Y en posta vino el Sandoval y el Francisco de Lugo donde estábamos, y cuando llegó seria hora de vísperas, y porque, segun pareció é supimos, el desbarate de Cortés fué ántes de Misa mayor; y cuando llegó Sandoval nos halló batallando con los mejicanos, que nos querian entrar en el real por unas casas que habiamos derrocado, y otros por la calzada, y otros en canoas por la laguna, y tenian ya un bergantin zabordado en unas estacadas, y de los soldados que en ellos iban, habian muerto los dos, y los demás heridos; y como Sandoval nos vió á mí y á otros soldados en el agua metidos á más de la cinta, ayudando al bergantin á echalle en lo hondo, y estaban sobre nosotros muchos indios con espadas de las nuestras que habian tomado en el desbarate de Cortés, y otros con montantes de navajas dándonos cuchilladas, y á mí me dieron un flechazo, y querian llegar con gran fuerza sus canoas, segun la fuerza que ponian, y le tenian atadas muchas sogas para llevársele y metelle dentro de la ciudad; y como el Sandoval nos vió de aquella manera, dijo:
—«Oh hermanos, poned fuerza en que no lleven el bergantin.»
Y tomamos tanto esfuerzo, que luego le sacamos en salvo, puesto que, como he dicho, todos los marineros salieron heridos y dos soldados muertos.
En aquella sazon vinieron á la calzada muchas capitanías de mejicanos, y nos herian ansí á los de á caballo y á todos nosotros, y aun al Sandoval le dieron una buena pedrada en la cara; y entónces Pedro de Albarado le socorrió con otros de á caballo, y como venian tantos escuadrones, é yo y otros soldados les haciamos cara, Sandoval nos mandó que poco á poco nos retrajésemos porque no les matasen los caballos; é porque no nos retraiamos de presto como quisiera, dijo:
—«¿Quereis que por amor de vosotros me maten á mí y á todos aquestos caballeros? Por amor de Dios, hermanos, que os retrayais.»
Y entónces le tornaron á herir á él y á su caballo; y en aquella sazon echamos á los amigos fuera de la calzada, y poco á poco, haciendo cara, y no vueltas las espaldas, como quien va haciendo represas, unos ballesteros y escopeteros tirando y otros armando y otros cebando sus escopetas, y no soltaban todos á la par; y los de á caballo que hacian algunas arremetidas, y el Pedro Moreno Medrano con sus tiros en armar y tirar; y por más mejicanos que llevaban las pelotas, no les podian apartar, sino que todavía nos iban siguiendo, con pensamiento que aquella noche nos habian de llevar á sacrificar.
Pues ya que estábamos en salvo cerca de nuestros aposentos, pasada ya una grande obra donde habia mucha agua é muy honda, y no nos podian alcanzar las piedras ni varas ni flecha, y estando el Sandoval y el Francisco de Lugo y Andrés de Tapia con Pedro de Albarado, contando cada uno lo que le habia acaecido y lo que Cortés mandaba, tornó á sonar el atambor de Huichilóbos y otros muchos atabalejos, y caracoles y cornetas y otras como trompas, y todo el sonido dellas espantable y triste; y miramos arriba al alto cu, donde los tañian, y vimos que llevaban por fuerza á rempujones y bofetadas y palos á nuestros compañeros que habian tomado en la derrota que dieron á Cortés, que los llevaron por fuerza á sacrificar; y de que ya los tenian arriba en una placeta que se hacia en el adoratorio, donde estaban sus malditos ídolos, vimos que á muchos dellos les ponian plumajes en las cabezas, y con unos como aventadores les hacian bailar delante de Huichilóbos, y cuando habian bailado, luego les ponian de espaldas encima de unas piedras que tenian hechas para sacrificar, y con unos navajones de pedreñal les aserraban por los pechos y les sacaban los corazones bullendo, y se los ofrecian á sus ídolos que allí presentes tenian, y á los cuerpos dábanles con los piés por las gradas abajo; y estaban aguardando otros indios carniceros, que les cortaban brazos y piernas, y las caras desollaban y las adobaban como cueros de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacian borracheras, y se comian las carnes con chilmole; y desta manera sacrificaron á todos los demás, y les comieron piernas y brazos, y los corazones y sangre ofrecian á sus ídolos, como dicho tengo, y los cuerpos, que eran las barrigas, echaban á los tigres y leones y sierpes y culebras que tenian en la casa de las alimañas, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, que atrás dello he platicado.
Pues de aquellas crueldades vimos todos los de nuestro real y Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval y todos los demás capitanes.
Miren los curiosos lectores que esto leyeren, qué lástima terniamos dellos; y deciamos entre nosotros: «¡Oh gracias á Dios, que no me llevaron á mí hoy á sacrificar!» Y tambien tengan atencion que no estábamos léjos dellos y no les podiamos remediar, y ántes rogábamos á Dios que fuese servido de nos guardar de tan cruelísima muerte.
Pues en aquel instante que hacian aquel sacrificio, vinieron sobre nosotros grandes escuadrones de guerreros, y nos daban por todas partes bien que hacer, que ni nos podiamos valer de una manera ni de otra contra ellos, y nos decian: