Pues ya esto concertado, envian Sandoval y el Garro diez hombres, los cinco de los nuestros y los otros cinco del Garro, para que costa á costa fuesen á Trujillo con las cartas, porque allí residia Cortés entónces, como dicho tengo en el capítulo que dello habla; y llevaron sobre veinte indios de Nicaragua de los que trujo Garro para que les ayudasen á pasar los rios, é yendo por sus jornadas, no pudieron pasar el rio de Pichin ni otro que se decia Balama, porque venian muy crecidos, y á cabo de quince dias vuelven los soldados á Naco sin hacer cosa ninguna de lo que les fué mandado; de lo cual hubo tanto enojo el Sandoval, que de palabra trató mal al que iba por caudillo; y luego sin más tardar ordena que vaya por la tierra adentro el capitan Luis Marin con diez soldados, los cinco de Garro y los demas de los nuestros, é yo fuí con ellos, y fuimos todos á pié y atravesamos muchos pueblos que estaban de guerra.

Y si hubiese de escribir por extenso los grandes trabajos y reencuentros que con indios de guerra tuvimos, y los rios y ancones que pasamos en barcas y á nado, y la hambre que algunos dias tuvimos, era para no acabar tan presto, y cosas muy de notar; mas digo que habia dia que pasábamos tres rios caudalosos en barcas y á nado; y como llegamos á la costa, hubo muchos esteros, donde habia lagartos.

Y en un rio que se dice Xagua, que está del Triunfo de la Cruz diez leguas, estuvimos dos dias en el pasar en barcas, segun venia de recio, y allí hallamos calaveras y huesos de siete caballos que los habian muerto de mala yerba que habian pacido, y fueron de los de Cristóbal de Olí; y de allí fuimos al Triunfo de la Cruz, y hallamos naos quebradas dadas al través, y de allí fuimos en cuatro dias á un pueblo que se dice Quemara, y salieron muchos indios de guerra contra nosotros, y traian unas lanzas grandes y gordas, que con sus rodelas mandaban con la mano derecha y sobre el brazo izquierdo, y jugaban de la manera que nosotros peleamos con las picas, y se nos venian á juntar pié con pié, y con las ballestas que llevábamos y á cuchilladas nos dieron lugar que pasásemos adelante, y allí hirieron dos de nuestros soldados: y estos indios que he dicho que salieron de guerra no creyeron que éramos de los de Cortés, sino de otros capitanes, que les íbamos á robar sus indios.

Dejemos de contar trabajos pasados, y digo que en otros dos dias de camino llegamos á Trujillo, y ántes de entrar en él, que seria hora de vísperas, vimos á cinco de á caballo, y era Cortés y otros caballeros, que se habian salido á pasear por la costa, y cuando nos vieron de léjos no sabian qué cosa nueva podia ser; y como nos conoció Cortés, se apeó del caballo y con las lágrimas en los ojos nos vino á abrazar, y nosotros á él, y nos dijo:

—«¡Oh hermanos y compañeros mios, qué deseo tenia de veros y saber qué tales estábades!»

Y estaba tan flaco, que hubimos lástima de verle; porque, segun supimos, habia estado á punto de morir de calenturas y tristeza que en sí tenia, y aun en aquella sazon no sabia cosa buena ni mala de lo de Méjico; y dijeron otras personas que estaba ya tan á punto de morir, que le tenian hechos unos hábitos de San Francisco para le enterrar con ellos; y luego á pié se fué con todos nosotros á la villa, y nos aposentó y cenamos con él; y tenia tanta pobreza, que aun de cazabe no nos hartamos; y como le hubimos dado relacion á lo que veniamos, y leido las cartas sobre lo de Francisco Hernandez para que le ayudase, dijo que haria cuanto pudiese por él.

Y en aquella sazon que allegamos á Trujillo habia tres dias que habian venido los dos navíos chicos con las mercaderías que enviaban de Santo Domingo, que era caballos y potros y armas viejas, y unas camisas y bonetes colorados, y cosas de poca valía, y no trujeron sino una pipa de vino, ni fruta ni cosa de provecho; que valiera más que aquellos navíos no vinieran, segun todos nos adeudamos en comprar de aquellas bujerías.

Pues estando que estábamos con Cortés dando cuenta de nuestro trabajoso camino, vieron venir en alta mar un navío á la vela, y llegado al puerto, venia de la Habana, que enviaba el licenciado Zuazo, el cual licenciado habia dejado Cortés en Méjico por alcalde mayor, y enviaba un poco de refresco para Cortés con una carta, la cual es esta que se sigue; y si no dijere las palabras formales que en ella venian, á lo ménos diré la sustancia della.

CAPÍTULO CLXXXV.

CÓMO EL LICENCIADO ZUAZO ENVIÓ UNA CARTA DENDE LA HABANA Á CORTÉS, Y LO QUE EN ELLA SE CONTIENE ES LO QUE DIRÉ ADELANTE.