Dejemos desto, y digamos, como los mejicanos vieron que todas las casas las allanábamos por el suelo, é que las puentes y aberturas las cegábamos, acordaron de pelear de otra manera, y fué, que abrieron una puente y zanja muy ancha y honda, que cuando la pasábamos en partes no hallábamos pié, é tenian en ella hechos muchos hoyos, que no los podiamos ver dentro en el agua, é unos mamparos é albarradas, ansí de la una parte como de la otra de aquella abertura, é tenian hechas muchas estacadas con maderos gruesos en partes que nuestros bergantines zabordasen si nos viniesen á socorrer cuando estuviésemos peleando sobre tomalles aquella fuerza; porque bien entendian que la primera cosa que habiamos de hacer era deshacerles el albarrada y pasar aquella abertura de agua para entralles en la ciudad; y ansimismo tenian aparejadas en partes escondidas muchas canoas bien armadas de guerreros, y buenos guerreros; y un domingo de mañana comenzaron á venir por tres partes grandes escuadrones de guerreros, y nos acometen de tal manera, que tuvimos bien que hacer en sustentarnos, no nos desbaratasen; é ya en aquella sazon habia mandado Pedro de Albarado que la mitad de los de á caballo, que solian estar en Tacuba, durmiesen en la calzada, porque no tenian tanto riesgo como al principio, porque ya no habia azuteas, y todas las demás casas estaban derrocadas, y podian correr por algunas partes de las calzadas sin que de las canoas ni azuteas les pudiesen herir los caballos.
Y volvamos á nuestro propósito, y es, que de aquellos tres escuadrones que vinieron muy bravosos, los unos por una parte donde estaba la gran abertura en el agua, y los otros por unas casas de las que les habiamos derrocado, y el otro escuadron nos habia tomado las espaldas de la parte de Tacuba, y estábamos como cercados; los de á caballo, con nuestros amigos los de Tlascala, rompieron por los escuadrones que nos habian tomado las espaldas, y todos nosotros estuvimos peleando muy valerosamente con los otros dos escuadrones hasta les hacer retraer; mas era fingida aquella muestra que hacian que huian, y les ganamos la primera albarrada, y la otra albarrada donde se hicieron fuertes tambien la desampararon; y nosotros, creyendo que llevábamos vitoria, pasamos aquella agua á vuelapié, y por donde la pasamos no habia ningunos hoyos, é vamos siguiendo el alcance entre unas grandes casas y torres de adoratorios, y los contrarios hacian que todavía huian é se retraian, é no dejaban de tirar vara y piedra con hondas, y mucha flecha; y cuando no nos catamos, tenian encubiertos en partes que no los podiamos ver tanta multitud de guerreros que nos salen al encuentro, y otros muchos dende las azuteas é donde las casas; y los que primero hacian que se iban retrayendo, vuelven sobre nosotros todos á una, y nos dan tal mano, que no les podiamos sustentar; y acordamos de nos volver retrayendo con gran concierto; y tenian aparejadas en el agua y abertura que les teniamos ganado, tanta flota de canoas en la parte por donde primero habiamos pasado, donde no habia hoyos, porque no pudiésemos pasar por aquel paso, que nos hicieron ir á pasar por otra parte adonde he dicho que estaba muy más honda el agua y tenian hechos muchos hoyos; y como venian contra nosotros tanta multitud de guerreros y nos veniamos retrayendo, pasábamos el agua á nado é á vuelapié, é caiamos todos los más soldados en los hoyos, entónces acudieron todas las canoas sobre nosotros, y allí apañaron los mejicanos cinco de nuestros soldados y los llevaron á Guatemuz, é hirieron á todos los más, pues los bergantines que aguardábamos para nuestra ayuda no podian venir, porque todos estaban zabordados en las estacadas que les tenian puestas, y con las canoas y azuteas les dieron buena mano de vara y flecha, y mataron dos soldados remeros é hirieron á muchos de los nuestros.
