Una de ellas fué la creación de las milicias filipinas.
El ejemplo de D. Simón de Anda y Salazar en el siglo XVIII y el reciente del general Primo de Rivera creando varios batallones de Voluntarios provinciales poco antes de la paz de Biacnabató, abonaban esa medida. Discutióse el punto en Junta de Autoridades y de otras personas de gran representación en Manila, y fué aprobado. El país se mostraba entonces acreedor á esa excepcional prueba de confianza; pues como advierte D. Manuel Sastrón en su excelente obra La Insurrección de Filipinas y guerra hispanoamericana, cap. IX: «No tardó en adherirse al entusiasmo sentido y por modo admirable expresado en Manila, el de la colonia peninsular residente en las provincias y el de leales insulares, queriendo también en tal ocasión ofrecer sus servicios para la defensa de la causa de España, cabecillas tan importantes como Mójica, Frías, Pío del Pilar, Ricarte, Riego de Dios y otros que no habían ido á Hong-Kong con Aguinaldo. Mas lo que podía considerarse como la demostración más evidente de que los naturales filipinos disponíanse á verter entonces su sangre con la nuestra defendiendo la bandera española, era el hecho de que muchas de las partidas que venían luchando con igual tenacidad que la demostrada antes de aquel pacto, depusieron inmediatamente su actitud facciosa.» Y más adelante, en el capítulo XII, añade: «Es el hecho, que el paréntesis observado en las operaciones de la escuadra Dewey iba alentando los ánimos, y adquirieron éstos mayores bríos entre nosotros por la actitud que señaló gran parte del elemento revolucionario, deponiendo sus injustos odios contra la causa española y mostrándose adheridos á la misma. En un solo día, ocho cabecillas de los de mayor prestigio acudieron á ofrecer sus servicios al General Augustin; los principales jefes de la rebelión en Cavite ofrecieron castigar ellos mismos los tulisanes que habían saqueado el Arsenal y la plaza de Cavite. La adhesión de los revolucionarios filipinos no se limitaba á expresarse por los más conocidos de Manila y Cavite, sino que en las demás provincias de Luzón presentáronse á indulto con iguales protestas de arrepentimiento los cabecillas más significados: bien enérgicas eran las manifestaciones que en defensa de la Patria española contra los americanos elevaron al Capitán general los cabecillas Torres, Gatmaitan, Villavicencio y otros muchos.»
¿Cuál fué mi papel en la creación de dichas milicias? Pues sencillamente el de encarecer que para el mando de las mismas se escogieran filipinos de lealtad probada, de aquellos que, siempre fieles á España, jamás habían tomado parte en la política solapada que á los suyos recomendaban las logias, y que tan funestos resultados dió para nuestra dominación en Filipinas. Nunca fuí partidario de que se dieran armas á los que sus justificados antecedentes presentaban como poco leales á la Patria; y me cabe la satisfacción de poder decir que en aquella escandalosa defección general de las Milicias filipinas que siguió al desembarco de Aguinaldo en Cavite, los comandantes de Milicias que los Provinciales y yo recomendamos, ó fueron los últimos en volver las espaldas á España cuando ya les era imposible el resistirse á sus conterráneos, ó permanecieron siempre fieles á la misma, como lo testifican los nombres de D. Pedro Perlas, comandante de las milicias del partido occidental de La Laguna; D. Francisco Valencia, jefe de las de la zona de Naic y Santa Cruz de Cavite, y D. Ramón Lizazo, capitán de las de Biñan, quienes, como es notorio, sufrieron de los aguinaldistas todo género de persecuciones, y hasta el presente perseveran en su inquebrantable adhesión á España.
B) Que huyera cobardemente de Manila es un cargo que demuestra la colosal ligereza de mis detractores, que no se fijaron en la palmaria contradicción en que incurrían. Pues si me fugué de la plaza, ¿cómo pude negociar la rendición y ser autor de las demás indignidades que me atribuyen? Lo cierto es, que en su afán de acumular sobre mí todo género de infamias (haciéndose eco, claro es, de la opinión pública), me confundieron, ó quisieron confundirme, con el Obispo de Nueva Cáceres, D. Fr. Arsenio del Campo, el cual, por prescripción de los médicos, y con licencia expresa del Capitán general Sr. Augustin, se vió en la necesidad de dejar las islas, saliendo para Hong-Kong durante el bloqueo, y luego viniendo á Europa.
