—«¿Cómo, Señor? ¿Qué dirán de vuesa merced, estando cerca del pueblo de Cimatan quererse volver? Pues Cortés no lo terná á bien, y maliciosos que os quieren mal os lo darán en cara, que en la entrada de las zapotecas ni aquí no habeis hecho cosa ninguna que buena sea, trayendo, como traeis, tan buenos conquistadores, que son los de nuestra villa de Guacacualco; pues por lo que toca á nuestra honra y á la de vuesamerced, é yo y otros soldados somos de parecer que pasemos adelante; y iré con todos mis compañeros descubriendo ciénagas y montes, y con los escopeteros pasaremos hasta la cabecera de Cimatan, y mi caballo déle vuesa merced á otro caballero que sepa muy bien menear la lanza é tener ánimo para mandalle, que yo no puedo servirme dél yendo á lo que voy, y que va más en alancear, y véngase con las de á caballo algo atrás.»
Y como el Rodrigo Rangel aquello me oyó, como era hombre vocinglero y hablaba mucho, salió de la casilla en que estaba el consejo, é á muy grandes voces llamó á todos los soldados; é dijo el Rodrigo Rangel:
—«Ya es echada la suerte que hemos de ir adelante, que voto á tal (que siempre era este su jurar y su hablar), que Bernal Diaz del Castillo me ha dicho la verdad y lo que á todos conviene.»
Y puesto que á algunos soldados les pesó, otros lo hubieron por muy bueno; y luego comenzamos á caminar puestos en gran concierto, los ballesteros y escopeteros junto conmigo, y los de á caballo atrás por amor de los montes y ciénagas, donde no podian correr caballos, hasta que llegamos á otro pueblo, que entónces lo despoblaron los naturales dél, y dende allí fuimos á la cabecera de Cimatan, y tuvimos otra buena refriega de flecha y vara, y de presto les hicimos huir, y quemaron los mismos vecinos naturales de aquel pueblo muchas casas de las suyas, y allí prendimos hasta quince hombres y mujeres, y les enviamos á llamar con ellos á los cimatecas que viniesen de paz, y les dijimos que en lo de las guerras se les perdonaria; y vinieron los parientes y maridos de las mujeres y gente menuda que teniamos presos, y dímosles toda la presa, é dijeron que traerian de paz á todo el pueblo, é jamás volvieron con la respuesta; y entónces me dijo á mí el Rangel:
—«Voto á tal, que me habeis engañado, é que habeis de ir á entrar con otros compañeros, é que me habeis de buscar otros tantos indios é indias como los que me hicisteis soltar por vuestro consejo.»
Y luego fuimos cincuenta soldados, é yo por capitan, é dimos en unos ranchos que tenian en unas ciénagas que temblaban, que no osamos entrar en ellas; y dende allí se fueron huyendo por unos grandes breñales y espinos, que se llaman entre ellos Xiguaquetlan, muy malos, que pasan los piés, y en unas huertas de cacaguatales prendimos seis hombres y mujeres con sus hijos chicos, y nos volvimos adonde quedaba el capitan, y con aquello le apaciguamos; y les tornó luego á soltar para que llamasen de paz á los cimatecas, y en fin de razones, no quisieron venir, y acordamos de nos volver á nuestra villa de Guacacualco; y en esto paró la entrada de zapotecas é la de Cimatlan, y esta es la fama que queria que hubiese dél Rangel cuando pidió á Cortés aquella conquista.
Y dende allí á dos años, ó poco tiempo más, volvimos de hecho á los zapotecas y á las demas provincias, y las conquistamos y trujimos de paz; y el buen Fray Bartolomé de Olmedo, que era santo fraile, trabajó mucho con ellos, y les predicaba y enseñaba los artículos de la fe, y bautizó en aquellas provincias más de quinientos indios; pero, en verdad que estaba cansado y viejo, y que no podia ya andar caminos, que tenia una mala enfermedad: y dejemos esto, y digamos cómo Cortés envió á Castilla á su majestad sobre ochenta mil pesos de oro con un Diego de Soto, natural de Toro, y paréceme que con un Ribera el tuerto, que fué su secretario; y entónces envió el tiro muy rico, que era de oro bajo y plata, que le llamaba el Ave Fénix, y tambien envió á su padre Martin Cortés muchos millares de pesos de oro.
Y lo que sobre ello pasó diré adelante.
CAPÍTULO CLXX.
CÓMO EL CAPITAN HERNANDO CORTÉS ENVIÓ Á CASTILLA, Á SU MAJESTAD, OCHENTA MIL PESOS EN ORO Y PLATA, Y ENVIÓ UN TIRO, QUE ERA UNA CULEBRINA MUY RICAMENTE LABRADA DE MUCHAS FIGURAS, Y TODA ELLA, Ó LA MAYOR PARTE, ERA DE ORO BAJO, REVUELTO CON PLATA DE MECHOACAN, QUE POR NOMBRE SE DECIA EL FÉNIX, Y TAMBIEN ENVIÓ Á SU PADRE, MARTIN CORTÉS, SOBRE CINCO MIL PESOS DE ORO; Y LO QUE SOBRE ELLO AVINO DIRÉ ADELANTE.