É volvamos á los hoyos é aberturas: digo que fué maravilla cómo no nos mataron á todos en ellos; de mí digo que ya me habian echado mano muchos indios, y tuve manera para desembarazar el brazo, y Nuestro Señor Jesucristo me dió esfuerzo para que á buenas estocadas que les dí, me salvase, y bien herido en un brazo; y como me vi fuera de aquella agua en parte segura, me quedé sin sentido, sin me poder sostener en mis piés é sin huelgo ninguno; y esto causó la gran fuerza que puse para me descabullir de aquella gentecilla, é de la mucha sangre que me salió: é digo que cuando me tenian engarrafado, que en el pensamiento yo me encomendaba á nuestro Señor Dios é á nuestra Señora su bendita Madre, y ponia la fuerza que he dicho, por donde me salvé; gracias á Dios por las mercedes que me hace.
Otra cosa quiero decir, que Pedro de Albarado y los de á caballo, como tuvieron harto en romper los escuadrones que nos venian por las espaldas de la parte de Tacuba, no pasó ninguno dellos aquella agua ni albarradas, sino fué uno solo de á caballo que habia venido poco habia de Castilla, y allí le mataron á él y al caballo; y como vió el Pedro de Albarado que nos veniamos retrayendo, nos iba ya á socorrer con otros de á caballo, y si allá pasara, por fuerza habiamos de volver sobre los indios; y si volviera, no quedara ninguno dellos ni de los caballos ni de nosotros á vida, porque la cosa estaba de arte que cayeran en los hoyos, y habia tantos guerreros, que les mataran los caballos con lanzas que para ello tenian largas, y dende las muchas azuteas que habia, porque esto que pasó era en el cuerpo de la ciudad; y con aquella vitoria que tenian los mejicanos, todo aquel dia, que era domingo, como dicho tengo, tornaron á venir á nuestro real otra tanta multitud de guerreros; que no nos dejaban ni nos podiamos valer, que ciertamente creyeron de nos desbaratar; y nosotros con unos tiros de bronce y buen pelear nos sostuvimos contra ellos, y con velar todas las capitanías juntas cada noche.
Dejemos desto, y digamos, cómo Cortés lo supo, del gran enojo que tenia, escribió luego en un bergantin á Pedro de Albarado que mirase que en bueno ni en malo dejase un paso por cegar, y que todos los de á caballo durmiesen en las calzadas, y en toda la noche estuviesen ensillados y enfrenados, y que no curásemos de pasar más adelante hasta haber cegado con adobes y madera aquella gran abertura, y que tuviesen buen recaudo en el real.
Pues como vimos que por nosotros habia acaecido aquel desman, desde allí adelante procurábamos de tapar y cegar aquella abertura; y aunque fué con harto trabajo y heridas que sobre ella nos daban los contrarios, é muerte de seis soldados, en cuatro dias la tuvimos cegada, y en las noches sobre ella misma velábamos todas las tres capitanías, segun la órden que dicho tengo y quiero decir que entónces, como los mejicanos estaban junto á nosotros cuando velábamos, que tambien ellos tenian sus velas, y por cuartos se mudaban, y era desta manera: que hacian grande lumbre, que ardia toda la noche, y los que velaban estaban apartados de la lumbre, y desde léjos no les podiamos ver, porque con la claridad de la leña, que siempre ardia, no podiamos ver los indios que velaban; más bien sentiamos cuando se remudaban y cuando venian á atizar su leña; y muchas noches habia que, como llovia en aquella sazon mucho, les apagaba la lumbre, y la tornaban á encender, y sin hacer rumor ni hablar entre ellos palabra, se entendian con unos silbos que daban.
