Bien tengo entendido que los curiosos letores se hartarán ya de ver cada dia combates, y no se puede hacer ménos, porque noventa y tres dias estuvimos sobre esta tan fuerte ciudad, cada dia é de noche teniamos guerras y combates, y por esta causa los hemos de decir muchas veces, de cómo é cuándo é de qué manera é arte pasaba; é no lo pongo aquí por capítulos lo que cada dia haciamos, porque me parece que seria gran prolijidad é seria cosa para nunca acabar, y pareceria á los libros de Amadís é de otros corros de caballeros; é porque de aquí adelante no me quiero detener en contar tantas batallas é rencuentros que cada dia é de noche teniamos, si posible fuere, lo diré lo más breve que pueda, hasta el dia de señor San Hipólito, que, gracias á nuestro Señor Jesucristo, nos apoderamos desta tan gran ciudad y prendimos al Rey della, que se decia Guatemuz, é á sus capitanes; puesto que ántes que le prendiésemos tuvimos muy grandes desmanes, é casi que estuvimos en gran ventura de nos perder en todos nuestros reales, especialmente en el real de Cortés por descuido de sus capitanes, como adelante verán.
CAPÍTULO CLII.
CÓMO DESBARATARON LOS INDIOS MEJICANOS Á CORTÉS, É LE LLEVARON VIVOS PARA SACRIFICAR SESENTA Y DOS SOLDADOS, É LE HIRIERON EN UNA PIERNA, Y EL GRAN PELIGRO EN QUE NOS VIMOS POR SU CAUSA.
Como Cortés vió que no se podian cegar todas las aberturas y puentes é zanjas de agua que ganábamos cada dia, porque de noche las tornaban á abrir los mejicanos y hacian más fuertes albarradas que de ántes tenian hechas, é que era gran trabajo pelear y cegar puentes y velar todos juntos, en demás como estábamos heridos, acordó de poner en pláticas con los capitanes y soldados que tenia en su real, que se decian Cristóbal de Olí y Francisco Verdugo y Andrés de Tapia, y el alférez Corral y Francisco de Lugo, y tambien nos escribió al real de Pedro de Albarado y al de Gonzalo de Sandoval, para tomar parecer de todos los capitanes y soldados; y el caso que propuso fué, que si nos parecia que fuésemos entrando de golpe en la ciudad hasta entrar, y llegar al Taltelulco, que es la plaza mayor de Méjico, que es muy más ancha y grande que no la de Salamanca; é que llegados que llegásemos, que seria bien asentar en él todos tres reales, que dende allí podiamos batallar por las calles de Méjico, y sin tener tantos trabajos é riesgo al retraer, ni tener tanto que cegar ni velar las puentes.
Y como en tales pláticas y consejos suele acaecer, hubo en ellas muchos pareceres, porque los unos decian que no era buen consejo ni acuerdo meternos tan de hecho en el cuerpo de la ciudad, sino que nos estuviésemos como estábamos batallando y derrocando y abrasando casas; y las causas más evidentes que dimos los que éramos en este parecer fué, que si nos metiamos en el Taltelulco y dejábamos todas las calzadas y puentes sin guarda y desmamparadas, que como los mejicanos son muchos y guerreros, y con las muchas canoas que tienen nos tornarian á abrir las puertas y calzadas, y no seriamos señores dellas, é que con sus grandes poderes nos darian guerra de noche y de dia; é que, como siempre tienen hechas muchas estacadas, nuestros bergantines no nos podrian ayudar, y de aquella manera que Cortés decia, seriamos nosotros los cercados, y ellos ternian por sí la tierra, campo y laguna; y le escribimos sobre el caso, para que no nos aconteciese como la pasada cuando salimos huyendo de Méjico; y cuando Cortés hubo visto el parecer de todos, y vió las buenas razones que sobre ello le dábamos, en lo que se resumió en todo lo platicado fué, que para que otro dia saliésemos de todos tres reales con toda la mayor pujanza, ansí los de á caballo como los ballesteros, escopeteros y soldados, é que los fuésemos ganando hasta la plaza mayor, que es el Taltelulco, apercebidos los tres reales y los tlascaltecas y de Tezcuco y los pueblos de la laguna que nuevamente habian dado la obediencia á su majestad, para que con todas sus canoas se viniesen á ayudar á todos nuestros bergantines.
Una mañana, despues de haber oido Misa y nos encomendar á Dios, salimos de nuestro real con el capitan Pedro de Albarado, y tambien salió Cortés del suyo, y Gonzalo de Sandoval con todos sus capitanes, y con grande pujanza iba ganando puentes y albarradas, y los contrarios peleaban como fuertes guerreros, y Cortés por su parte llevaba vitoria, y asimismo Gonzalo de Sandoval por la suya, pues por nuestro real ya les habiamos ganado otra albarrada y una puente, y esto fué con mucho trabajo, porque habia muy grandísimos poderes del Guatemuz, y la estaban guardando, y salimos della muchos de nuestros soldados muy mal heridos, é uno murió luego de las heridas, y nuestros amigos los tlascaltecas salieron más de mil dellos maltratados y descalabrados, y todavía íbamos siguiendo la vitoria muy ufanos.
Volvamos á decir de Cortés y de todo su ejército, que ganaron una abertura de agua muy honda, y estaba en ella una calzadilla muy angosta, que los mejicanos con maña y ardid la habian hecho de aquella manera, porque tenian pensado entre sí lo que ahora á nuestro general Cortés le aconteció; y es que, como llevaba vitoria de él y todos sus capitanes y soldados, y la calzada llena de nuestros amigos, é iban siguiendo á los contrarios, y puesto que hacian que huian, no dejaban de tirarnos piedra, vara y flecha, y hacian algunas paradillas como que resistian á Cortés, hasta que le fueron cebando para que fuese tras ellos, y desque vieron que de hecho iba tras ellos siguiendo la vitoria, hacian que iban huyendo dél.
Por manera que la adversa fortuna vuelve su rueda, y á las mayores prosperidades acuden muchas tristezas.
Y como nuestro Cortés iba vitorioso y en el alcance de los contrarios, por su descuido é porque nuestro Señor Jesucristo lo permitió, él y sus capitanes y soldados dejaron de cegar el abertura de agua que habian ganado; y como la calzada por donde iban con maña la habian hecho angosta, y aun entraba en ella agua por algunas partes, y habia mucho lodo y cieno, como los mejicanos le vieron pasar aquel paso sin cegar, que no deseaban otra cosa, y aun para aquel efeto tenian apercebidos muchos escuadrones de guerreros mejicanos con esforzados capitanes, y muchas canoas en la laguna, en parte que nuestros bergantines no les podian hacer daño ninguno con las grandes estacadas que les tenian puestas en que zabordasen, vuelven sobre nuestro Cortés y contra todos sus soldados con grande furia de escuadrones y con tales alaridos y gritos, que los nuestros no les pudieron defender su gran ímpetu y fortaleza con que vinieron á pelear, y acordaron todos los soldados con sus capitanes y banderas de se volver retrayendo con gran concierto; mas, como venian contra ellos tan rabiosos contrarios, hasta que les metieron en aquel mal paso se desconcertaron de suerte, que vuelven huyendo sin hacer resistencia; y nuestro Cortés, desde que así los vió venir desbaratados, los esforzaba y decia:
—«Tened, tened, señores, tened recio, ¿qué es esto, que ansí habeis de volver las espaldas?»