos, y este cuarto es el de la modorra; y luego venian otros cuarenta y tantos soldados, y velaban el alba, que eran aquellas dos horas que habia hasta el dia, y tampoco se habian de ir los que velaban la modorra, que allí habian de estar; por manera que cuando amanecia nos hallábamos velando sobre ciento y veinte soldados todos juntos, y aun algunas noches, cuando sentiamos mucho peligro, desde que anochecia hasta que amanecia todos los del real estábamos juntos aguardando el gran ímpetu de los mejicanos, por temor no nos rompiesen, porque teniamos aviso de unos capitanes mejicanos que en las batallas prendimos, que el Guatemuz tenia pensamientos y puesto en plática con sus capitanes que procurasen en una noche ó de dia romper por nosotros en nuestra calzada, é que venciéndonos por aquella nuestra parte, que luego eran vencidas y desbaratadas las dos calzadas, donde estaba Cortés, y en la donde estaba Gonzalo de Sandoval; y tambien tenia concertado que los nueve pueblos de la laguna, y el mismo Tacuba y Capuzalco y Tenayuca, que se juntasen, que para el dia que ellos quisiesen romper y dar en nosotros, que se diese en las espaldas en la calzada, é que las indias que nos hacian pan, que teniamos en Tacuba, y fardaje, que las llevasen de vuelo una noche.
Y como esto alcanzamos á saber, apercebimos á los de á caballo, que estaban en Tacuba, que toda la noche velasen y estuviesen alerta, y tambien á nuestros amigos los tlascaltecas; y ansí como el Guatemuz lo tenia concertado lo puso por obra, que vinieron muy grandes escuadrones, y unas noches nos venian á romper y dar guerra á media noche, y otras á la modorra, y otras al cuarto del alba, é venian algunas veces sin hacer rumor, y otras con grandes alaridos, de suerte que no nos daban un punto de quietud; y cuando llegaban adonde estábamos velando, la vara, piedra y flecha que tiraban, é otros muchos con lanzas, era cosa de ver; y puesto que herian algunos de nosotros, como los resistiamos, volvian muchos heridos, é otros muchos guerreros vinieron á dar en nuestro fardaje, é los de á caballo é tlascaltecas los desbarataron diferentes veces; porque, como era de noche, no aguardaban mucho; y desta manera que he dicho velábamos, que ni porque lloviese, ni vientos ni frios, y aunque estábamos metidos en medio de grandes lodos y heridos, allí habiamos de estar; y aun esta miseria de tortillas é yerbas que habiamos de comer, ó tunas, sobre la obra del batallar, como dicen los oficiales, habia de ser; pues con todos estos recaudos que poniamos con tanto trabajo, heridas y muertes de los nuestros, nos tornaban abrir la puente ó calzada que les habiamos ganado, que no se les podia defender de noche que no lo hiciesen, é otro dia se la tornábamos á ganar y á cegar, y ellos á la tornar á abrir é hacer más fuerte con mamparos, hasta que los mejicanos mudaron otra manera de pelear, la cual diré en su coyuntura.
Y dejemos de hablar de tantas batallas como cada dia teniamos, y otro tanto en el real de Cortés y en el de Sandoval, y digamos que qué aprovechaba, haberles quitado el agua de Chalputepeque, ni ménos aprovechaba haberles vedado que por las tres calzadas no les entrase bastimento ni agua.
Ni tampoco aprovechaban nuestros bergantines estándose en nuestros reales, no sirviendo de más de cuando peleábamos poder hacernos espaldas de los guerreros de las canoas y de los que peleaban de las azuteas; porque los mejicanos metian mucha agua y bastimentos de los nueve pueblos que estaban poblados en el agua; porque en canoas les proveian de noche, é de otros pueblos sus amigos, de maíz é gallinas y todo lo que querian; é para otro dia evitar que no les entrase aquesto, fué acordado por todos los tres reales que dos bergantines anduviesen de noche por la laguna á dar caza á las canoas que venian cargadas con bastimentos é agua, é todas las canoas que se les pudiesen quebrar ó traer á nuestros reales, que se las tomasen; y hecho este concierto, fué bueno, puesto que para pelear y guardarnos hacian falta de noche los dos bergantines, mas hicieron mucho provecho en quitar que no les entrasen bastimentos é agua; y aun con todo esto no dejaban de ir muchas canoas cargadas dello; y como los mejicanos andaban descuidados en sus canoas metiendo bastimentos, no habia dia que no traian los bergantines que andaban en su busca presa de canoas y muchos indios colgados de las entenas.
Dejemos esto, y digamos el ardid que los mejicanos tuvieron para tomar nuestros bergantines y matar los que en ellos andaban, y es desta manera: que, como he dicho, cada noche y en las mañanas iban á buscar por las lagunas sus canoas y las trastornaban con los bergantines, y prendian muchas dellas, acordaron de armar treinta piraguas, que son canoas muy grandes, con muy buenos remeros y guerreros, y de noche se metieron todas treinta entre unos carrizales en parte que los bergantines no las pudieran ver, y cubiertas de ramas echaban de antenoche dos ó tres canoas, como que llevaban bastimentos ó metian agua, y con buenos remeros, y en parte que les parecia á los mejicanos que los bergantines habian de correr cuando con ellos peleasen, habian hincado muchos maderos gruesos, hechos estacadas, para que en ellos zabordasen; pues como iban las canoas por la laguna mostrando señal de temerosas, arrimadas algo á los carrizales, salen dos de nuestros bergantines tras ellas, y las dos canoas hacen que se van retrayendo á tierra á la parte que estaban las treinta piraguas en celada, y los bergantines siguiéndolas, é ya que llegaban á la celada salen todas las piraguas juntas y dan tras nuestros bergantines, é de presto hirieron á todos los soldados é remeros y capitanes, y no podian ir á una parte ni á otra, por las estacadas que les tenian puestas; por manera que mataron al un capitan, que se decia Fulano de Portillo, gentil soldado que habia sido en Italia, é hirieron á Pedro Barba, que fué otro muy buen capitan, y desde á tres dias murió de las heridas; y tomaron el bergantin.
Estos dos bergantines eran del real de Cortés, de lo cual recibió muy gran pesar; más dende á pocos dias se lo pagaron muy bien con otras celadas que echaron; lo cual diré á su tiempo.
Y dejemos agora de hablar dellos, y digamos cómo en el real de Cortés y en el de Gonzalo de Sandoval siempre tenian muy grandes combates, y muy mayores en el de Cortés, porque mandaba quemar y derrocar casas y cegar puentes, y todo lo que ganaba cada dia lo cegaba, y enviaba á mandar á Pedro de Albarado que mirase que no pasásemos puente ni abertura de la calzada sin que primero la tuviésemos ciega, é que no quedase casa que no se derrocase y se pusiese fuego; y con los adobes y madera de las casas que derrocábamos, cegábamos los pasos y aberturas de las puentes; y nuestros amigos los de Tlascala nos ayudaban en toda la guerra muy como varones.