B) Mi intervención en el castigo de los conspiradores y rebeldes.—De ningún fusilamiento, de ningún proceso puede hacerse responsable al Arzobispo, ni á las Corporaciones Religiosas. Bien lo saben, y lo testificarán, si es preciso, el General Polavieja, el Auditor general don Nicolás de la Peña, los Jefes ú Oficiales instructores de los procesos y los Consejos de guerra que condenaron á la última pena á Rizal, Roxas y demás que fueron fusilados. Decir lo contrario es querer tirar contra el Arzobispo y los Religiosos, pero de hecho herir á los Generales, Jefes y Oficiales de nuestro Ejército, suponiéndolos completamente supeditados á ajenas influencias en asunto de tanta monta como la recta administración de justicia. Regístrense los procesos; y en ellos se verá que no aparece un solo dato que compruebe en lo más mínimo esa supuesta intervención. Cuantos fueron al patíbulo, lo fueron en virtud de denuncias y declaraciones de sus propios compañeros de conspiración, ó de otras personas; pero ninguna de eclesiásticos. En cambio, si algunos fueron indultados, ó su situación recibió algún consuelo, fué en parte debido á la mediación caritativa del elemento eclesiástico, que, con arreglo á mis instrucciones ó por propia iniciativa, los visitaba en las cárceles, los consolaba en su situación, se interesaba en lo posible por ellos, y hablaba en su favor á los instructores de las causas y demás personas que para el caso tenían autoridad.
Por lo que á mi persona se refiere, diré que Rizal, lejos de tener el mal gusto de llamarme su asesino, como lo hacen ahora mis detractores, se expresó en términos de elogio hacia mí, estando en capilla. (Apéndice [núm. 12]). Por Roxas hice cuanto humanamente me fué posible, cual pueden testificarlo su desgraciada viuda é hijos. No le pude salvar, porque ni yo era juez, ni disponía de la gracia del indulto, y los conocedores del proceso, que se llevó, como todos, con gran reserva, me aseguraron que estaba comprometidísimo, y á mí me faltaban pruebas para acreditar su inocencia, caso de que fuera inocente, lo cual se dice ahora; pero ignoro si de plena conformidad con los resultandos del proceso. Una sentencia firme, siempre es respetabilísima, y contra la presunción legal de cosa juzgada no valen razonamientos puramente personales, sino testimonios contundentes é irrefragables.
Por los hermanos Luna (Antonio, y Juan, el pintor) me interesé igualmente, como lo prueban las cartas que me dirigieron así ellos, como su familia, (Apéndice [núm. 11]). Si no pude librar de la última pena á tres sacerdotes indígenas de Camarines, que también fueron fusilados, no fué porque dejara de intentarlo cerca del Capitán General, quien no creyó oportuno escuchar la petición de indulto que le hice en su favor, juntamente con mi venerable hermano el Obispo de Nueva Cáceres. Más afortunado fuí en tiempos del General Blanco, á cuyo ánimo llevé el convencimiento de que no eran fundadas las denuncias de complicidad en la rebelión tocante á personas respetabilísimas de Manila, y de bien probado españolismo, amenazadas, no obstante, por un momento, en virtud de dichas denuncias, de sufrir las ignominias de una cárcel. Fué un noble y justo arranque del Marqués de Peña Plata, que me complazco en consignar, la revocación del mandato de prisión. Las personas aludidas saben cuanta fué mi angustia, desde que supe la desgracia que les amenazaba hasta que se conjuró el peligro. Viven algunas de ellas en España, otras en Filipinas; y seguro estoy de que todas darán testimonio, cuanto sea necesario, de que no tuve corazón duro con los desgraciados, y menos con los que creí víctimas de ajenos errores ó injusticias.
Debo recordar también cuánto me interesé por el abogado D. Isaac Fernando Ríos, cuya inocencia reconoció por fin el tribunal, absolviéndole libremente. Este ilustre filipino y fidelísimo patriota, no sólo rechazó después el acta de Diputado que le ofrecieron sus paisanos para las cortes de Malolos, sino que, afrontando sus iras, les dirigió un manifiesto exhortándolos á tornar á la obediencia á España, é hizo otros actos de tan acrisolada lealtad, que su nombre, justamente ensalzado y venerado por todos los españoles que le conocieron, es gloria de nuestra dominación en Oriente, y merece figurar al lado de los más esclarecidos de la historia del Archipiélago.
Nadie, cualquiera que fuese su condición social, llamó en vano á mis puertas y á las del Clero Regular en aquellos tristes días de desconfianzas y recelos; y si muchos filipinos de los que estuvieron sometidos á un proceso, y después de ser indultados correspondieron á esa gracia haciendo armas contra España, fueran sinceros, no dudo que ahora mismo proclamarían en voz muy alta que las personas que visitaban las cárceles de Bilibid y de la fuerza de Santiago, quienes los animaban y se interesaban por su suerte eran los Religiosos, los cuales, para hacer esta obra de caridad, tenían que desafiar las suspicacias de muchos peninsulares, que tildaban de punible condescendencia con los filibusteros cualquier paso que se diera para mejorar la situación de los infelices procesados.
C) A las fútiles imputaciones de que fuí déspota con los clérigos filipinos, y que imposibilité los buenos resultados de la paz de Biacnabató, y al cúmulo de maliciosas insinuaciones de diversa índole que la prensa, ganosa de desacreditar lo que represento, me ha dirigido con mayor tesón que si se tratara del más grave problema nacional, déjolas á la cordura de mis lectores y de cuantos me han tratado en Filipinas, y muy principalmente del Marqués de Estella.
Un Prelado que mejora la enseñanza de los aspirantes al sacerdocio; que dicta reglas para que los señores coadjutores vivan con los curas en la misma casa parroquial; que todos los años se reúne con ellos en ejercicios espirituales; que les gestionó el aumento del estipendio que antes gozaban; que levantó un nuevo seminario; que los defendió siempre de injustas persecuciones; en fin, á quien ese Clero honró, elevando á Su Santidad una exposición para que, no admitiéndosele la renuncia, regresara cuanto antes á su diócesis (Apéndice [núm. 18]), dista mucho de merecer el baldón de déspota que esa prensa, deshonrando al buen Clero filipino cuyo nombre usurpa, me achaca ahora para satisfacer las exigencias de las turbas anticlericales. Lo hubiera quizás merecido, y hoy todo serían justas imprecaciones para el Arzobispo y las Ordenes Religiosas, si, siguiendo los consejos de esa prensa, tornadiza y versátil más que el viento, hubiera yo cerrado el Seminario y hubieran los Dominicos y Jesuítas cerrado la Universidad y sus Colegios, como á raíz de la insurrección proclamaban debía hacerse la mayor parte de los que ahora nos vituperan de poco amantes de los indígenas filipinos. (Apéndice [núm. 19].)
Dios les perdone, como yo les perdono; y plegue al Señor que en lo sucesivo se empleen en campañas dignas de los altos intereses de la Patria, unida en perpetuo y amistoso vínculo con la Religión, cual lo exige la prosperidad de esta nuestra desgraciada España.
Madrid y Febrero de 1904.
Fr. Bernardino,