Ese es un hecho histórico, contra el cual se estrellarán siempre los dardos de la más apasionada crítica y el odio de los enemigos de la Religión y de la Patria. Filipinas se conservó tranquila y próspera durante tres siglos merced á la influencia religiosa, porque allí España ni tuvo, ni necesitó, otra, durante todo ese tiempo. Eso lo confiesan unánimemente cuantos escritores, nacionales ó extranjeros, han hablado sobre el particular.
Pero cambiaron los tiempos, y en el último tercio del siglo XIX nuevas corrientes vinieron á perturbar el curso pacífico de aquel gran imperio oceánico que nos legaran la fe y el patriotismo de nuestros mayores. Creyóse, con unos ú otros motivos ó pretextos, que debía mermarse y aun destruirse en las islas la secular influencia de la Religión y del Clero regular, y, á ese fin, se organizaron sociedades que hicieron activísima propaganda contra las Corporaciones religiosas, desprestigiándolas ante los indios, á quienes se excitaba por toda clase de medios á sacudir lo que llamaban su ominoso yugo. Centro principal de esa propaganda fué Madrid, donde bajo la protección decidida del gran Maestre del Gran Oriente Español, se constituyó la Asociación Hispano-Filipina; tomó gran incremento el periódico La Solidaridad, que antes se editaba en Barcelona; se organizó la logia de igual nombre, y, por último, se adoptó el desastroso pensamiento de fundar en Filipinas logias completamente indígenas, para lo cual dió plenos poderes el Jefe del Gran Oriente Español, D. Miguel Morayta, que á su vez lo era de la Asociación Hispano-Filipina y propietario de La Solidaridad. De esas logias salió la insurrección; verdad que demuestran palpablemente, no sólo los documentos oficiales y los datos del proceso instruído á los rebeldes, sino la propia monstruosa carta dirigida por la Comisión conspiradora á los h.·. dándoles instrucciones para el día de la rebelión, y los papeles y correspondencia que se cogieron á los complicados (Apéndice [núm. 9]).
Pues bien; para destruir los lamentables efectos de esa activa labor masónica y separatista, desde un principio trabajó el Clero en Filipinas todo cuanto pudo, dentro de su limitada esfera de acción, si bien con la honda pena de ver que sus trabajos no eran secundados, ni sus representaciones atendidas, en el grado que exigían los altos intereses de España, tan seriamente amenazados. Si se hubiera escuchado al Arzobispo y á los Regulares, y á otros funcionarios que igualmente denunciaron el peligro, es muy probable que la insurrección habría sido ahogada y muerta en su cuna. La primera autoridad de las islas no ignoraba el incremento que las logias iban tomando, ni sus propósitos de alzarse en armas, como ella misma lo confiesa en el proceso instruído á don Antonio Luna, y se le había notificado por el Arzobispo, dándole cuenta de las cartas del Padre Fr. Agustín Fernández, escritas en 7 y 13 de Julio y 13 de Agosto de 1896, y en comunicaciones oficiales anteriores donde se le avisa sobre los peligros de las sociedades masónicas, y acerca de los trabajos filibusteros, que confesados por los mismos revolucionarios, venían practicándose en el Japón. (Apéndices núms, [5], [6], [7] y [8]).
Horrorízase el ánimo al pensar la inmensa hecatombe que hubiera ocurrido de no descubrirse á tiempo la conjuración, como, por revelación de un indio complicado en ella y arrepentido de su delito, lo verificó el P. Fr. Mariano Gil, Párroco de Tondo, en 19 de Agosto de aquel año.
Dicho esto, voy á contestar, una por una, á las acusaciones que comprende este párrafo.