Tambien quiero decir que nuestros escopeteros y ballesteros, muchas veces cuando sentiamos que se venian á trocar las velas, les tiraban á bulto, é piedras y saetas perdidas, y no les haciamos mal, porque estaban en parte que, aunque de noche quisiéramos ir á ellos, no podiamos, con otra gran abertura de zanja bien honda que habian abierto á mano, é albarradas y mamparos que tenian; é tambien ellos nos tiraban á bulto mucha piedra é vara y flecha.
Dejemos de hablar destas velas, é digamos cómo cada dia íbamos por nuestra calzada adelante, peleando con muy buen concierto, y les ganaron la abertura que he dicho donde velaban; y era tanta la multitud de los contrarios que contra nosotros cada dia venian, y la vara, flecha y piedra que tiraban, que nos herian á todos, aunque íbamos con gran concierto y bien armados.
Pues ya que se habia pasado todo el dia batallando, y se venia la tarde, y no era coyuntura para pasar más adelante, sino volvernos retrayendo, en aquel tiempo tenian ellos muchos escuadrones aparejados, creyendo que con la gran priesa que nos diesen al tiempo del retraer nos desbaratarian, porque venian tan bravosos como tigres, y pié con pié se juntaron con nosotros; y como aquello conociamos dellos, la manera que teniamos para retraer era esta: que la primera cosa que haciamos era echar de la calzada á nuestros amigos los tlascaltecas; porque, como eran muchos, con nuestro favor querian llegar á pelear con los mejicanos, y como eran mañosos, que no deseaban otra cosa sino vernos embarazados con los amigos, y con grandes arremetidas que hacian por todas tres partes para nos poder tomar en medio ó atajar algunos de nosotros; y con los muchos tlascaltecas que embarazaban, no podiamos pelear á todas partes, é por esta causa los echábamos fuera de la calzada, en parte que los poniamos en salvo; y cuando nos viamos que no teniamos embarazo dellos, nos retraiamos al real, no vueltas las espaldas, sino haciéndoles rostro, unos ballesteros y escopeteros soltando y otros armando; y nuestros cuatro bergantines cada dos de los lados de las calzadas por la laguna, defendiéndonos por las flotas de las canoas, y de las muchas piedras de las azuteas y casas que estaban por derrocar; y aun con todo este concierto teniamos harto riesgo de nuestras personas hasta volvernos á los ranchos, y luego nos quemábamos con aceite nuestras heridas y apretallas con mantas de la tierra, y cenar de las tortillas que nos traian de Tacuba, é yerbas y tunas quien lo tenia; y luego íbamos á velar á la abertura del agua, como dicho tengo, y luego á otro dia por la mañana, sus, á pelear; porque no podiamos hacer otra cosa, porque por muy de mañana que fuese, ya estaban sobre nosotros los batallones contrarios, y aun llegaban á nuestro real y nos decian vituperios; y desta manera pasábamos nuestros trabajos.
Dejemos por agora de contar de nuestro real, que es el de Pedro de Albarado, y volvamos al de Cortés, que siempre de noche y de dia le daban combates, y le mataban y herian muchos soldados, y era de la manera que á nosotros los del real de Tacuba; y siempre traia dos bergantines á dar caza de noche á las canoas que entraban en Méjico con bastimentos é agua; é parece ser que el un bergantin prendió á dos principales que venian en una de las muchas canoas que venian con bastimento, y dellos supo Cortés que tenian en celada entre unos matorrales cuarenta piraguas y otras tantas canoas para tomar á alguno de nuestros bergantines, como hicieron la otra vez; y aquellos dos principales que se prendieron, Cortés les halagó y dió mantas, y con muchos prometimientos que en ganando á Méjico les daria tierras, y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar les preguntó que á qué parte estaban las piraguas, porque no se pusieron donde la otra vez; y ellos señalaron en el puesto y paraje que estaban, y aun avisaron que habian hincado muchas estacas de maderos gruesos en partes, para que si los bergantines fuesen huyendo de sus piraguas, zabordasen, y allí los apañasen y matasen á los que iban en ellos.