Y no dejaré de decir lo que Cortés decia despues que le quitaron la gobernacion, que fué cuando vino Luis Ponce de Leon, y como murió el Luis Ponce, dejó por su teniente á Márcos de Aguilar, como adelante diré; y es, que íbamos á Cortés á decille algunos caballeros y capitanes de los antiguos que le ayudamos en las conquistas, que nos diese de los indios, de los muchos que en aquel instante Cortés tenia, pues que su majestad mandaba que le quitasen algunos dellos, como se los habian de quitar, é luego se los quitaron; y la respuesta que daba era, que se sufriesen como él se sufria; que si le volvia su majestad á hacer merced de la gobernacion, que en su conciencia (que así juraba) que no lo erraria como en lo pasado, y que daria buenos repartimientos á quien su majestad le mandó, y enmendaria el gran yerro pasado que hizo; y con aquellos prometimientos y palabras blandas creia que quedaban contentos aquellos conquistadores.
Dejémoslo ya, y digamos que en aquella sazon, á pocos dias ántes, vinieron de Castilla los oficiales de la hacienda Real de su majestad, que fué Alonso de Estrada, tesorero, y era natural de Ciudad-Real, y vino el factor Gonzalo de Salazar, y vino Rodrigo de Albornoz por contador, que ya habia fallecido Julian de Alderete, y este Albornoz era natural de Paladinas ú de la Gama, y vino el veedor Pedro Almíndes Chirino, natural de Úbeda ó Baeza, y vinieron muchas personas con cargos.
Dejemos esto, y quiero decir que en este instante rogó un Rodrigo Rangel á Cortés (el cual Rangel muchas veces le he nombrado) que, pues no se habia hallado en toma de Méjico ni en ningunas batallas con nosotros en toda la Nueva-España, que porque hubiese alguna fama dél, que le hiciese merced de le dar una capitanía para ir á conquistar á los pueblos de los zapotecas, que estaban de guerra, y llevar en su compañía á Pedro de Ircio, para ser su consejero en lo que habia de hacer; y como Cortés conocia al Rodrigo Rangel, que no era para dalle ningun cargo, á causa que estaba siempre doliente y con grandes dolores y bubas, y muy flaco y las zancas y piernas muy delgadas, y todo lleno de llagas, cuerpo y cabeza abierta, denegaba aquella entrada, diciendo que los indios zapotecas eran gente mala de domar por las grandes y altas sierras adonde están poblados, y que no podian llevar caballos; y que siempre hay neblinas y rocíos, y que los caminos eran angostos y resbalosos, y que no pueden andar por ellos sino á manera de decir los piés junto á las cabezas de los que vienen atrás: entiéndanlo de la manera que aquí lo digo, que así es verdad; porque los que van arriba, con los que vienen detrás vienen cabezas con piés; y que no era cosa de ir á aquellos pueblos, y que ya que fuese, que habia de llevar soldados bien sueltos y robustos, y experimentados en las guerras; y como el Rangel era muy porfiado y de su tierra de Cortés, húbole de conceder lo que pedia; y segun despues supimos, Cortés lo hubo por bueno embialle do se muriese, porque era de mala lengua; é Cortés escribió á Guacacualco á diez ó doce que nombró en la carta, que nos rogaba que fuésemos con el Rangel á le ayudar, y entre los soldados que mandó ir me nombró á mí, y fuimos todos los vecinos á quien Cortés escribió.
Ya he dicho que hay grandes sierras en lo poblado de los zapotecas, y que los naturales de allí son gente muy ligeros é sueltos, y con unas voces é silbos que dan, retumban todos los valles como á manera de ecos; y como habiamos de llevar al Rangel, no podiamos andar ni hacer cosa que buena fuese.
