Y otra cosa, que no es de olvidar de la memoria, el quemar delante de sus palacios á capitanes del Montezuma porque fueron en la muerte de un nuestro capitan que se decia Juan de Escalante, y de otros siete soldados; de los cuales capitanes indios no me acuerdo sus nombres; poco va en ello, que no hace á nuestro caso.

Y tambien qué atrevimiento y osadía fué que con dádivas y joyas de oro, y por buenas mañas y ardides de guerra que se dió contra Pánfilo de Narvaez, capitan de Diego Velazquez, que traia sobre mil y trescientos soldados, contados en ellos hombres de mar, y traia noventa de á caballo y otros tantos ballesteros, y ochenta espingarderos, que ansí se llamaban; y nosotros con ducientos y sesenta y seis compañeros, sin caballos ni escopetas ni ballestas, sino solamente nuestras picas y espadas y puñales y rodelas, los desbaratamos, y prendimos á Narvaez.

Pasemos adelante, y quiero decir que cuando entramos otra vez en Méjico al socorro de Pedro de Albarado, y ántes que saliésemos huyendo cuando subimos al cu de Huichilóbos, vi que se mostró muy varon, puesto que no nos aprovecharon nada sus valentías ni las nuestras.

Pues en la derrota y muy nombrada guerra de Obtumba, cuando nos estaban esperando toda la flor y valientes guerreros mejicanos y todos sus sujetos para nos matar allí.

Tambien se mostró muy esforzado cuando dió un encuentro al capitan y alférez de Guatemuz, que le hizo abatir sus banderas y perder el gran brio de su valeroso pelear de todos sus escuadrones, con tanto esfuerzo como peleaban, y despues de Dios, nuestros esforzados capitanes que le ayudaban, que fué Pedro de Albarado é Gonzalo de Sandoval, y Cristóbal de Olí y Diego de Ordás, é Gonzalo Dominguez y un Láres é Andrés de Tapia, y otros esforzados soldados que aquí no nombro, de los que no teniamos caballos y de los de Narvaez, tambien ayudaron muy bien; y quien luego mató al capitan del estandarte fué un Juan de Salamanca, natural de Ontiveros, y le quitó un rico penacho, y se le dió á Cortés.

Pasemos adelante, y diré que tambien se halló Cortés juntamente con nosotros en una batalla bien peligrosa en lo de Iztapalapa, y lo hizo como buen capitan.

Y en lo de Suchimileco, cuando le derribaron los escuadrones mejicanos del caballo, y le ayudaron ciertos tlascaltecas nuestros amigos, y sobre todos un nuestro esforzado soldado que se decia Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja (tengan atencion á esto que diré), que uno era Cristóbal de Olí, que fué maestre de campo, y otro es Cristóbal de Olea; y esto declaro aquí porque no arguyan sobre ello y no digan que voy errado.

Tambien se mostró Cortés muy como esforzado cuando sobre Méjico estábamos, y en una calzadilla le desbarataron los mejicanos, y le llevaron á sacrificar sesenta y dos soldados, y á Cortés le tenian engarrafado para le llevar á sacrificar, y le habian herido en una pierna, y quiso Dios que por su buen esfuerzo y pelear, y porque le socorrió el mismo Cristóbal de Olea, que fué el que la otra vez en Suchimileco le libró de los mejicanos y le ayudó á cabalgar, y salvó á Cortés la vida, y el esforzado Olea quedó allí muerto con los demas que dicho tengo; y ahora que lo estoy escribiendo se me representa la manera y proporcion de la persona del Cristóbal de Olea y de su gran esfuerzo, y aun se me pone tristeza por ser de mi tierra y deudo de mis deudos.

No quiero decir otras muchas proezas y valentías que hizo nuestro marqués del Valle, porque son tantas y de tal manera, que no acabaré tan presto de las relatar, y volveré á decir de su condicion, y que era muy aficionado á juegos de naipes é dados, y cuando jugaba era muy afable en el juego, y decia ciertos remoquetes que suelen decir los que juegan á los dados.

Era muy cuidadoso en todas las conquistas que hicimos, y muchas noches rondaba y andaba requiriendo las velas, y entraba en los ranchos y aposentos de nuestros soldados, y al que hallaba sin armas ó estaba descalzo los alpargates le reprendia y le decia que á la oveja ruin le pesaba la lana, y le reprendia con palabras agras.