Réstame contestar á otras dos imputaciones: que encomendé las parroquias al clero indígena, prescindiendo del clero español; y que, ejerciendo mi cargo en territorio extranjero, perdí mi carácter de español.

En aquellas circunstancias, cuando todo español, eclesiástico ó seglar, que no se supeditara al Gobierno masónico é impío de la llamada República filipina, estaba imposibilitado de vivir fuera de Manila, ¿qué sacerdotes habían de estar al frente de las parroquias, sino los pocos indígenas que parecían aptos al Prelado? Además, si la casi totalidad de los Regulares se encontraban prisioneros, ó habían tenido forzosamente que emigrar, y allí no había otros sacerdotes españoles, ¿de quién, sino de los indígenas, había de disponer el Arzobispo? Si hubiese dispuesto de peninsulares, hubieran también dicho de ellos, con igual razón que lo dicen de mí, que perdieron su nacionalidad; porque ignoran, ó aparentan ignorar, las más rudimentarias nociones de Derecho respecto á la cuestión de ciudadanía.

El Arzobispo de Manila no perdió un solo momento su nacionalidad española. El tratado de París, en su art. 9.º, dice que «los súbditos españoles naturales de la Península residentes en territorios cuya soberanía abandona ó cede España..... si quieren permanecer en esos territorios conservando su nacionalidad, tendrán que inscribirse en el registro oficial declarando su propósito de seguir siendo españoles, y dentro del primer año siguiente á la ratificación de este tratado». Yo fuí de los primeros, dentro del plazo legal, en inscribirme en el Consulado español de Manila, manifestando mi firme deseo de conservar mi amadísima nacionalidad española; y, por lo tanto, claro es que ni un solo momento he dejado de ser súbdito de España.

¡Que seguí ejerciendo mi cargo arzobispal bajo la soberanía americana!... Indudable; pero de ahí no se deduce que perdiera mi condición de español, como no pierden la suya de italianos, franceses, belgas y alemanes, los obispos que ejercen su jurisdicción en China, Tong-king, Indostán, Hong-Kong y Japón, aun cuando sean titulares de ciudades de esos territorios, como acontece á los del imperio japonés. En los Estados Unidos, los obispos, católicos ó protestantes, no tienen carácter público alguno: son los jefes de las respectivas comuniones religiosas, y para el Gobierno tienen igual representación que los presidentes de una asociación privada, mercantil, industrial ó literaria. No interviene para nada en su nombramiento, ni se entromete en lo más mínimo en si Roma los nombra, los quita ó los suspende, ó si sus adeptos les obedecen ó dejan de obedecerles. Por consiguiente, el aplicar al caso presente el art. 1.º de la Constitución española, es revelar la más crasa ignorancia, ó aparentarla.


§ IV

Que igualmente no cumplí mis deberes de español y de Prelado en lo referente á la insurrección de Filipinas.

(IMPUTACIONES 13, 14, 15 Y 16.)

Precisamente en este punto, en que los masones y cuantos los secundan nos combaten más sañudamente, es donde más se destaca el celo religioso y patriótico del Arzobispo de Manila, y de todo el Clero regular, á quien España confió la alta misión de cristianizar á Filipinas y conservarla en la fe católica, no menos que en el amor y fidelidad á nuestra bandera. Es el sistema que sigue en todas partes. El Clero es el enemigo; el Clero es la rémora del progreso; al Clero hay que desacreditar y combatir por todos los medios lícitos é ilícitos, porque es el más poderoso obstáculo para implantar en las naciones el derecho nuevo. Dijeran la Iglesia Católica, y por lo menos tendrían el mérito de la franqueza.

Eso aconteció en Filipinas, con mayor motivo que en otros territorios, precisamente porque se trataba de una sociedad totalmente nacida y desarrollada al calor del Catolicismo, y conservada para España merced al potentísimo y paternal influjo de las Corporaciones religiosas. Sabido es que allí no tuvo España ejército alguno peninsular hasta el año 1872, en que se mandó el regimiento de Artillería destinado exclusivamente á guarnecer la capital y los puntos avanzados de Mindanao y Joló. El mismo ejército indígena era tan exiguo, que se pasaban miles y miles de kilómetros en un territorio poblado con más de siete millones de habitantes, diseminados en multitud de islas, sin que el viajero encontrara en su camino un solo soldado. Y, sin embargo, aquel país gozaba una paz octaviana; la vida económica resultaba tan fácil y relativamente holgada, que el pauperismo era de todo punto desconocido; la autoridad era obedecida y respetada por todos, como si fuese la paterna del hogar; la criminalidad alcanzaba tan escasa proporción, que constituía la admiración de propios y extraños. Bastaba invocar el nombre santo de Dios y el augusto del Rey, para que aquellos millones de malayos cumplieran cuanto se les ordenaba.