Pues el gran recebimiento que le hicimos con arcos triunfales y con ciertas emboscadas de cristianos é moros, y otros grandes regocijos é invenciones de fuegos, y le aposentamos lo mejor que pudimos, ansí á Cortés como á todos los que traia en su compañía; y estuvo allí seis dias, y siempre el factor le iba diciendo que se volviese del camino que iba, y que mirase á quién dejaba en su poder; que tenia al contador por muy revoltoso y doblado, amigo de novedades, y que el tesorero se jactanciaba que era hijo del Rey católico, y que no sentia bien de algunas cosas de pláticas que en ellos vió que hablaban en secreto despues que les dió el poder, y aun de ántes; y demas desto, ya en el camino tenia Cortés cartas que enviaba dende Méjico diciendo mal de su gobernacion de los que dejaba, y dello avisaban al factor sus amigos; y sobre ello decia el factor á Cortés que tambien sabria él gobernar, y el veedor que allí estaba delante, como los que dejaba en Méjico, y se le ofrecieron por muy servidores; y decia tantas cosas melosas y con tan amorosas palabras, que le convenció para que le diese poder al factor y al veedor Chirinos para que fuesen gobernadores, y fué con esta condicion: que si viesen que el Estrada y el Albornoz no hacian lo que debian al servicio de nuestro Señor y de su majestad, gobernasen ellos solos.

Estos poderes fueron causa de muchos males y revueltas que hubo en Méjico, como diré de que haya pasado cuatro capítulos é hayamos hecho un muy trabajoso camino, y hasta le haber acabado y estar en una villa que se llama Trujillo no contaré en esta relacion lo acaecido en Méjico; pero diré que el padre fray Bartolomé de Olmedo y los frailes de San Francisco murmuraban de Cortés porque habia dado estos poderes, y decian que plegue á Dios no haya Cortés arrepentimiento dello; y no decian muy mal, como luego veremos; pero poco importó que ellos lo murmurasen, que no hacia Cortés mucha monta dellos, aunque eran buenos frailes, porque no les tenia tanta voluntad como al padre fray Bartolomé de Olmedo, que era siempre su consejero.

Pero dejemos esto, y diré que cuando se despidieron el factor y el veedor de Cortés para se volver á Méjico, ¡con cuántos cumplimientos y abrazos! Y tenia el factor una manera como de sollozos, que parecia que queria llorar al despedirse, y con sus provisiones en el seno de la manera que él las quiso notar, y el secretario, que se decia Alonso Valiente, que era su amigo, las hizo.

Vuélvense para Méjico, y con ellos Hernan Lopez de Ávila, que estaba malo de dolores y tullido de bubas, y dejémosles ir su camino; que no tocaré en esta relacion en cosa ninguna de los grandes alborotos y zizañas que en Méjico hubo, hasta su tiempo y lugar, desque hubiéremos llegado con Cortés todos los caballeros por mí nombrados, con otros muchos que salimos de Guacacualco, y hasta que ya hayamos hecho esta tan trabajosa jornada, que estuvimos en punto de nos perder, segun adelante diré: y porque en una sazon acaecen dos ó tres cosas, y por no quebrar el hilo de lo uno por decir de lo otro, acordé de seguir el de nuestro trabajosísimo camino.

CAPÍTULO CLXXV.

DE LO QUE CORTÉS ORDENÓ DESPUES QUE SE VOLVIÓ EL FACTOR Y VEEDOR Á MÉJICO, Y DEL TRABAJO QUE LLEVAMOS EN EL LARGO CAMINO, Y DE LOS GRANDES PUENTES QUE HICIMOS, Y HAMBRE QUE PASAMOS EN DOS AÑOS Y TRES MESES QUE TARDAMOS EN ESTE VIAJE.

Despues de despedidos el factor y el veedor, lo primero que mandó Cortés fué escribir á la Villa-Rica á un su mayordomo, que se decia Simon de Cuenca, que cargase dos navíos que fuesen de poco porte, de bizcocho de maíz, porque en aquella sazon no se cogia pan de trigo en Méjico, y seis pipas de vino y aceite y vinagre y tocinos, herraje, y otras cosas de bastimentos, y mandó que se fuesen costa á costa del norte, y que le escribiria y haria saber dónde habia de aportar, y que el mismo Simon de Cuenca viniese por capitan; y luego mandó que todos los vecinos de Guacacualco fuésemos con él, que no quedaron sino los dolientes.

Ya he dicho otras veces que estaba poblada aquella villa de los conquistadores más antiguos de Méjico, y todos los más hijosdalgo, que se habian hallado en las conquistas pasadas de Méjico, y en el tiempo que habiamos de reposar de los grandes trabajos y procurar de haber algunos bienes y granjerías, nos mandó ir jornada de más de quinientas leguas, y toda la más tierra por donde íbamos de guerra, y dejamos perdido cuanto teniamos, y estuvimos en el viaje más de dos años y tres meses.

Pues volviendo á nuestra plática, ya estábamos todos apercebidos con nuestras armas y caballos, que no le osábamos decir de no; é ya que alguno se lo decia, por fuerza le hacia ir; y éramos por todos, ansí los de Guacacualco como los de Méjico, sobre ducientos y cincuenta soldados, y los ciento y treinta de á caballo, y los demas escopeteros y ballesteros, sin otros muchos soldados nuevamente venidos de Castilla; y luego me mandó á mí que fuese por capitan de treinta españoles y de tres mil indios mejicanos, y fuese á unos pueblos que estaban de guerra, que se decian Cimatan, é que en aquellos pueblos mantuviese los tres mil indios mejicanos, y si los naturales de aquella provincia estuviesen de paz ó se viniesen á someter al servicio de su majestad, que no les hiciese enojo ni fuerza ninguna, salvo mandar dar de comer á aquellas gentes; y si no quisiesen venir, que los enviase á llamar tres veces de paz, de manera que lo entendiesen muy bien, é por ante un escribano que iba conmigo é testigos; y si no quisiesen venir, que les diese guerra, y para ello me dió poder y sus instrucciones, las cuales tengo hoy dia firmadas de su nombre y de su secretario Alonso Valiente; y ansí hice aquel viaje como lo mandó, quedando de paz aquellos pueblos; mas dende á pocos meses, como vieron que quedaban pocos españoles en Guacacualco, é íbamos los conquistadores con Cortés, se tornaron á alzar, y luego salí con mis soldados españoles é indios mejicanos al pueblo donde Cortés mandó que saliese, que se decia Iquinuapa.

Volvamos á Cortés y á su viaje: que salió de Guacacualco y fué á Tonala, que hay ocho leguas, y luego pasó un rio en canoas y fué á otro pueblo que se dice el Ayagualulco, y pasó otro rio en canoas, y dende el Ayagualulco pasó siete leguas de allí un estero que entra en el mar, y le hicieron una puente que habia de largo cerca de medio cuarto de legua; cosa espantosa cómo la hicieron en el estero, porque siempre Cortés enviaba adelante dos capitanes de los vecinos de Guacacualco, y uno dellos se decia Francisco de Medina, hombre diligente, que sabia muy bien mandar á los naturales desta tierra.