É ya que íbamos á algun pueblo, hallábamosle despoblado, y como no estaban juntas las casas, sino unas en un cerro y otras en un valle, y en aquel tiempo llovia, y el pobre Rangel dando voces de dolor de las bubas, y la mala gana que todos teniamos de andar en su compañía, y viendo que era tiempo perdido, y que si por ventura los zapotecas, como son ligeros y tienen grandes lanzas, muy mayores que las nuestras, y son grandes flecheros, que si nos aguardaban é hiciesen cara, como no podiamos ir por los caminos sino uno á uno, temiamos no nos viniese algun desman, y el Rangel estaba más malo que cuando vino, acordó de dejar la negra conquista, que negra se podia llamar, y volverse cada uno á su casa; y el Pedro de Ircio, que traia por consejero, fué el primero que se lo aconsejó, y le dejó solo, y se fué á la Villa-Rica, donde vivia; y el Rangel dijo que se queria ir á Guacacualco con nosotros, por ser la tierra caliente, para prevalecerse de su mal, y los que éramos vecinos de Guacacualco que allí estábamos, por peor tuvimos llevarle con nosotros que á la venida que venimos con él á la guerra; y llegados á Guacacualco, luego dijo que queria ir á pacificar las provincias de Cimatan y Talatupan, que ya he dicho muchas veces en el capítulo que dello habla cómo no habian querido venir de paz á causa de los grandes rios y ciénagas tembladeras entre quien estaban poblados; y demas de la fortaleza de las ciénagas, ellos de su naturaleza son grandes flecheros, y tenian muy grandes arcos y tiran muy á certero.
Volvamos á nuestro cuento: que mostró Rangel provisiones en aquella villa, de Hernando Cortés, cómo le enviaba por capitan para que conquistase las provincias que estuviesen de guerra, y señaladamente la de Cimatan y Tulapan; y apercibió todos los más vecinos de aquella villa que fuésemos con él; y era tan temido Cortés, que aunque nos pesó, no osamos hacer otra cosa, como vimos sus provisiones, y fuimos con el Rangel sobre cien soldados, dellos á caballo y á pié, con obra de veinte y seis ballesteros y escopeteros; é fuimos por Tonala é Ayagualulco, é Copilco, Zacualco, y pasamos muchos rios en canoas y en barcas, y pasamos por Teutitan, Copilco y por todos los pueblos que llamamos la Chontalpa, que estaban de paz, é llegamos obra de cinco leguas de Cimatan, é en unas ciénagas y malos pasos estaban juntos todos los más guerreros de aquella provincia, y tenian hechos unos cercados y grandes albarradas de palos y maderos gruesos, y ellos de dentro con unos petriles y saeteras, por donde podian flechar; é de presto nos dan una tan buena refriega de flecha y vara tostada con tiraderas, que mataron siete caballos é hirieron ocho soldados, y al mismo Rangel, que iba á caballo, le dieron un flechazo en un brazo, y no le entró sino muy poco; y como los conquistadores viejos habiamos dicho al Rangel que siempre fuesen hombres sueltos á pié descubriendo caminos y celadas, y le habiamos dicho de otras veces cómo aquellos indios solian pelear muy bien y con maña, y como él era hombre que hablaba mucho, dijo que votaba á tal, que si nos creyera, que no le aconteciera aquello, y que de allí adelante que nosotros fuésemos los capitanes y le mandásemos en aquella guerra.
