Y no les pudo detener ni resistir; y en aquel paso que dejaron de cegar, y en la calzadilla, que era angosta y mala, y con las canoas le desbarataron é hirieron en una pierna y le llevaron vivos sobre sesenta y tantos soldados, y le mataron seis caballos é yeguas, y á Cortés ya le tenian muy engarrafado seis ó siete capitanes mejicanos, é quiso Dios nuestro Señor ponelle esfuerzo para que se defendiese y se librase dellos, puesto que estaba herido en una pierna; porque en aquel instante luego llegó allí un muy esforzado soldado, que se decia Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja; no lo digo por Cristóbal de Olí; y desque allí le vió asido de tantos indios, peleó luego tan bravosamente, que mató á estocadas cuatro de aquellos capitanes que tenian engarrafado á Cortés, y tambien le ayudó otro muy valiente soldado que se decia Lerma, y les hicieron que dejasen á Cortés, y por le defender allí perdió la vida el Olea, y el Lerma estuvo á punto de muerte, y luego acudieron allí muchos soldados, aunque bien heridos, y echan mano á Cortés y le ayudan á salir de aquel peligro; y entónces tambien vino con mucha presteza su capitan de la guarda, que se decia Antonio de Quiñones, natural de Zamora, y le tomaron por los brazos y le ayudaron á salir del agua, y luego le trajeron un caballo, en que se escapó de la muerte; y en aquel instante tambien venia un su camarero ó mayordomo que se decia Cristóbal de Guzman, y le traia otro caballo; y dende las azuteas los guerreros mejicanos, que andaban muy bravos y vitoriosos, prendieron al Cristóbal de Guzman, é vivo le llevaron á Guatemuz; y todavía los mejicanos iban siguiendo á Cortés y á todos sus soldados hasta que llegaron á su real.
Pues ya aquel desastre acaecido, le hallaron en salvo los españoles, los escuadrones mejicanos no dejaban de seguilles, dándoles caza y grita y diciéndoles vituperios y llamándoles cobardes.
Dejemos de hablar de Cortés y de su desbarate, y volvamos á nuestro ejército, que es el de Pedro de Albarado: como íbamos muy vitoriosos, y cuando no nos catamos vimos venir contra nosotros tantos escuadrones de mejicanos, y con grandes gritas y hermosas divisas y penachos, y nos echaron delante de nosotros cinco cabezas que entónces habian cortado de los que habian tomado á Cortés, y venian corriendo sangre, y decian:
—«Ansí os mataremos, como hemos muerto á Malinche y á Sandoval y á los que consigo traian, y esas son sus cabezas; por eso conocedlas bien.»
Y diciéndonos estas palabras se venian á cerrar con nosotros hasta nos echar mano; que no aprovechaban cuchilladas ni estocadas, ni ballesteros ni escopeteros, y no hacian sino dar en nosotros como á terrero; y con todo eso, no perdiamos punto en nuestra ordenanza al retraer, porque luego mandamos á nuestros amigos los tlascaltecas que prestamente nos desembarazasen las calzadas y pasos malos; y en este tiempo ellos se lo tuvieron bien en cargo, que como vieron las cinco cabezas corriendo sangre, y decian que habian muerto á Malinche y á Sandoval y á todos los teules que consigo traian, é que ansí habian de hacer á nosotros, ya los tlascaltecas temieron en gran manera, porque creyeron que era verdad; y por esto digo que desembarazaron la calzada muy de veras.
Volvamos á decir, como nos íbamos retrayendo oimos tañer del cu mayor, donde estaban sus ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca, que señorea el altor dél á toda la gran ciudad, tañian un atambor de muy triste sonido, en fin como instrumento de demonios, y retumbaba tanto, que se oia dos ó tres leguas, y juntamente con él muchos atabalejos; entónces, segun despues supimos, estaban ofreciendo diez corazones y mucha sangre á los ídolos que dicho tengo, de nuestros compañeros.
Dejemos el sacrificio, y volvamos al retraer que nos retraiamos, y á la gran guerra que nos daban, ansí de la calzada como de las azuteas y lagunas con las canoas; y en aquel instante vienen más escuadrones á nosotros, que de nuevo enviaba Guatemuz, y manda tocar su corneta, que era una señal que cuando aquella se tocase era que habian de pelear sus capitanes de manera que hiciesen presa ó morir sobre ello, y retumbaba el sonido que se metia en los oidos; y de que lo oyeron aquellos sus escuadrones y capitanes, saber yo aquí decir ahora con qué rabia y esfuerzo se metian entre nosotros á nos echar mano, es cosa de espanto, porque yo no lo sé aquí escribir; que ahora que me pongo á pensar en ello, es como si visiblemente lo viese; mas vuelvo á decir, y ansí es verdad, que si Dios no nos diera esfuerzo, segun estábamos todos heridos, él nos salvó, que de otra manera no nos podiamos llegar á nuestros ranchos; y le doy muchas gracias y loores por ello, que me escapó aquella vez y otras muchas de poder de los mejicanos.
Y volviendo á nuestra plática: allí los de á caballo hacian arremetidas; y con dos tiros gruesos que pusimos junto á nuestros ranchos, unos tirando y otros cebando, nos sosteniamos, porque la calzada estaba llena de bote en bote de contrarios y nos venian hasta las casas, como cosa vencida, á echarnos vara y piedra; y como he dicho, con aquellos tiros matábamos muchos dellos; y quien bien ayudó aquel dia fué un hidalgo que se dice Pedro Moreno de Medrano, que vive agora en la Puebla, porque él fué el artillero, que los artilleros que soliamos tener se habian muerto, y dellos estaban muy malamente heridos.
Volvamos al Pedro Moreno de Medrano, que, demás de siempre haber sido un muy esforzado soldado, aquel dia fué de muy grandísima ayuda para nosotros; y estando que estábamos de aquella manera, bien angustiados y heridos, y no sabiamos de Cortés, ni de Sandoval, ni de sus ejércitos, si les habian muerto ó desbaratado, como los mejicanos nos decian cuando nos arrojaron las cinco cabezas que tenian asidas por los cabellos y de las barbas, y decian que ya habian muerto á Malinche y tambien á Sandoval é á todos los teules, que ansí nos habian de matar á nosotros aquel mesmo dia; y no podiamos saber dellos, porque batallábamos los unos de los otros cerca de media legua, y á donde desbarataron á Cortés era más léjos; y á esta causa estábamos muy penosos, así heridos como sanos, y hechos un cuerpo estuvimos sosteniendo el gran ímpetu de los mejicanos que sobre nosotros estaban, creyendo que en aquel dia no quedara persona viva de nosotros, segun la guerra que nos daban.
Pues de nuestros bergantines ya habian tomado uno é muerto tres soldados y herido el capitan y todos los más soldados que en ellos venian, y fué socorrido de otro bergantin, donde andaba por capitan Juan Jaramillo, y tambien tenian zalabordado en otra parte otro que no podia salir, de que era capitan Juan de Limpias Caravajal, que en aquella sazon ensordeció de coraje, que ahora vive en la Puebla; y peleó por su persona tan valerosamente, y esforzó á todos los soldados que en el bergantin remaban, que rompieron las estacadas, y salieron todos muy mal heridos, y salvó su bergantin: aqueste fué el primero que rompió estacadas.