Este es el único cargo que, por su evidente contradicción con los demás, mis detractores han retirado tímidamente de la lista de sus acusaciones, después que hecho ya el efecto que se proponían, vieron que insistir en él resultaba contraproducente.
C) Mis deberes durante la guerra hispano-americana no fueron otros que responder á la confianza que en mí se hizo nombrándome Presidente de la Junta civil de defensa (no militar, contra lo que han propalado los periódicos), y llenar las atenciones que mi cargo pastoral exigía en aquellas circunstancias. Pedir de mí que empuñara las armas convirtiéndome en jefe de guerrillas, como laudablemente lo hicieron en la última etapa del asedio todas las Autoridades civiles, ó exigirme otro oficio impropio de un Prelado, hubiera sido aberración monstruosa, en la cual nadie cayó en Manila, á pesar de la explosión de sentimientos patrios que entonces enardecía todos los corazones.
Pues bien; en ese orden de cosas, como Presidente de esa Junta civil, y contando con los entusiasmos y extraordinario celo de los vocales de la misma: D. Juan García Aguirre, Gobernador civil de Manila; D. Eugenio del Saz Orozco, Alcalde de Manila; D. Luis Sein Echaluce, Secretario del Gobierno general, y D. Manuel María Rincón, en concepto de Secretario, adopté multitud de disposiciones encaminadas á que el vecindario cooperara activamente á la acción militar, de las cuales recuerdo las siguientes:
En los primeros días de Mayo, cuando se confiaba en la fidelidad de los naturales del país, se hizo que evacuaran la ciudad murada todas las comunidades religiosas de mujeres y los colegios de niñas. Se preparó lo necesario para que también pudieran trasladarse fuera del alcance de los cañones yanquis los enfermos de los hospitales, habilitándose á dicho objeto la casa de los Padres jesuítas en Santa Ana, y los conventos de Dilao, San Sebastián, Tercera Orden de Sampaloc y Guadalupe. Se procuró que en los vecinos pueblos de San Juan del Monte, Santa Ana, Pandacan y barrios apartados de Manila, no faltara alojamiento para los no combatientes. Se gestionó del Ayuntamiento que mandase á la Pampanga un barco, que, burlando la vigilancia del enemigo, trajera á la ciudad reses vacunas, estableciendo tablajerías que vendieran las carnes al precio de coste. Se publicaron bandos, que fueron cumplidos, para que se limpiaran y llenaran todos los aljibes de la población, en previsión (que la experiencia acreditó ser justificadísima) de que nos cortasen el canal de Carriedo, que proveía de agua á la ciudad. Se requirió eficacísimamente del comercio la entrega de los efectos necesarios para aprovisionamiento de las tropas, habiendo habido casa que, á buena cuenta y á pagar cuando se pudiera, dió más de catorce mil litros de vino. Se tomaron los acuerdos necesarios para que los almacenistas, prevalidos de la carestía, no aumentaran el precio de los géneros de subsistencia, con evidente perjuicio del Ejército y de los vecinos. Se trabajó, con el generoso auxilio del Casino Español de Manila (que en estas circunstancias, como desde que estalló la insurrección y respecto al alivio y rescate de los prisioneros, dió muestras de que á nadie cedía en entusiasmo patrio), para que los soldados recibieran en las trincheras refrescos de vino, conservas, galletas, embutidos, tabaco y, á veces, obsequios de dinero. Los Jefes tenían aviso de participar cualquier necesidad que padecieran las tropas, para inmediatamente remediarla en la forma posible, como así se hacía. Se proveyó de impermeables á los defensores de la línea exterior de defensa, que en las trincheras tenían que aguantar á pie firme los recios y continuos temporales de lluvias que por entonces sufrimos; á cuyo efecto, yo mismo encabecé una suscripción que obtuvo el más brillante resultado. Se consiguió del vecindario los caballos precisos para el arrastre de las nuevas baterías que hubo que montar para defensa de nuestras trincheras, regalando yo cuantos tenía y comprando otros para dicho fin. Se distribuyeron los necesarios recursos económicos á voluntarios pobres y á particulares necesitados. Dí catorce mil pesos para acaparar arroz, en previsión de que nos faltaran víveres. Se hizo, en fin, cuanto humanamente era factible en aquellas dolorosas circunstancias, para levantar el ánimo del vecindario y para ayuda del Ejército; en todo lo cual, es justicia plenísima hacer constar que ayudaron al Arzobispo y demás vocales de la Junta civil de defensa, las Comunidades religiosas, las cuales invirtieron en ese patriótico objeto cantidades considerables, además de contribuir con cuantiosos donativos en especie. Ni debe olvidarse el cariñoso hospedaje que recibieron muchas familias españolas (entre ellas merece citarse la viuda del heroico Cadarso y la señora del general García Peña) en los colegios y casas dependientes de la Autoridad eclesiástica, en los conventos, y hasta en las Iglesias, cuando fué preciso.