A) Ni contra el General que entonces gobernaba las islas, ni contra ninguna Autoridad superior en el Archipiélago, desde Legazpi á Augustin, conspiró ni se rebeló jamás el Clero. Esa es una de tantas injuriosas falsedades divulgadas por La Solidaridad y sus agentes y cómplices, ahora repetida por los que quieren hacer odiosos á los sacerdotes Regulares, presentándolos como autócratas que ponían y quitaban á su placer capitanes generales en Filipinas. No es de este lugar exponer cuán destituídos de verdad histórica se hallan los datos que, tomados del siglo XVII y XVIII, evocan á este propósito. Mas por lo que diré de la conjuración que nos achacan respecto al Marqués de Peña Plata, podrá juzgarse de las otras.
El 19 de Agosto se hizo el descubrimiento de la conspiración. El 21, el Gobernador general dirigía al Gobierno este telegrama: «Descubierta vasta organización sociedades secretas con tendencias antinacionales; detenidas veintidós personas, entre ellas el Gran Oriente de Filipinas, ocupándoseles muchos é interesantes documentos y pases de conjura»; y el 23 por la tarde, sabedor de ese despacho por su corresponsal de Madrid, El Diario de Manila, en cuya imprenta se habían encontrado las planchas y moldes que para sus escritos usaban los conspiradores, publicó un enardecedor artículo, que terminaba con las siguientes frases: «Un gobernante tenemos, representación de todo cuanto amamos y pretendemos honrar: acudamos á él en respetuosa manifestación de cariño, de subordinación y de adhesión incondicional, para probarle con nosotros mismos que al responder al Gobierno de la Nación de la tranquilidad del país, lo hace porque cuenta con el elemento sano, grande, potente, y ante el que nada significan unas cuantas ramas podridas del frondoso árbol. Acudamos mañana á saludar al ilustre Jefe del Ejército, al depositario de la confianza del Gobierno y de la Corona, en la seguridad de que ha de recibirnos con los brazos abiertos..... No creemos necesarias más excitaciones: mañana, á las diez de la mañana, acudiremos á saludar al Excmo. Sr. Gobernador general de Filipinas, esto es, al Gobierno, al Poder, á España.»
Respondiendo á ese llamamiento patriótico, acudieron á Malacañang centenares de españoles, peninsulares é insulares, y tuvieron la pena de que el Gobernador general no creyera conveniente recibirlos. Entonces dijeron: «¡Al Arzobispo! ¡Vamos al Arzobispo!» Y llenando la gran galería del palacio arzobispal, se presentaron ante mí, pidiéndome que los bendijese y recibiera sus protestas contra la conjuración separatista, no menos que sus testimonios de estar dispuestos á derramar su sangre por la Patria. La escena no pudo ser más conmovedora. Les exhorté á elevar sus plegarias al cielo; alabé, no tanto como se merecía, su patriótico entusiasmo; les encarecí la gran necesidad de agruparnos todos los españoles cada vez con más estrecha unión al lado del Representante de España, sobre todo en aquellas azarosas circunstancias, y terminé mi breve discurso con estas palabras: «¡Viva España! ¡Viva nuestro Gobernador general!», á lo que contestaron ellos con repetidos vítores á España, al Arzobispo y las Corporaciones religiosas. De aquel acto brotó, y quedó allí moralmente constituído, el glorioso Batallón de Leales Voluntarios de Manila, pensamiento que luego aprobó el Marqués de Peña Plata, dando armas á cuantos españoles é insulares se inscribieron en sus filas, y quienes hasta la rendición de Manila demostraron con cuánta abnegación y lealtad sabían servir á la causa de España.
Esa fué la manera que teníamos en Manila de conspirar contra el Gobernador general de las Islas: robustecer su autoridad y aplacar los ánimos de tantos españoles como contra él estaban irritados y clamaban por que el Gobierno, informado de todo lo que allí ocurría, le relevara. El telegrama de Hong-Kong de 30 de Octubre, publicado por el El Imparcial de 2 de Noviembre, no deja lugar á dudas.
El Arzobispo y los Provinciales también informaron al Gobierno lo que era del caso. Mas ¿de cuándo á acá acudir por medios legales á los altos Poderes del Estado se ha podido calificar ni de conspiración ni de intriga?