Y una noche vinieron muchos indios guerreros de los pueblos cercanos y de las estancias, creyendo que no nos velábamos; é por tomarnos la canoa dan de repente en los ranchos en que estábamos y les pusieron fuego, y no vinieron tan secreto, que ya les habiamos sentido; y nos recogimos todos ocho soldados y cuatro mejicanos de los que estaban sanos, y arremetimos á los guerreros, y á cuchilladas les hicimos volver por donde habian venido, puesto que flecharon á dos soldados y á un indio, mas no fueron mucho las heridas; y como aquello vimos, fuimos tres compañeros á las estancias adonde sentíamos que habian quedado indios y españoles dolientes, que seria una legua de allí, y trujimos á un Diego de Mazariegos, ya otras veces por mí nombrado, y á otros españoles que estaban en su compañía y á indios mejicanos que estaban dolientes, y luego les pasamos el rio y fuimos adonde Sandoval estaba.

É yendo que íbamos nuestro camino, como un español de los que habiamos recogido en las estancias iba muy malo, y era de los nuevamente venidos de Castilla, y medio isleño, hijo de ginovés, y como iba malo, y sin tener qué le dar de comer, sino tortillas y pinol, ya que llegábamos obra de media legua de donde estaba Sandoval, se murió en el camino y no tuve gente para llevar el cuerpo muerto hasta el real; y llegado donde el Sandoval estaba, le dije de nuestro viaje y del hombre que se quedó muerto, y hubo enojo conmigo porque entre todos nosotros no le trujimos á cuestas ó en un caballo, y le dijimos al Sandoval que traiamos dos dolientes en cada caballo é nos veniamos á pié, y que por esta causa no se pudo traer; y un soldado que se decia Bartolomé de Villanueva, que era mi compañero, respondió al Sandoval muy soberbio que harto teniamos que traer nuestras personas, sin traer muertos á cuestas, y que renegaba de tanto trabajo é pérdida como Cortés nos habia causado; y luego mandó Sandoval á mí y al Villanueva, sin más parar le fuésemos á enterrar; y llevamos dos indios mejicanos y un azadon, é hicímosle su sepultura y lo enterramos y le pusimos una cruz, y hallamos en la faltriquera del muerto una taleguilla con muchos dados y un papel escrito, que era una memoria de donde era natural y cúyo hijo era y qué bienes tenia en Tenerife; é despues, el tiempo andando, se envió aquella memoria á Tenerife; perdónele Dios, amen.

Dejemos de contar cuentos, y quiero decir que luego Sandoval acordó que fuésemos á otros pueblos que agora están cerca de unas minas que descubrieron dende á tres años; y dende allí fuimos á otro pueblo que se dice Quinistan, y otro dia á hora de Misa fuimos á Naco, y en aquella sazon era buen pueblo y hallámosle despoblado de aquel mismo dia; y despues de nos aposentar en unos patios muy grandes, adonde habian degollado al maestre de campo Cristóbal de Olí, otras veces por mí nombrado, que estaba el pueblo bien bastecido de maíz y de frisoles y ají, y tambien hallamos un poco de sal, que era la cosa que más deseábamos, y allí asentamos nuestro fardaje, como si hubiéramos de estar en él para siempre.

Hay en este pueblo la mejor agua que habiamos visto en toda la Nueva-España, y un árbol que en mitad de la siesta, por recio sol que hiciese, parecia que la sombra del árbol refrescaba el corazon, y caia dél uno como rocío muy delgado que confortaba las cabezas; y aqueste pueblo en aquella sazon fué muy poblado y en buen asiento, y habia fruta de los zapotes colorados y de los chicos, y estaba en comarca de otros pueblos chicos.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que allí nos avino.

CAPÍTULO CLXXXII.

CÓMO EL CAPITAN GONZALO DE SANDOVAL COMENZÓ Á PACIFICAR AQUELLA PROVINCIA DE NACO, Y DE LOS GRANDES REENCUENTROS QUE CON LOS DE AQUELLA PROVINCIA TUVO, Y LO QUE MÁS SE HIZO.

Desde que hubimos allegado al pueblo de Naco y recogido maíz, frisoles y ají, y con tres principales de aquel pueblo que allí en los maizales prendimos, á los cuales Gonzalo de Sandoval halagó y dió cuentas de Castilla, y les rogó que fuesen á llamar á los demas caciques, que no se les haria enojo ninguno, fueron así como se lo mandó, y vinieron dos caciques; mas no pudo acabar con ellos que se poblase el pueblo, salvo traer de cuando en cuando poca comida; ni nos hacian bien ni mal, ni nosotros á ellos; y ansí estuvimos los primeros dias, y Cortés habia escrito á Gonzalo de Sandoval, como de ántes dicho tengo, que luego le enviase á Puerto de Caballos diez soldados de los de Guacacualco, y todos nombrados por sus nombres, y entre ellos era yo uno, y en aquella sazon estaba yo algo malo, y dije á Sandoval que me excusase, porque estaba mal dispuesto, y él, que lo habia gana, y ansí quedé; y envió ocho soldados muy buenos varones para cualquiera afrenta, y aun fueron de tan mala voluntad, que renegaban de Cortés y aun de su viaje, y tenian mucha razon, porque no sabian cierto si la tierra por donde habian de ir estaba de paz.

Acordó Sandoval de demandar á los caciques de Naco cinco principales indios, que fuesen con ellos hasta el Puerto de Caballos, y les puso temores que si algun enojo recebia alguno de sus soldados, que les quemaria el pueblo y que les iria á buscar y dar guerra; y mandó que en todos los pueblos por donde pasasen les diesen muy bien de comer; y fueron su viaje hasta el Puerto de Caballos, donde hallaron á Cortés, que se queria embarcar para ir á Trujillo, y se holgó con ellos, y supo cómo quedábamos buenos, y los llevó consigo en los navíos, y luego se embarcó, y dejó en aquella villa de Puerto de Caballos á un Diego de Godoy por su capitan, con hasta cuarenta vecinos, que eran todos los más de los que solian ser de Gil Gonzalez de Ávila y de los nuevamente venidos de las islas; y de que Cortés se hubo embarcado y su teniente Godoy quedó en la villa, con los soldados que más sanos tenia hacia entradas en los pueblos comarcanos, é trujo dos dellos de paz; mas como los indios vieron que los soldados que allí quedaban estaban todos los más dellos dolientes y se morian cada dia, no hacian cuenta dellos, y á esta causa no les acudian con comida, ni ellos eran para illo á buscar, y pasaban gran necesidad de hambre, y en pocos dias se murieron la mitad dellos, y se despoblaron otros tres dellos, que se vinieron huyendo donde estábamos con Sandoval.

Y dejallo he aquí en este estado, y volveré á Naco, que, como Sandoval habia visto que no se querian venir á poblar el pueblo los indios vecinos y naturales de Naco, aunque los enviaba á llamar muchas veces, y á los demas pueblos comarcanos, no venian ni hacian cuenta de nosotros, acordó de ir en persona y hacer de manera que viniesen; y fuimos luego á unos pueblos que se decian Girimonga y Aculaco, y á otros tres pueblos que estaban cerca de Naco, y todos vinieron á dar la obediencia á su majestad, y luego fuimos á Quizmitan y á otro pueblo de la sierra, y ansimesmo vinieron; por manera que todos los indios de aquella comarca venian de paz, y como no se les demandaba cosa ninguna más de lo que ellos querian dar, no tenian pesadumbre de venir, y desta manera estaba todo de paz hasta donde pobló Cortés la villa que agora se dice Puerto de Caballos.