En el orden religioso y como Prelado, publiqué dos Pastorales, ahora reproducidas por la prensa católica, la una el 26 de Abril, á poco de declararse la guerra, y la otra el 8 de Mayo, ya en pleno bloqueo; por cuyos documentos los americanos y su prensa me calificaron durísimamente, llamándome obispo bárbaro y sediento de sangre americana. (Apéndices núms. [3] y [4]). Secundando mi acción, los Directores del Rosario perpetuo, del Apostolado de la Oración y hermanos de San Francisco, dirigieron también á sus asociados arengas tan piadosas como patrióticas. Antes de zarpar nuestros buques de guerra para Subic, se ofrecieron capellanes para cada uno de ellos, presentándose á ese objeto como voluntarios varios religiosos. Ordené rogativas en toda la diócesis. Dispuse, después de la derrota de nuestra escuadra, que en Manila se celebraran cultos extraordinarios, con exposición de Su Divina Majestad, á los que asistió inmensa concurrencia. Se hicieron devotísimas procesiones con las venerandas imágenes de la Virgen del Rosario, patrona de las Islas, y de San Francisco de las Llagas, protector de Manila. En los oratorios de los Colegios y Beaterios estuvo de manifiesto el Santísimo durante muchos días, implorando las divinas misericordias. En la Capilla del Rosario del templo de Santo Domingo se estableció vela continua día y noche, relevándose los Religiosos periódicamente, y permaneciendo infatigables en ese santo y penoso ejercicio por espacio de más de dos meses, ó sea desde que los insurrectos cercaron á Manila. Se repartieron entre los soldados y voluntarios multitud de objetos piadosos, para excitar su confianza en los divinos auxilios. Se atendió como procedía al servicio espiritual del Ejército, destinándose á ese fin el conveniente número de Religiosos que coadyuvasen á los señores Capellanes Castrenses. Después del 5 de Junio se habilitaron salas para hospitales en las casas religiosas de Letrán, Santo Tomás, Ateneo Municipal, Beaterio de la Compañía, Seminario y Tercera Orden de San Francisco; y se dictaron órdenes para que, en caso preciso, hasta las iglesias se convirtieran en albergue de heridos y enfermos, cuidando los Religiosos y las Hermanas de la Caridad de la asistencia material y espiritual de los mismos, y yendo yo mismo, siempre que fué necesario, á visitarlos y consolarlos. Los Catedráticos de la Universidad de Santo Tomás organizaron á sus alumnos en milicias, dirigiendo además los mismos estudiantes una entusiasta arenga á sus paisanos los filipinos, para excitarlos á luchar denodadamente por España.
Implorar la intercesión de lo alto, asistir espiritualmente á los defensores de Manila, ayudarles económicamente en lo posible, y excitar al pueblo para mantenerse fiel á España, era el deber peculiar del Prelado y de su Clero en aquellas circunstancias; y, por la gracia de Dios, puedo asegurar que nada, absolutamente nada, se omitió para el cumplimiento de esa sagrada obligación, como pueden testificarlo cuantas personas se encontraban entonces en Manila, puesto que se trata de hechos públicos y notorios.