Y les encargó que mirasen no se alzase Méjico ni otras provincias; y porque quedase más pacífico y sin cabeceras de los mayores caciques, trajo consigo al mayor de Méjico, que se decia Guatemuz, otras muchas veces por mí memorado, que fué el que nos dió guerra cuando ganamos á Méjico, y tambien al señor de Tacuba, y á un Juan Velazquez, capitan del mismo Guatemuz, y á otros muchos principales, y entre ellos á Tapiezuela, que era muy principal; y aun de la provincia de Mechoacan trajo otros caciques, y á doña Marina la lengua, porque Jerónimo de Aguilar ya habia fallecido.

Y trajo en su compañía muchos caballeros y capitanes vecinos de Méjico, que fueron Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, y Luis Marin y Francisco Marmolejo, Gonzalo Rodriguez de Ocampo, Pedro de Ircio, Avalos y Saavedra, que eran hermanos, y un Palacios Rubios, y Pedro de Saucedo el Romo, y Jerónimo Ruiz de la Mora, Alonso de Grado Santa Cruz, burgalés; Pedro de Solís Casquete, que ansí le llamábamos; Juan Jaramillo, Alonso Valiente, y un Navarrete y un Serna, y Diego de Mazariegos, primo del tesorero, y Gil Gonzalez de Benavides, y Hernan Lopez de Ávila y Gaspar de Garnica, y otros muchos que no se me acuerdan sus nombres; y trajo á fray Juan de las Varillas el de Salamanca, fraile de la Merced, y un clérigo y dos frailes franciscos, flamencos, buenos teólogos, que predicaban, y trajo por mayordomo á un Carranza y por maestresala á Juan de Iasso y á un Rodrigo Mañueco, y por botiller á Cervan Bejarano, y por repostero á un Fulano de San Miguel, que solia vivir en Guaxaca; por despensero á un Guinea, que ansimismo fué vecino de Guaxaca; y trajo grandes vajillas de oro y de plata, y quien tenia cargo de la plata era un Tello de Medina, y por camarero un Salazar, natural de Madrid; por médico á un licenciado Pero Lopez, vecino que fué de Méjico, y cirujano á maese Diego de Pedraza, y otros muchos pajes, y uno dellos era don Francisco de Montejo, el cual fué capitan en Yucatan el tiempo andando, no digo al adelantado su padre; y dos pajes de lanza, que el uno se decia Puebla, y ocho mozos de espuelas, y dos cazadores halconeros, que se decian Perales y Garcicaro y Álvaro Montañés; y llevó cinco chirimías y sacabuches y dulzainas, y un volteador, y otro que jugaba de manos y hacia títeres, y caballerizo Gonzalo Rodriguez de Ocampo, y acémilas con tres acemileros españoles, y una gran manada de puercos, que venian comiendo por el camino; y venian con los caciques que dicho tengo sobre tres mil indios mejicanos con sus armas de guerra, sin otros muchos que eran de su servicio de aquellos caciques.

É ya que estaba Cortés de partida para venir su viaje, viendo el factor Salazar y el veedor Chirinos, que quedaban en Méjico, que no les dejaba Cortés cargo ninguno ni se hacia tanta cuenta dellos como quisieran, acordaron de se hacer muy amigos del licenciado Zuazo y de Rodrigo de Paz y de todos los amigos y viejos conquistadores de Cortés que quedaban en Méjico, y todos juntos le hicieron un requirimiento á Cortés que no salga de Méjico, sino que gobierne la tierra, y le ponen por delante que se alzará toda la Nueva-España, y sobre ello pasaron grandes pláticas y respuestas de Cortés á los que le hacian el requirimiento; y de que no le pudieron convencer á que se quedase, dijo el factor y el veedor que le querian venir á servir y acompañarle hasta Guacacualco, que por allí era su viaje.

Pues ya partidos de Méjico de la manera que he dicho, saber yo decir los grandes recebimientos y fiestas que en todos los pueblos por donde pasaban se les hacia, fuera cosa maravillosa; y más se le juntaron en el camino de otros cincuenta soldados y gente estravagante, nuevamente venidos de Castilla, y Cortés les mandó ir por dos caminos hasta Guacacualco, porque para todos juntos no habria tantos bastimentos.

Pues yendo por sus jornadas el factor, Gonzalo de Sandoval y el veedor, íbanle haciendo mil servicios á Cortés, en especial el factor, que cuando con Cortés hablaba estaba la gorra quitada hasta el suelo, y con muy grandes reverencias y palabras delicadas y de grande amistad, y con retórica muy subida, le iba diciendo que se volviese á Méjico y no se pusiese en tan largo y trabajoso camino, y poniéndole por delante muchos inconvenientes; y aun algunas veces por le complacer iba cantando por el camino junto á Cortés, y decia en los cantares:

—«Ay tio, volvámonos; ay tio, volvámonos;»

Y respondia Cortés cantando:

—«Adelante, mi sobrino; adelante, mi sobrino, y no creais en agüeros; que será lo que Dios quisiere; adelante, mi sobrino,» etc.

Dejemos de hablar en el factor y de sus blandas y delicadas palabras, y diré cómo en el camino, en un pueblezuelo de un Ojeda el tuerto, cerca de otro pueblo que se dice Orizaba, se casó Juan Jaramillo con doña Marina la lengua delante de testigos.

Pasemos adelante, y diré cómo iban camino de Guacacualco, y llegan á un pueblo grande que se dice Guazpaltepeque, que era de la encomienda de Gonzalo de Sandoval, y como lo supimos en Guacacualco, que venia Cortés con tanto caballero, ansí alcalde mayor como capitanes, y todo el cabildo y regidores, fuimos treinta y tres leguas á le recebir y dalle el parabien-venido, como quien va á ganar beneficio; y esto digo aquí para que vean los curiosos letores é otras personas cuán tenido y aun temido estaba Cortés, porque no se hacia más de lo que él queria, ahora sea bueno ó malo; y dende Guazpaltepeque fué caminando á nuestra villa, y en un rio grande que hay en el camino comenzó á tener contrastes, porque al pasar se le trastornaron tres canoas y se le perdió cierta plata y ropa, y aun al Juan Jaramillo se le perdió la mitad de su fardaje, y no se pudo saber cosa ninguna á causa que estaba el rio lleno de lagartos muy grandes; y dende allí fuimos á un pueblo que se dice Uluta, y hasta llegar á Guacacualco le fuimos acompañando, y todo por poblado; y quiero decir el gran recaudo de canoas que teniamos ya mandado que estuviesen aparejadas y atadas de dos en dos en el gran rio junto á la villa, que pasaban de trecientas.