Y luego como fueron curados los soldados y ciertos caballos que tambien hirieron, demas de los siete que mataron, mandóme á mí que fuese adelante descubriendo, y llevaba un lebrel muy bravo, que era del Rangel, y otros dos soldados muy sueltos y ballesteros, y le dijeron que se quedase bien atrás con los de á caballo, y los soldados y ballesteros fuesen junto conmigo; é yendo nuestro camino para el pueblo de Cimatan, que era en aquel tiempo bien poblado, hallamos otras albarradas y fuerzas, ni más ni ménos que las pasadas, y tírannos á los que íbamos delante tanta flecha y vara, que de presto mataron el lebrel, é si yo no fuera muy armado, allí quedara, porque me dieron siete flechas, que con el mucho algodon de las armas se detuvieron, y todavía salí herido en una pierna, y á mis compañeros á todos hirieron; y entónces yo dí voces á unos indios nuestros amigos, que venian un poco atrás de nosotros, para que viniesen de presto los ballesteros y escopeteros y peones, y que los de á caballo quedasen atrás, porque allí no podian correr ni aprovecharse dellos, y se los flecharian; y luego acudieron ansí como lo envié á decir, porque deantes cuando yo me adelanté así lo tenia concertado, que los de á caballo quedasen muy atrás y que todos los demas estuviesen muy prestos en teniendo señal ó mandado, y como vinieron los ballesteros y escopeteros, les hicimos desembarazar las albaradas, y se acogieron á unas grandes ciénagas que temblaban, y no habia hombre que en ellas entrase, que pudiese salir sino á gatas ó con grande ayuda.
En esto llegó Rangel con los de á caballo, é allí cerca estaban muchas casas que entónces despoblaron los moradores dellas, y reposamos aquel dia y se curaron los heridos.
Otro dia caminamos para ir al pueblo de Cimatan, y hay grandes cabanas llenas, y en medio de las cabanas muy malísimas ciénagas, y en una dellas nos aguardaron, y fué con ardid que entre ellos concertaron para aguardar en el campo raso de las cabanas, y propusieron que los caballos, por codicia de los alcanzar y alancear, irian corriendo tras ellos á rienda suelta y atollarian en las ciénagas, y ansí fué como lo concertaron, que por más que habiamos dicho y aconsejado á Rangel que mirase que habia muchas ciénagas y que no corriese por aquellas cabanas á rienda suelta, que atollarian los caballos, y que suelen tener aquellos indios estas astucias, y hechas saeteras y fuerzas junto á las ciénagas, no lo quiso creer; y el primero que atolló en ellas fué el mismo Rangel, y allí le mataron el caballo, y si de presto no fuera socorrido, ya se habian echado en aquellas malas ciénagas muchos indios para le apañar y llevar vivo á sacrificar, y todavía salió descalabrado en las llagas que tenia en la cabeza; y como toda aquella provincia era muy poblada, y estaba allí junto otro pueblezuelo, fuimos á él, y entónces huyeron los moradores, y se curó el Rangel y tres soldados que habian herido.
Y dende allí fuimos á otras casas que tambien estaban sin gente, que entónces las despoblaron sus dueños, y hallamos otra fuerza con grandes maderos y bien cercada y sus saeteras; y estando reposando aún no habia un cuarto de hora, vienen tantos guerreros cimatecas, y nos cercan en el pueblezuelo, que mataron un soldado y á dos caballos, y tuvimos bien que hacer en hacellos apartar; y entónces nuestro Rangel estaba muy doliente de la cabeza, é habia muchos mosquitos, que no dormia de noche ni dia, y murciégalos muy grandes que le mordian y desangraban; y como siempre llovia, y algunos soldados que el Rangel habia traido consigo, de los que nuevamente habian venido de Castilla, vieron que en tres partes nos habian aguardado los indios de aquella provincia, y habian muerto once caballos y dos soldados, y herido á otros muchos, aconsejaron al Rangel que se volviese dende allí, pues la tierra era mala de ciénagas y estaba muy malo; y el Rangel, que lo tenia en gana, y porque pareciese que no era de su albedrio y voluntad aquella vuelta, sino por consejo de muchos, acordó de llamar á consejo sobre ello á personas que eran de su parecer para que se volviesen; y en aquel instante habiamos ido veinte soldados á ver si podiamos tomar alguna gente de unas huertas de cacaguatales que allí junto estaban, y trujimos dos indios y tres indias; y entónces el Rangel me llamó á mí aparte é á consejo, y díjome de su mal de cabeza, é que le aconsejaban todos los demas soldados que se volviese donde estaba Cortés, y me declaró todo lo que habia pasado; y entónces le reprendí su vuelta, y como nos conociamos de más de cuatro años atrás, de la isla de Cuba, le dije: