Entonces el General Jáudenes reunió la Junta militar de defensa, en la cual, (según consta del referido proceso), de los quince vocales, reconociendo todos la falta de medios ofensivos, siete se declararon por que desde luego se iniciaran tratos de capitulación, y ocho por que se prolongara la resistencia hasta que se rompiera la línea exterior. Habiendo, pues, un voto de mayoría, el General en Jefe acordó prolongar la resistencia; pero antes dirigió al enemigo la siguiente comunicación:

«El Gobernador general y Capitán general de Filipinas.—Manila, 9 Agosto de 1898. Al Mayor General del Ejército y al Contraalmirante de la Armada, Comandantes respectivamente de las fuerzas de tierra y mar de los Estados Unidos.—Señores: Recibida la intimación de SS. EE. para que, obedeciendo á sentimientos humanitarios que invocan, y de los que yo participo, rinda esta plaza y las fuerzas á mis órdenes, he reunido la Junta de defensa, la que manifiesta no puede acceder á su petición; pero, teniendo en cuenta las circunstancias excepcionalísimas que en esta plaza concurren, SS. EE. exponen, y yo, por desgracia, tengo que reconocer, podría consultar á mi Gobierno, si SS. EE. otorgasen el plazo estrictamente necesario para hacerlo por la vía de Hong-Kong.—Muy respetuosamente B. L. M. á SS. EE., Fermín Jáudenes, Gobernador general y Capitán General de Filipinas».

A esto respondieron el 10 de Agosto los Generales americanos denegando el plazo pedido; y el 13 se verificó el ataque combinado de las fuerzas yanquis de mar y tierra, en el cual, una vez rota, por el lado de San Antonio Abad, la línea exterior, se izó bandera de parlamento, firmándose la capitulación, sin que el Arzobispo, desde el mencionado 8 de Agosto, tomara parte alguna, ni directa, ni indirectamente, en nada que se refiriera á dicho asunto.

Mientras el ataque del día 13, hallábame yo con mis familiares rezando el rosario, y no supe que se hubiese izado bandera de parlamento, ni que los americanos habían entrado en Manila para acordar con nuestros Jefes la capitulación, hasta que un amigo íntimo vino á comunicarme tan tristísima nueva.

Para concluir este párrafo, no será superfluo notar que los mismos periódicos, El Imparcial, El Heraldo, El Liberal, El País, etc., que ahora se rasgan como Caifás las vestiduras, llamándome traidor por lo que dije en la referida Junta, decían lo mismo que nosotros mucho antes que Manila capitulara. Como muestra, y para no cansar á mis lectores, vean las siguientes palabras de El País, que el día 21 de Junio de 1898 publicaba con el título La Rendición de Manila: «Sentar como regla invariable que todo gobernador de una plaza sitiada se ha de enterrar literalmente en los escombros de sus muros como en Numancia, es una ferocidad que ninguna falta hace á las que desgraciadamente envuelve la guerra. En esta, como en otras muchas cosas, lo absoluto no es lo verdadero ni lo factible, y lo que con exagerar se logra es extraviar la opinión..... La guarnición de Manila es posible que capitule, y no por eso habrá de sufrir tacha en su honra, ni quedar quebrantado el honor nacional. Reducida al recinto amurallado, que mide poco más de 2.600 metros de circunferencia, y cuya longitud es de 1.000 metros por 500 en su mayor anchura, en tan reducido espacio, que rodea una regular muralla bastionada con su correspondiente foso y contrafoso, á pesar de los baluartes que coronan las citadas murallas, del fuerte de San Gabriel, de la fortaleza de Santiago y de algunas baterías que suponemos carecerán de cañones modernos, sin municiones ni vituallas, aislada de toda comunicación con las comarcas fieles, y sin esperanza de próximos auxilios, la situación de esta ciudad, por mucho que sea el valor y constancia de sus defensores, es verdaderamente desesperada. No hay que hacerse ilusiones, ni debemos engañar al país: la rendición de Manila, si ya no ha tenido lugar, será un hecho en plazo breve, sin que ya puedan evitarla los tardíos refuerzos que se le destinen».


§ II

Que fuí mal español durante la guerra hispano-americana.

(IMPUTACIONES 3, 4 Y 5.)

A) Declarada la guerra á España por los Estados Unidos, y sobre todo después del asesinato naval de nuestra escuadrilla de Cavite por la poderosa flota del entonces Comodoro Dewey, la situación de nuestra soberanía en el territorio filipino no podía ser ni más comprometida, ni más angustiosa. El contingente de tropas peninsulares era relativamente exiguo, y distribuído por las Visayas, Mindanao y Joló, sin contar las que guarnecían varias provincias de Luzón, donde todavía se agitaban partidas insurrectas. De la Península, bien se veía que no podíamos esperar refuerzos, los cuales, de recibirse, probabilísimamente llegarían cuando no hicieran falta. Carecíamos de barcos con que comunicarnos con las demás islas del Archipiélago, á consecuencia del riguroso bloqueo establecido por la escuadra americana; y ni cable teníamos, porque el enemigo se había apresurado á recogerlo en cuanto se apoderó de la bahía. En realidad, estábamos abandonados á nuestros propios esfuerzos, y había que apelar á medidas extraordinarias.